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El cielo no nos dio tregua, y decidió aparecer gris a la mañana siguiente. Debimos cambiar nuestro plan inicial de recorrer la isla de Olkhon durante tres días a pie y dormir a la intemperie en nuestra hasta entonces inmaculada tienda de campaña. Cuando las cosas vienen así, hay que buscar el lado bueno. Tal vez el destino tenga guardado un puñado de inolvidables experiencias, oculto tras esas trabas que aparecen en nuestros caminos. Como dice el sabio refranero español, ” Al mal tiempo buena cara”. Seguiríamos en nuestra confortable y cálida cabaña de madera, disfrutando de los menus de la cocina del Nikita, y nos divertiríamos en compañía de nuestro grupo de amigos jugando a las cartas y degustando “piba” o lo que es lo mismo, cerveza rusa.

La mañana la pasamos dando un paseo por el pueblo. Era finales de septiembre, la temporada estaba a punto de terminar y no se veía mucho ajetreo por sus calles sin asfaltar. Coloridas casas de madera que tuvieron tiempos mejores, omnipresentes vetustos Lada, alguna vaca amarrada, otorgaban al pueblecito de Khuzhir un aire de decorado de película, que estaba allí puesto solo para nosotros.

Tras reponer fuerzas con un copioso almuerzo, decidimos dar un largo paseo por la playa e intentar llegar al otro extremo de la misma. Comenzamos a andar disfrutando de la tranquilidad del paisaje sus tonos azules grisáceos, de su aire puro, cuando de repente algo nos llamó la atención. Sobre una duna y al calor de una fogata, dos risueñas mujeres y un corpulento hombre ataviado con el genuino gorro ruso de piel y una chaqueta de camuflaje, daban cuenta de algunas viandas que regaban con un licor transparente típico de estos lares. De carácter afable contrariamente a la imagen que tenemos de los rusos, comenzaron a hacernos gestos para acompañarlos. Una de las mujeres sabia alguna palabra en inglés, y mediante gestos y demás nos llegamos a entender. Primero nos ofrecieron tomar un trago de su botella de vodka, lo que rechazamos prudentemente. En su lugar nos propusieron degustar una especie de leche templada con algo que parecían piñones y unos trocitos de pan. No nos quedó más remedio que aceptar esto último, aunque una vez probado, pienso que hubiera sido mucho mejor haber aceptado el trago de la bebida espirituosa. Bromeando, le pregunté si esos piñones de la isla de Olkhon tenían algún poder, si él era un chamán, y que si lo era debía ser uno poderoso para tener dos mujeres.  Yo no era chaman y solo tenía una… Todos nos reíamos, cuando de repente mi mirada se dirigió a otro lugar, un poco más arriba de donde nos encontrábamos. Allí, aparcado, había un precioso “Jeep” ruso verde camuflaje, perteneciente al “Tovarich Chamán”. Cautivado por el automóvil, le pregunte si podíamos hacer unas fotografías, a lo que nuestro camarada, lleno de orgullo accedió gustosamente. Tras tomar varias fotos subidos en el coche nos preguntó hacía donde íbamos, intercambió unas frases con sus dos mujeres, y cuando quisimos darnos cuenta de lo que estaba pasando teníamos a las mujeres subidas en el coche y al piloto arrancando el sonoro motor del “Jeep sovietico” del año 63. Apenas oíamos nada pues el motor hacia un estruendoso ruido, que rugía al efectuar los cambios de marcha. A toda la velocidad a la que daba el antigüo vehículo militar, con momentos en los que pensábamos que el coche se iba a quedar varado, recorrimos la orilla de la playa y llegamos al otro extremo. Dimos las gracias a nuestros inesperados amigos y saltamos del “Jeep” para seguir dando nuestro paseo.

Comenzamos a andar entre unos pinos, aun con la sonrisa dibujada en nuestros rostros por la reciente experiencia, pronto accedimos a un camino que daba acceso a un lugar con varias casetas, lo que parecía un complejo vacacional, aunque por allí no había ni rastro de nadie. Al estar sobre el acantilado  decidimos cruzarlo para no perder detalle de las vistas, pero pronto descubrimos que no fue buena idea. De la nada apareció un perro enfurecido que comenzó a ladrar con frenesí. Nosotros mantuvimos la calma y apenas sin inmutarnos seguimos nuestro camino esperando que el perro se diera por contento con la salida de los intrusos de su territorio. Efectivamente fue así, y el perro desapareció, pero fue solo un espejismo, pues al minuto estaba de vuelta esta vez acompañado por otro, cuya irascible mirada y rabiosas fauces nos hicieron presagiar que estábamos en peligro. No paraban de ladrar, y cada vez se acercaban más. Yo apreté la marcha, esperando no tener que enfrentarnos a ellos, aunque Kolja no paraba de decirme que cogiera una piedra y algo contundente por si acaso. Yo confiaba en que si seguíamos nuestro camino y nos salíamos de su territorio nos dejarían en paz, así que con los ladridos resonando cada vez más fuertes en nuestros tímpanos proseguimos nuestro camino en dirección opuesta a donde estaba el abandonado complejo, que casi ya no se veía. Tras unos interminables cinco minutos, que tal vez fueron tres pero que parecieron cincuenta, los perros se dieron media vuelta, indultándonos. Nosotros sin mirar atrás, y con la sospecha de que tal vez estarían yendo a por más refuerzos, apretamos la marcha y pusimos pies en polvorosa. Desde lo alto del sendero vimos el camino principal por donde pasan los coches y pusimos rumbo a el. Aun cargados de adrenalina cruzamos con cuidado eligiendo a veces caminos más largos con tal de no volver a pasar por “territorio enemigo”. Cuando llegamos de vuelta al Nikita vimos tras el grisáceo cielo amenazador de tormenta, un atisbo de impoluto cielo azul. Tal vez al final tendríamos suerte al día siguiente y tras la tempestad llegaría la calma.

Cena, partida de cartas, concierto del maestro Nikolaij con su repertorio de canciones de todo el mundo acompañadas por el sonido de su acordeón, y para terminar el largo día nos metimos en el Banha. Esta forma de ducha siberiana, consiste básicamente en dos cámaras. En una de ellas hay una sauna de madera donde eliminar todas las toxinas, y en la otra dos barreños uno con agua helada y el otro con agua muy caliente. Tras salir de la sauna, se coge un cazo y se llena a gusto del consumidor, eligiendo las proporciones de agua fría-caliente quemas se adecuen al gusto de uno, antes de tirárselo encima. Te enjabonas y repites operación. Esta es la forma de ducha que tuvimos por allí. Aparentemente muy saludable.

Para conocer la parte norte de la isla y habiendo rehusado a hacerlo por nuestros medios, contratamos la excursión que te ofrecen en el Nikita. Una furgoneta con conductor, que te lleva a los lugares más pintorescos, dejándote tiempo libre para perderte y hacer tus fotografías, comida consistente en una sopa de pescado bastante rica, ensalada y té. Además la última parte del recorrido la haces a pie bordeando los acantilados y bajando hasta un pueblo donde el conductor te espera para llevarte de nuevo al hostal.

Todo ello por 800 rublos, algo menos de 20 € por persona. No es barato, pero tampoco es desorbitado, y al fin y al cabo es a lo que se va a esa isla. Nuestro grupo, con las hermanas finlandesas Ilma e Ilnes, Misha y Ugo, fue completado con una chica coreana, un chico francés y una pareja formada por otro francés y una rusa. Esto nos vino fenomenal pues ella nos traducía lo que el conductor iba contando en cada parada. No hay guía normalmente en estos tours, los conductores hacen de ello, pero no hablan nada de inglés, así que hay que tener suerte y que te pase algo como a nosotros. El día nos había dado tregua y confirmado que el destino se había aliado con nosotros. Un sol espléndido nos acompañó toda la jornada. El gran azul impresionante desde todos sus ángulos nos ofrecía espectaculares vistas. Acantilados, estepas, taiga, nos cruzamos con algún grupo de caballos salvajes y pudimos asomarnos al bello lago Baikal y observarlo en su inmensidad desde los lugares más pintorescos. Una anécdota de este paseo, fue que en un punto de la isla hay dos rocas, y cuenta una leyenda “isleña” que una es para pedir que tu primera criatura sea varón ( la de la izquierda) y la otra para que sea hembra. Allí nos soltaron, y aunque reacios al principio a jugar con el destino por si acaso, nos dirigimos a una de las rocas. El resto del grupo había elegido la otra, excepto Ilma que también se decantó por nuestro lado. El día (si llega) que tengamos un hij@, desvelaré si esta leyenda es cierta…

La excursión nos gustó bastante, aunque nos quedamos con las ganas de haberlo hecho por nuestra cuenta. Más si cabe cuando en un punto del camino nos encontramos a Niilo, un chico (luego supimos que es actor) finlandés, con el que habíamos coincidido en el Nerpa en Irkutsk, y que estaba haciéndolo así. Diferencias al margen (ser de esos lares, y tener un saco que soporta hasta los -20º), nos quedamos con la intriga de saber si lo hubiéramos soportado. La verdad es que cuando uno prueba el confort…

Aún nos quedaban dos días más en la isla, pues estábamos haciendo tiempo para que nuestra visa de Mongolia estuviera lista para recoger. Nos juntamos con Ugo para dar paseos por la playa, dormir la siesta al costado de una barca, y hacer una locura más. Ya que no habíamos hecho la ruta, nos teníamos que quitar la espina de alguna forma. Que mejor que sumergiéndonos en sus heladas aguas. Además, otra leyenda “isleña” dice que si te bañas en sus aguas adquieres cinco años más de vida. La mejor manera de afrontar el desafío era reservar cita en el banha ubicado en la playa. Un par de casetas con sauna, a una temperatura de unos 110º, ponerse el bañador mentalizarse. Hacia un viento frío, que no invitaba para nada a realizar la hazaña. Una vez ataviados con los gorros que te dan para proteger la cabeza de los cambios de temperatura, nos metimos en la caseta. Tras tres minutos en ella, los grados empezaban a hacer sudar nuestros cuerpos. Cuando ya no podíamos más, y estábamos mentalizados, abrimos la puerta y salimos disparados al agua, en una imagen que recuerda a cuando estas en la puerta de una avioneta dispuesto a saltar en paracaídas. El agua, como no podía ser menos, nos recibió gélida, pero entre los nervios, y la temperatura corporal, no fue para tanto. Eso sí, tras un minuto dentro ya comenzabas a sentir sus efectos y sales disparado fuera de ella. Un ratito fuera de la caseta, acurrucados a un lado, protegidos del viento, para que el choque de temperaturas no sea muy brusco, y otra vez dentro a sudar. Esta operación la repetimos cuatro o cinco veces. Lo que dieron la media hora larga que habíamos contratado por 150 rublos (3.5€) cada uno. Una tacita de té no basto para reparar los efectos colaterales pues tardé media hora en volver a sentir mis piernas. No fue muy elevado el coste de tener un crédito de cinco años más de vida…

Por la noche durante la cena, nos encontramos con Pavel, que resultó ser párroco de una de las iglesias más importantes de Irkutsk, y con quien habíamos mantenido una charla por la mañana. Alto, de cabello negro largo recogido en una coleta y con una poblada barba, requisito casi indispensable para los “padres” de la iglesia ortodoxa rusa, confiriéndoles esa imagen “rasputinesca” algo inquietante. En nuestra charla mañanera, le había comentado mi impresión, sobre las misas ortodoxas que habíamos visto hasta hora, y como me habían cautivado sus liturgias. A parte le había comentado que era una lástima el no poder hacer fotografías de ellas, pues no estaba bien visto por los feligreses. Él, que se encontraba de vacaciones con su mujer y dos de sus hijos, nos invitó a asistir a una misa que se iba a celebrar a la mañana siguiente en la pequeña iglesia del pueblo. ¿Sería mi oportunidad para retratar una ceremonia ortodoxa?

La mañana del domingo me desperté temprano, pues la misa comenzaba a las nueve. Había quedado con Ugo en ir juntos, pues a él también le llamaba la atención. Desayunamos y pusimos rumbo a la pequeña iglesia. El cielo azul celeste, el blanco inmaculado edificio sobre una pequeña colina que daba al lago, el escenario era idílico. El interior colorido, como no podía ser menos, era presidido por un retablo en forma de tríptico desde donde el padre daba la homilía. Velas a los pies de los santos y de Jesús, mujeres que portaban un velo para esconder su cabello, el olor a incienso, niños asistiendo respetuosos a la misa, el retrato de la familia del último zar, Nicolas II, en uno de los laterales. Demasiadas sensaciones para un espacio tan limitado. Nos colocamos a la derecha, pegados a un muro, justo detrás de donde estaban leyendo textos un hombre también de barba prominente y una mujer envelada. Pavel se acercó a mí, sonriente y orgulloso de que hubiéramos asistido, me dijo que podía fotografiar lo que quisiera, que tenía la bendición del Padre. Mi cara, hasta entonces aletargada por el sueño y las sensaciones se iluminó. Por fin tenía mi oportunidad de recoger gráficamente algo que me había causado tanta impresión. Cantos, sermones, lecturas, ofrendas, feligreses comulgando. Trate de sacar lo mejor que pude de esta oportunidad, siempre tratando de no invadir la privacidad de la gente o que se sintieran observados.

Una vez terminada la misa, dimos las pertinentes gracias al párroco principal y por supuesto a Pavel que se portó espléndidamente. Antes de despedirnos me dio un papel en el que decía que me autorizaran a subir al campanario de su iglesia en Irkutsk desde donde tenía buenas vistas de las otras iglesias sobre el río. Me dejó sin palabras. Es un auténtico placer encontrarse con gente así por el camino.

Al volver al Nikita una última sorpresa nos estaría aguardando. Nikolaij, el septuagenario músico que amenizaba las noches con su acordeón, nos estaba esperando para mostrarnos algo. Ni más ni menos que una película que guardaba como oro en paño de uno de sus ídolos. El carismático Raphael. Ahí estuvimos viendo con él un buen rato la película, comprobando absortos como se sabía todas las canciones y como le brillaban los ojos de emoción al cantarlas. Lo hacía con el corazón como explicaba, pues no entendía lo que ellas decían. Para que luego “digan lo que digan” sobre el mito viviente…

Al final después de todo, no fue tan malo no hacer la ruta de tres días por el norte de la isla de Olkhon. El destino nos regaló una caja llena de mágicas experiencias en este místico pedacito de tierra en medio de esta inmensidad azul que quedará guardado para siempre en nuestras memorias.

Si queréis acompañarnos en nuestro paseo en un vetusto jeep soviético :

http://www.youtube.com/watch?v=jQBR-YmCBq4

Muy temprano, para lo que uno tiene por costumbre, nos levantamos e hicimos acopio de un ligero desayuno en la cocina del Nerpa acompañados por el teutón Misha, y las hermanas finesas Ilma e Ilnes con los que íbamos a realizar el viaje, avisados como estábamos del estado de la carretera que nos llevaría al siguiente destino, la isla de Olkhon.

La furgoneta, una especie de volkswagen T1 pero de marca “sovietica” nos recogió frente al hostel. Esta forma de transporte consistente en llenar furgonetas hasta los topes se conoce popularmente como marshrutkas.  Desde allí efectuamos un recorrido por las calles de Irkutsk recogiendo a varias personas mas, un par de risueños estudiantes pekineses, un par de señoras japonesas ataviadas de manera muy deportiva, y una última parada en el mercado para recoger al último pasajero que completara el longevo vehículo. Al rato de estar allí parados, preguntándonos aún para que madrugar tanto, si al final íbamos a tardar tanto en salir, apareció un peculiar barbudo, que tomó asiento en el último lugar libre, al lado del conductor. Yo, antes de que los rezagados viajeros se subieran a la furgoneta, había optado por ir sentado en posición opuesta tras el conductor, pero comprobé que no iba a ser buena idea viajar así durante tantos kilómetros y decidí cambiarme de sitio ubicándome en la parte de detrás, junto a todo el equipaje, pues ya me estaba mareando, y con seis horas de camino por delante era mejor no tentar a la suerte…

El camino hasta allí no fue lo mejor de esta tan ansiada experiencia. La posiblemente mas bacheada carretera del mundo, me impidió dormitar, púes cada vez que hacía el amago de cerrar los ojos, alguna irregularidad del pavimento me hacia saltar por los aires y volver a la realidad. Está circunstancia me obligó a hacer la siguiente reflexión: ¿por qué el estado ruso en vez de invertir ingentes cantidades de dinero en armas químicas, reactores nucleares etcétera, no destina algo de ello a mejorar las vetustas infraestructuras de esta zona tan transitada anualmente por miles de turistas tanto nacionales como extranjeros? ¿ No les convendría facilitar el acceso y que acudieran mas turistas a ella, y recoger grandes sumas de dinero con ello? Intenté grabar un vídeo de ello, y el resultado ya lo podréis comprobar por vosotros mismos.

Tras efectuar un par de paradas de rigor por el camino (ya sabéis, baños y restaurante donde avituallarse a cambio de una pequeña comisión para el conductor), llegamos al pequeño puerto desde donde salen los ferrys con dirección a la isla de Olkhon. El viento, gélido, no invitaba a salir de la furgoneta, pero mientras esperábamos a que nos concedieran permiso para embarcar, di una vuelta por los alrededores. Contrariamente a lo que hizo la mayoría, que hubiera sido lo mas lógico,y refugiarme en los establecimientos de los aledaños e ingerir algo calentito, decidí subir unas colinas para observar desde las alturas la inmensidad del lago Baikal, que me recibió oscuro, acorde con el cielo amenazador de tormenta que lo cubría.
IMG_6504Allá arriba me llamaron la atención un par de lapidas que encontré. Curiosamente ambas pertenecían a gente joven, deducido por las fechas de nacimiento y defunción, y las imágenes de los difuntos esculpidas en ellas. Aquello me impactó. Interprete que serían victimas imprudentes caídas al vacío debido a alguna temeridad juvenil. Acercarse a estos acantilados sin tener en cuenta un posible golpe fuerte de viento, o algún desprendimiento de tierra te puede costar caro. Yo hace tiempo que cada vez que me asomo a alguno para tomar una fotografía, escucho la voz de mi madre advirtiendome de los peligros y retrocedo un par de pasos. Creo que cuantos mas años cumples, mas consciente eres de los peligros de la vida, mas aprecio tienes por ella y te vuelves mas prudente. Ley de vida. Días mas tarde y tras ver unas cuantas lapidas mas repartidas por toda la isla, pregunté a que se debía tal elevado numero de ellas y sobre todo su ubicación. Me contestaron que el invierno es tan extremo que la gente tiene que arriesgar sus vidas en busca de alimentos, cogiendo el coche por carreteras heladas o intentando pescar en el helado congelado lago produciéndose gran parte de decesos durante esta cruel temporada siberiana. Una triste realidad que no distingue jóvenes de menos jóvenes y se lleva por delante las vidas y las esperanzas de los desesperados habitantes de estos tan bellos y a la vez inhóspitos parajes.

Tras refugiarme en el establecimiento y tomar algo caliente antes de volver a la furgoneta, me presente al curioso barbudo, con el que había intercambiado antes tan solo un par de rápidas miradas. Se llamaba Ugo y venia de un lugar muy lejano y caluroso, Brasil. Me pareció enseguida un tipo peculiar y muy simpático. De aquellas personas que parece que los has conocido toda la vida. No sabía en ese momento que íbamos a compartir casi todo el tiempo en la isla con su risueña compañía.

Vistas de la playa desde la colina cercana a Nikita.

El intenso frío no invitaba a  cruzar el lago en la cubierta del ferry. Nos refugiamos en el interior del vehículo, mucho mas plácidamente. Una vez en tierra firme y tras unos últimos minutos mas de baches, llegamos al punto de destino, Kuzhir. El Nikita Guest House, un acogedor complejo de cabañas de madera, regentado por un antiguo campeón soviético de ping-pong, (Nikita Benzharov) y que acoge a mochileros que llegan desde todo el mundo a visitar este bello y recóndito paraje siberiano. Nosotros, destemplados como estábamos y vislumbrando la posibilidad de tormenta a lo lejos, desistimos ante la idea de acampar en la playa como era nuestra intención, para comenzar al día siguiente un trekking por la parte norte de la isla que nos llevaría tres días al menos.

Eran casi las cuatro y media de la tarde y teníamos que decidir. Cielo gris, mas cuerpos cansados, mas frío, mas montar la tienda y tener que dormir en sacos que no soportan frío extremo ( 0º a 5º) frente a, cama, cabaña de madera, calentita y posibilidad de banha (ducha siberiana) mas tres comidas. No había color y nos rendimos a los cantos de sirena del Nikita. Aún teníamos la esperanza de que el día siguiente fuera bastante mejor y el sol nos diera una alegría y poder estrenar nuestra flamante nueva tienda de campaña…

Árbol ataviado con cintas multicolores. Ofrendas espirituales.

Un paseo por los alrededores para familiarizarnos con la zona, nos llevó a toparnos con la denominada roca del Shaman. Antes de llegar a ella, ya habíamos percibido algunos detalles que nos llamaron la atención. Arboles decorados con cintas de colores, y una hilera de troncos alineados, y ataviados también con cintas multicolores daban un toque místico al escenario sobre el que nos encontrábamos. Se dice que las tribus pobladoras de estas latitudes, los buryat, creen el la brujería y la magia negra de ahí tan peculiares ornamentas por doquier. El gran azul siberiano, el Baikal, posiblemente sea el lago mas abismal del planeta, con sus casi 1600 metros de profundidad. Sus reservas contienen un 20% del agua mundial y se dice que la población entera podría subsistir bebiendo de ella durante cuarenta años. Con estas cifras, y solo una mirada al horizonte uno se hace a la idea de la maravilla que esta contemplando, y de su importancia.

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El  nublado atardecer que contemplamos sobre la famosa roca del Chamán, nos dejo destemplados. Desde allá arriba se cernía una grisácea capa de nubes que no nos dejaba muchas esperanzas para llevar a cabo nuestra aventura tal y como nos habíamos propuesto en un principio. Nos apresuramos a comprobar la oferta gastronómica del Nikita y tras la cena, comenzamos a entablar amistad con algunos turistas mas que habían llegado esa misma tarde como nosotros. Unas interminables partidas al UNO tentados por nuestros nuevos amigos suizos Jonas, Ivo y Franz  ( juego similar a nuestro conocido “Chupate 2”) y unas rondas de cervecita rusa, primero en la cantina y cuando nos echaron de ella refugiados en la habitación de la “Guardia Suiza” nos ayudaron a dormir plácidamente a la espera de ver como amanecía la  siguiente jornada. ¿Habría aventura, o cambio de planes?

Roca del Chamán

Habitación-Casino: de izquierda a derecha en sentido de las agujas del reloj, Franz, Ilnes, Ugo, Misha, Jonas, Ivo, servidor, Kolja y Ilma.Jugando al UNO 🙂

 

 

Ya ha comenzado la aventura. El primer destino, Rusia. Primer relato, desde el tren nocturno que nos lleva de vuelta a Moscú desde San Petersbugo, segundo tren de estas características que tomamos y al que tenemos que acostumbrarnos, pues desde aquí hasta Beijing, será el pan nuestro de cada día, o de cada varios, pues dependerá del ritmo que llevemos. Prisa no hay, pues no hemos sacado billete de vuelta, somos dueños tanto de nuestro ritmo como de nuestro destino, veremos que nos depara.

La llegada a Moscú fue sencilla, tan solo tuvimos que hacer escala en Kiev (Air Baltic), el problema empezó nada más recoger las mochilas. Ver todo en cirílico es una experiencia un tanto surrealista. Parece que te has trasladado a otro planeta, la vista tarda en enfocar, la mente no reacciona ante tales estímulos, cuesta unos días acostumbrarse e intentar descifrar los jeroglíficos que forman estas peculiares letras inventadas en su día por los monjes Cirilo y Metodio.          

El metro y la llegada al hostel Napoleón, fue el primer desafío, solventado con nota pues solo nos equivocamos en una estación al tomar el convoy en dirección opuesta, aunque estuvimos rápidos y nos bajamos en la siguiente estación para retomar la línea esta vez sí, en sentido correcto.

Por suerte el hostel está bastante bien situado, en la estación Kitai-Gorod,  a 10 minutos del centro, Lane, HMaly Zlatoustinskiyousth 2, floor 4 ) lo cual nos ahorró algún que otro quebradero de cabeza con el  a príori caótico metro. No es que sea el mejor lugar del mundo, pues la limpieza no es su fuerte y no es muy apetecible el cocinar en él por su diminuta cocina, pero es recomendable por su amigable staff, su localización y por su buen ambiente. Lockers fiables 100%, pero lleva un candado.

Como llegamos tarde y hambrientos fuimos al restaurante de la esquina, pues permanecía abierto. Nos sentamos y comenzamos a mirar la carta. Por suerte venían fotos de los platos, lo cual nos ayudó a decidir, ante la presión de la camarera, con cara de pitbull, pasada de kilos y muy malos modos. Lo de hablar inglés por estos lares con alguien parecía misión imposible, lo cual comenzaba a inquietarnos. Deberíamos haber intentado aprender algo de ruso básico, tendremos que hacerlo ahora. Por suerte mi amiga Anita me regaló un par de libros de Ruso y Chino ( Idiomas para viajar Ed. El Pais/Aguilar ). Con frases que le pueden salvar a uno en momentos de desesperación siempre nos acompaña. La elección tanto de la cena como de la cervecita de rigor fue como la ruleta rusa, nunca mejor dicho. Con la cerveza fallamos rotundamente, pues nos trajeron algo amarillo sin fuerza y aguado. Con la comida sin embargo acertamos, pedimos un guiso de cordero que estaba bastante bueno, un plato de pasta con salmón y un pastel de carne picada que nos dejo indiferentes pero que sació nuestro apetito. Para ser las horas que eran nos fuimos rendidos a la cama.  El día 1 de la aventura concluía. Nos despedimos de nuestra “amable” camarera sin obtener respuesta.

La mañana se despertó soleada, buen comienzo para un viaje que nos va a dejar seguro grandes recuerdos impregnados en nuestras retinas. Salimos del hostel y lo primero que hicimos fue cambiar dinero. De nuevo nada de inglés y de nuevo una nada amable señora. Le pregunte como era el tipo de cambio y se puso a gritarme, señalando una tabla que tenían por allí y sin apenas mirarme. Con ese trato dispensado me marché inmediatamente del lugar, ya cambiaríamos más tarde…

Anduvimos calle abajo en dirección a la Plaza Roja. Un gusanillo se despertó en mi interior, como cada vez que me aproximo a un lugar que tengo idealizado. Este lugar tan significativo y tan cargado de historia siempre me ha atraído y tan solo se encontraba a unos pasos de distancia. Embocamos la plaza desde el lateral de un centro comercial muy bonito, antiguo mercado que abastecía a toda la capital, sin distinción de clases durante el periodo bolchevique, en su afán de construir un sector privado en base al socialismo, y “democratizar” el consumo entre todas las clases sociales. Hoy, paradojas de la vida, es el centro comercial de la élite moscovita, a parte de ser una parada obligada para cualquier visitante, se compre o no se compre nada. Hay cines en V.O, restaurantes, bares, cafetería. El GUM ( State Depatment Store ) que este año celebra su 120 aniversario se sitúa en la misma plaza roja, a donde nos llevaron nuestros pasos.

Al llegar notamos que había algo raro en los aledaños. Grupos de militares, vallas, escenarios. ¡¡Tenían la plaza totalmente ocupada para hacer un evento de ejércitos de toda Europa!! Toco asimilar que no iba a ser como normalmente está en el imaginario colectivo. Alzamos la vista y allí estaban, majestuosas, la cúpulas “encebolladas” de la iglesia levantada por Iván “el Terrible” para eximir sus pecados. La Catedral de San Basilio ( Pokrovsy Cathedral ). Debió de cometer muchos para dar esta belleza a cambio, que en su día el mismísimo Napoleón quiso desmontar y llevarse a París, aunque finalmente debió de tener algo de sentido común, desistió de la idea y la utilizó como cuadras para sus caballerías. ¡¡Imaginaros esto al lado de la torre Eiffel !!

Tampoco sufrió muchos estragos durante la II Guerra Mundial, y el régimen comunista la respeto, pese al intento de algún arquitecto iluminado que quiso en su día dinamitarla para hacer una plaza mas diáfana para que las tropas desfilaran con mayor amplitud por la misma. Stalin, contrariamente a lo que hizo con muchas iglesias de la extinta Unión Soviética, que fueron derrumbadas, se opuso a la idea de que obra tan bella quedara reducida a escombros.  Algo de mágico debe haber en ella. Las 8 cúpulas multicolores, de tan peculiar forma, para evitar que la nieve tan típica del lugar en fechas invernales se acumule y hunda los tejados, son encantadoras, se puede uno pasar horas observándolas. El color rojo predomina por todos los lugares, la catedral de San Basilio , la muralla del Kremlin, los museos de Historia y de la Guerra de 1812, todos así pintados y que encajó como un guante con la política y la filosofía de la época mas reciente del país. Pero esto no es el detalle que le otorgó le nomenclatura a la plaza, ni tampoco todo el derramamiento de sangre que ha acontecido en ella. La verdadera causa de esta denominación fue evolución etimológica de la palabra original,  (krásnaya) que era bonita y que se parece a roja en ruso antiguo, con lo que de la original Plaza Bonita se pasó a la actual Plaza Roja gracias a la adaptación/deformación que le fueron otorgando las masas.

Continuamos nuestro veraniego paseo bordeando las murallas del Kremlin. La previsión climatológica para el resto de los días no eran tan favorables así que había que aprovechar el día al máximo. Llegamos al monumento en memoria de los malogrados durante la segunda guerra mundial, el fuego eterno, custodiado por soldados pertenecientes al regimiento presidencial.  La inscripción en él es sobrecogedora: “Tu nombre es desconocido, tu hazaña es inmortal”. Justo en ese preciso instante comenzaba el cambio de guardia que observamos en silencio entre la muchedumbre que se agolpaba frente al lugar, la mayoría cámara en mano para inmortalizar el momento. Como no podía ser yo menos, estire mis brazos para sacar mis pertinentes instantáneas para capturar ese momento tan respetuoso. Nunca se debería olvidar a aquellos que dieron su vida a cambio de un futuro en libertad, aunque en este país se tardara mas en llegar a ella.

Dejamos la Plaza Roja, los jardines alejandrinos y nos fuimos el encuentro del río Moskva, pasando frente al Museo Pushkin, para llegar a otra iglesia que te seduce, la del Cristo Salvador, con su blanco inmaculado y sus cúpulas doradas,  que acompañadas por el sol te embelesan. Quien diría que es una reconstrucción, pues la original fue derruida por el régimen comunista, que tuvo a bien convertirla en un solar y construir una piscina para el pueblo en su lugar. Afortunadamente para el deleite de nuestros ojos en el año 1987 se volvió a erigir la Iglesia.

Desde el puente que cruza el río, se pueden divisar dos cosas. La estatua del zar Pedro el Grande, que cuenta la leyenda urbana que en principio era un regalo que le iba a hacer Rusia a EE.UU con motivo de la celebración del 500 aniversario del descubrimiento y que se trata en realidad de Cristobal Colón sobre una de sus carabelas, pero que debido a las relaciones tan tensas existentes entre las dos potencias al final nunca se llevo a cabo. Como la estatua ya estaba hecha y había que darla una utilidad. Se la cambio la cara, la pusieron la del visionario zar Pedro y pensaron en ponerla donde debería estar, en San Petersburgo, pero la gente de allí dijo que semejante tamaño y estilo rompía la armonía estética de la ciudad, así que el artífice de haber cambiado la capital del Imperio ruso de Moscú a San Petersburgo tiene una estatua allí mismo aunando el descontento de unos y otros. La otra cosa que se divisa es la antigua fabrica de chocolate, Octubre Rojo sobre el margen del río dentro de una pequeña isla.

Zona con bares y restaurantes y lugar de actividades alternativas, es uno de los espacios mas en auge para la juventud moscovita. La terraza y el sol reinante nos llamaron a hacer una parada en el camino y degustar un Vanilla Ice coffe en el Strelka Bar ( 14 Bersenevskaya Nab.) La carta del restaurante también tenia muy buena pinta, pero al final nos quedamos sin la opción de ir a comprobarlo de primera mano. Los precios no eran muy baratos pero pronto descubrimos que Moscú no es una de las llamadas ciudades ganga.

 

Dejamos a nuestro pesar la terracita y sus inmejorables vistas para ir al “Sculpture Park”, que como su nombre indica, es un parque lleno de esculturas. Como no podía ser menos, el susodicho lugar estaba en obras de mejora, tenían una parte cerrada y en una explanada tenían puestas las esculturas a la espera de poderlas reubicar en su lugar de nuevo tras las obras. Al menos pudimos pasear entre ellas y ver distintos tipos de obras, desde realistas, clásicas a algunas de lineas mas modernas, e incluso una talla de madera. Una lastima el no poder ver este parque en su plenitud, espero algún día poder volver y verlo en su estado original.

La tarde caía, y nuestra energía con ella. Era momento de volver al hostal. Nos volvimos a meter en el metro como cualquier moscovita. Todo bajo control, llegamos sin problemas al lugar de descanso. El Metro de Moscú tiene su encanto y merece la pena hacerle un aparte que espero poder compartir con vosotros en unos días. Ahora os dejo con unas fotitos y con la esperanza de que os haya gustado este primer post y no dejéis de seguirme y de compartir mi sueño. Estoy abierto a recibir comentarios, preguntas etc, así que ya sabéis…

Os espero por aquí de vez en cuando 🙂

Pd: Gracias si has llegado hasta aquí. Si te ha gustado, házmelo saber, y si no también. Tanto una cosa como otra me ayudarán a esforzarme y hacerlo mejor cada vez.

 

Muchas veces al viajar te marcas unos lugares que quieres conocer sí o sí, los llamados “Highlights”, que son de obligado paso. En nuestro viaje por diversos países sudamericanos, estos eran El Perito Moreno, Las Cataratas de Iguazú, El Salar de Uyuni, Las lineas de Nazca, o el majestuoso Macchu Picchu, cosas que quedaron vistas y a las que mas adelante dedicare un post en este blog.

También hay que dejar espacio a las recomendaciones de otros viajeros con los que compartes impresiones a lo largo del camino en hostels, hoteles, campings etc. Nosotros tuvimos la suerte de encontrarnos a dos holandesas en Puerto Madryn, donde nos habíamos instalado en un hostel tras haber ido a ver las ballenas y los píngüinos que habitan en la Península Valdés. Charlando con ellas de a donde iban y de donde venían, empezamos a cambiar impresiones y ellas nos enseñaron unas fotos que nos fascinaron. Yo pregunté donde era eso tan bonito, y ellas me contestaron que se trataba del Parque Nacional de las Torres del Paine, y que se encontraba en Chile, a miles de kilómetros de donde estábamos en ese momento, pero no a tantos de la dirección de nuestro siguiente destino, ya que íbamos en dirección a la cordillera andina en pocos días. Tras echar mano de la guía para conocer mas de ese destino, decidimos que no nos lo podíamos perder bajo ningún modo, asi que al llegar a la zona de la cordillera veríamos las conexiones para llegar allí. Tras unos días por Esquel, en lo que fue el primer contacto con la zona andina, decidimos emprender el viaje hacia Chile. Lara, la chica que nos hospedo a través de la pagina Coachsurfing , una kayakera excepcional, muy simpática, nos ofreció la posibilidad de dejar parte de las cosas en su casa, pues íbamos bastante cargados, y en un trekking de estas características convenía ir mas livianos y llevar lo realmente imprescindible para esa semana que nos esperaba a la intemperie. Esa fue una gran ventaja, pero la cosa no empezó tan bien como se suponía. Al ir a por los billetes, nos informaron de que la Ruta 40, la mítica carretera que cruza la cordillera de norte a sur, estaba cerrada en algunos tramos, y que para llegar hasta Puerto Natales, se tomaría como alternativa por la Ruta 3, es decir, volver de donde habíamos llegado e ir dirección sur por la ruta de la costa atlántica, hasta Comodoro Rivadabía, y una vez allí, emprender el camino a Chile. Era eso…o esperar unos días, con lo cual decidimos irnos pese a la paliza que nos aguardaba, ni mas ni menos que 28 horas metidos en un autobús, y encima sin películas pues el dvd estaba estropeado, un verdadero suplicio.

Tras el interminable trayecto y casi recorridos 3000kms en apenas 4 días, llegamos a nuestro destino Punta Arenas, donde nos aprovisionamos para estar una semana “perdidos” en el inmenso Parque Natural, y tomamos el último autobús buscando la aventura que ansiábamos. En cuanto divisamos desde la ventana del “colectivo” unos guanacos (especie de llama patagónica) y a lo lejos los cuernos de las Torres, se dibujo una sonrisa mitad ansiedad mitad alegría, en nuestras bocas. Teníamos un gusanillo dentro, expectantes ante lo que nos encontraríamos ante nuestros pasos.

Entramos en el Parque por la zona de Las Carretas, donde una fresca brisa, un verdor conmovedor, y las cumbres nevadas de los infinitos picos por los que estábamos rodeados nos dieron la bienvenida. Era hora de ponerse a caminar y de ir encarando día tras día una aventura de la mano de la naturaleza, sus cambios climatológicos, sus diversos desniveles. Como ya era tarde, esa noche decidimos tan solo andar un poquito al margen del río y poner la tienda de campaña para poder descansar pues el día siguiente prometía ser agotador y nosotros no veníamos lo que se dice muy descansados tras el infinito trayecto que hasta allí nos había llevado. Llegamos, acompañados de una pareja de australianos, al primer punto de acampada, y allí nos instalamos. Tras charlar comer algo y charlar un rato nos metimos dentro de la tienda y caímos en un profundo y placido sueño, el día 1 había terminado, pero esto no había hecho mas que comenzar.

El día 2 comenzó temprano, pues había que andar aprovechando al máximo las horas de luz y llegar antes de que anocheciera al siguiente campamento en las orillas del lago Grey. Tras desayunar y recoger nuestras pertenencias pusimos rumbo junto a los australianos al siguiente punto. Pronto nos dimos cuenta que no eran los mejores compañeros de viaje, pues a cada rato la mujer se paraba fatigada, o quejándose del calzado que llevaba. De manera medio clandestina nos dimos a la fuga, apresurando la marcha y “despidiéndonos a la francesa”. No los volvimos a ver.
Lo primero que nos encontramos al poco tiempo de estar solos nos dio algo de miedo, quizás mas a mi. En una llanura de repente vimos a un grupo de caballos que estaban allí pastando. La cosa era que había que pasar entre ellos y al no saber que grado “domestico” tendrían hubo un momento de estupor. Como buen caballero cruce yo delante, para enseñarle a mi dama que no había ningún peligro. La verdad es que ella me reconoció después de que estaba menos asustada que yo, pero dejó que me hiciera el héroe. Llegamos al primer campamento, el del lago Pehoé, donde haríamos parada la noche siguiente. Esa segunda noche la pasaríamos a 11km de allí, en el refugio Grey. Había que seguir…

El paisaje seguía siendo verde, algunos arbustos tenían flores rojas que daban un toque de color intenso y las cumbres de las torres estaban presentes y eran como otro compañero de viaje, pues se divisaban desde casi cualquier parte del recorrido. Poco antes de llegar al refugio vimos los primeros glaciares, su color azul intenso, casi eléctrico te cautivan al primer vistazo. El camino apenas transitado te hace fundirte con la naturaleza, aprender a escucharla a respetarla y a disfrutarla. Para animales de ciudad como nosotros fue una experiencia bastante enriquecedora, que aun a día de hoy llevo guardada en el corazón.

Tras cruzar caminos de piedras, riachuelos y numerosos cambios de desnivel llegamos al campamento aun con suficiente tiempo para montar la tienda y cenar un buen plato de pasta. Había que recuperar energía pues el desgaste era grande, y solo estábamos en los albores del conocido popularmente circuito de la W, por la forma de su trazado.

El día 3 lo comenzamos asomándonos a los glaciares que había alrededor del campamento. Las vistas, la quietud, el sentirte tan pequeño contemplando las maravillas de la madre naturaleza te hacen estremecer. Puedes llenarte de paz respirando profundamente, todo es tan puro, tan fresco, tan bello que solo te da positivismo. En esas condiciones solo se puede estar bien, el cansancio desaparece ante la ilusión de empezar a caminar y descubrir nuevos parajes. Las lenguas de hielo que forman los glaciares parece que se van multiplicando luchando por llegar hacia donde esta uno contemplándolas, el azul eléctrico es de los colores mas especulares que nos regala la madre naturaleza. Era un día de relax, pues solo teníamos que desandar lo anteriormente andado, unos 11 kilómetros por un terreno ya conocido, hasta llegar al campamento del lago Pehoé, donde comeríamos, y de allí nos trasladaríamos al campamento italiano. Yo llevaba el chubasquero del Barça, y una vez llegado al campamento del Paine Grande, un chico me pregunto sobre El Clásico que al día siguiente se jugaría en Barcelona. Yo no me había percatado hasta ese momento dado mi mimetismo con el paisaje, y por encontrarme en uno de los lugares mas recónditos del mundo, de tal partido, pero un clásico era un clásico y eso hay que verlo en cualquier parte del mundo, por muy remota que sea. Indagué sobre que lugares tendrían televisión. Allí tenían una, pero en el campamento italiano, que era nuestro destino de esa noche no. Y el partido era al día siguiente. Pregunte la hora a la que sería y comencé a urdir el plan. La locura la iba a hacer, estaba seguro. Arrancamos tras reponer fuerzas hacia el campamento italiano, casi a 8 kilómetros de allí, bordeando el pequeño lago Skottsberg, y a donde llegamos casi de noche. Preparamos la tienda y nos acostamos, el día había sido bastante largo, y nos quedaban las partes mas duras, ya que empezábamos a ascender.

Día 4. El día de nuevo iba a ser largo, sobre todo para mi. Con el pensamiento puesto en el partido estructuré la jornada, no sin generar un pequeño momento de tensión entre mi acompañante y yo, pues ella quería continuar con el recorrido y yo no quería avanzar mas, si no hacer la locura de retroceder hasta donde habíamos estado ayer, único lugar con televisión de todo el Parque Nacional. La discusión entre lo que se quiere hacer y lo que se debe quedo zanjada al cabo de un rato. Por la mañana iríamos al valle francés, a deleitarnos la vista entre el Peine Grande a nuestra izquierda alzándose majestuosamente y a nuestra derecha los cerros Espada, Hoja y Mascara al lado de los cuernos de las Torres. Los estábamos saludando tan cerca, tan lejos aun…

Nos tumbamos a hacer acopio de un poco de pan con salami, recostados en unas piedras, viendo volar cóndores en las alturas. Debajo un río por el que bajaba bastante agua. La verdad es que había una tranquilidad inusitada. Era todo un paraíso.

 

Al cabo de un rato deje ese edén para comenzar mi marathon particular. A Kolja no la importó quedarse allí sola mas tiempo, enfrascada en la lectura de un libro ante tal quietud. Yo, sin embargo,tenia 11 kms de trayecto que hacer y a paso ligero pues mis cálculos indicaban que me quedaban 2 horas para comenzar el partido. Allá que me fui adelantando a un montón de senderistas a los que  pasaba como una exhalación y que se preguntarían si me había pasado algo, si tendría alguna emergencia. La única emergencia era llegar a tiempo. Ya llegando al campamento, pare un momento a meter los pies en agua fría, pues tenía que relajarlos un poco tras semejante tute. Lo gracioso de la cosa es que llegue con dos horas de antelación a que empezara el encuentro. Eso también significaba que acabaría dos horas mas tarde de lo previsto, y que parte del camino de vuelta lo haría a oscuras…por suerte había traído la linterna conmigo. Tras unas cervezas, y disfrutar de la victoria ante el eterno rival (ganó el Barça 2-0), tocaba regresar, y tan rápido o mas si cabe pues la noche se cernía, y no me apetecía hacer mucho trayecto a oscuras y solo. Por suerte, entre la euforia de la victoria, la ayuda de las cervecitas y la idea de que la noche se acercaba por momentos, parecía que me habían salido alas y en poco mas de esas dos horas de nuevo estaba en el campamento italiano, feliz y con mi mujer esperándome acompañada de su libro en el interior de la tienda de campaña. Salimos en la oscuridad de la noche a escuchar el ruido del río que pasaba caudaloso a las afueras del campamento, allí no sentamos a disfrutar de su frescor, su sonido estrepitoso y a coger fuerzas para el día siguiente. Yo tenia una sonrisa de satisfacción que la luz de la luna hacia brillar. Había sido un día genial. Esta es la mayor locura que he hecho por mi equipo de fútbol del alma, pero quien no ha hecho algo así en su vida???

Día 5. Tras el auto-castigo al que me había sometido la jornada anterior me desperté con las piernas algo cansadas, pero sabía que no me podía quejar. Había sido “capricho” mio, y ahora tenía que pagar la cuenta…Sin embargo esa misma mañana Kolja se levantó con dolor de cabeza. Al salir a la luz descubrí el por que. Tenía inflamado un ojo, producto de una picadura de insecto probablemente. Nosotros que no llevábamos ningún tipo de analgésico nos asustamos un poco, ya que estábamos en medio de la nada, y si hubiera sido algo venenoso, hubiéramos tenido un problema. La pobre llevaba el ojo totalmente cerrado. Gracias a su enorme fortaleza emprendimos el camino sin apenas sobresaltos, pues no se encontraba mal, pese a ir viendo a medias…Dimos la espalda a las moles graníticas para proceder a las últimas etapas del viaje. En unas tres horas llegamos al Campamento Los Cuernos, por un sendero que transcurre sobre el lago Nordenskjol. Allí pedimos un analgésico para mitigar el dolor de cabeza de Kolja, y aunque son cosas que no se deben hacer pues los empleados de establecimientos públicos no deben suministrar esas sustancias ya que podrían provocar una alergia en el cliente, nos lo proporcionaron aunque reticentes, para la satisfacción de Kolja, que lo estaba llevando bastante bien. Uno de los empleados nos quitó un poco el acongoje, al decirnos que probablemente la había picado una araña pero que no se tenia que preocupar pues no había ningún insecto venenoso por la zona, al menos conocido…

Seguimos ruta bordeando el lago hacia la hostería Las torres. Otros once kilómetros por zonas pedregosas en su mayoría, pero acompañados siempre por la vista relajante del lago y sus calmas aguas azules que te sumergían en un remanso de paz al contemplarlas. Recuerdo ir bebiendo agua de los ríos, riachuelos y demás fuentes que nos íbamos encontrando por el camino. Un agua riquísima, muy fresca y que hidrataba y revitalizaba el cuerpo, que estaba siendo sometido a un duro test, que supero con bastante nota por cierto. Al llegar a la hostería descansamos unos instantes, tomamos un mate, bebida que en Argentina y Uruguay es una religión y a la que nos acostumbramos aunque eso si, azucarandola correctamente pues su sabor es bien amargo. Tomamos el camino hacía el destino de esa noche. El campamento chileno. Todo el camino o en su mayoría en ascensión. Y de nuevo el aleatorio clima patagónico que en estas latitudes de la Tierra de Fuego es especialmente cambiante.

De estar sudando en el sendero por el que habíamos transitado anteriormente sobre el lago Nordenskjol e ir incluso en algunas partes del tramo sin camiseta, fue girar a la izquierda para tomar dirección al campamento chileno, un frío viento de cara nos recibió.Era fortísimo casi nos impedía andar. Muy molesto, ademas de hacer que nos pusiéramos forros polares y chubasqueros para hacer de cortavientos y aislar nuestros cuerpos de tal frialdad. Tardamos dos horas y media en avistar las primeras construcciones del campamento, pero cuando vimos el primer techo, un grito de jubilo salio de nuestro interior. El final estaba cerca. Ahora había que prepararse para el gran día. El capitulo final estaba a unas horas, y había que estar entero. Nos instalamos, cenamos pasta para recuperar y cerramos los ojos en busca de un sueño. Afortunadamente la inflamación de la cara de Kolja estaba bajando y ella había superado la jornada con nota.

Día 6. La etapa reina, la coronación, la recompensa a todo el camino, el conocer a los actores principales de la película, el mejor escenario, el motor sobre el que gira este micro-mundo, un paraíso en nuestras memorias.

Amaneció el día, bien temprano pues debíamos aprovecharlo al máximo, era el ultimo esfuerzo. Tal y como había terminado el anterior, subiendo, comenzó la nueva jornada. Por suerte pudimos dejar el campamento instalado y hacer la ascensión ligeros, con lo básico, algo de ropa extra y agua y comida para el camino. Recuerdo que todo era cuesta arriba, las fuerzas ya estaban en la reserva, pero el objetivo se podía oler, sobrevolaba el ambiente, como la multitud de cóndores que observamos sobre nuestras cabezas, planeando el cielo azul patagónico. Grandes cantos multiformes estaban esparcidos por el camino. Había que tener extrema precaución no fuera que una torcedura de última hora nos creará un serio imprevisto que nos dejara sin poder concluir esta gran aventura. Era muy costoso subir, y nos ayudamos de unos palos que nos encontramos por el camino, probablemente de otros excursionistas que los habrían dejado allí en solidaridad con los siguientes peregrinos. El día acompañaba, tuvimos la suerte de que apenas nos llovió en todo el camino, apenas alguna fina llovizna en algún tramo del principio de la semana, pero el gran día acompañaba.

Tras casi tres horas de ascensión, por fin llegamos a la base de las torres. Se veían tan majestuosas, impresionantes las moles graníticas que se alzaban imponentes ante los ojos de uno. Algunas nubes blancas lindaban con sus picos, pero no presagiaban lluvia. Allí estábamos por fin cara a cara con los cerros Sur, Central y Norte, viéndolos en su totalidad, tras haber estado viendo sus “cuernos” durante tantos días. Apenas había gente allá arriba, con lo cual pudimos disfrutar de nuestra recompensa y sentirnos privilegiados, casi únicos y saborear nuestra hazaña. En la base de las moles, nos encontramos un pequeño lago, de color verdoso, totalmente inesperado y que hizo el lugar mucho mas mágico. Nos enamoramos de él. Había valido la pena la locura, los kilómetros en autobús, a pie, las noches al abrigo de nuestra tienda y mucha de nuestra ropa por encima para contener el frío de esas latitudes.

Nosotros no eramos expertos montañeros, ni teníamos una gran forma física, la normal de gente de nuestra edad, pero esta aventura cambio nuestra perspectiva de lo que la montaña te ofrece. Fue una experiencia que nos enganchó, y que años después seguimos recordando con emoción y cariño. Espero que algún día podamos volver a saludar a nuestras viejas amigas. Las Torres del Paine han quedado grabadas para siempre en mi retina, y tienen un lugar en mi corazón. Si estas por la zona no lo dudes, ve a conocerlas, te cautivarán.

El retorno hacia Esquel fue menos traumático pues íbamos saboreando el triunfo y la satisfacción de haber logrado un objetivo. Otra buena noticia fue que la ruta 40 estaba abierta, con lo que nos ahorrariamos unas horas, y ademas, esta vez si funcionaba el dvd, el problemas es que estábamos demasiado cansados para ver películas. Era mejor soñar  con nuestra hazaña.

Para ver mas fotografías de aquellos maravillosos días os dejo el enlace a mi cuenta en flickr:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157640991782695/