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Habíamos decidido el tomar el autobús en vez del tren para cruzar la frontera entre Rusia y Mongolia, pues el precio para este último era desorbitado y dado lo limitado de las plazas estas se agotan rápidamente.

Con Vladimir y Lenin, o su cabeza...

Con Vladimir y Lenin, o su cabeza…

Contactamos a través de Couchsurfing con Vladimir, un chico de Ulan-Ude, que nos cobijó, no en su casa si no en un “proyecto” de hostel que estaba ultimando. En lo alto de un edificio de la era comunista desde el que se divisaba toda la ciudad se encontraba Nomad Hostel (Oktyabrskaya 21-33). Su puesta en escena es básica y funcional, con unas grandes y cómodas literas donde poder descansar antes de emprender el viaje fronterizo. Vladimir, un ferviente defensor de la comunidad buryati de la que Ulan-Ude es la capital, nos hizo de Cicerone y nos paseó por el centro de la ciudad que, como no, también tiene su escultura de Lenin. La particularidad de la misma es que se trata tan sólo de la cabeza del líder bolchevique, con una altura de casi ocho metros y un peso de 42 toneladas. Digno de ver. A su vez, nos introdujo en un mundo nuevo. A parte de la fisonomía de las personas que comenzaban a ser mas “asiáticas”, nos descubrió el primer templo budista que visitamos en nuestro viaje.

Bastante nuevo, y no muy sobrecargado de imágenes o estatuas de buda, pero nos ayudo a comprender que nos adentrábamos en algo desconocido hasta entonces por nosotros. Tras esta breve introducción al budismo, nos llevó a comer a un restaurante típico buryati, donde nos dejamos aconsejar y comimos una especie de bola grande de pasta, rellena de carne picada y cebolla, que acumula el caldo de la grasa de la carne en su interior cuando esta se deshace al cocerlo, y que se come con las manos “sorbiendo” el liquido antes de que se te derrame y te deje bien bonito. Se llaman buuz y se iban a convertir desde aquel día en el elemento angular de nuestra dieta durante las siguientes cuatro semanas.

Teen Russian Skaters

Teen Russian Skaters

Recorrimos las calles del centro,esta vez solos pues Vladimir tenía que hacer unas gestiones relacionadas con su proyecto. Vimos el edificio de la opera, y nos entretuvimos frente a él viendo como unos chavales practicaban sus trucos con el skate. Preguntamos sobre los horarios de los autobuses a Ulaan-Baatar, la capital de Mongolia, nuestro destino a la mañana siguiente, para dejar todo apañado.A las 7 de la mañana salia, habría que madrugar. Caminamos de regreso al Nomad tras tomar unos cafés para entrar en calor, pues el frío se comenzaba a sentir.

 

La jornada había comenzado de manera un tanto convulsa. Tal y como nos habían aconsejado el día anterior, acudimos a las siete de la mañana, sin billete, a la parada del autobús que nos conduciría a tierras mongolas. Según nos habían comentado, no haría falta. Al llegar allí a las siete menos diez, muy puntuales para nuestra costumbre, nos encontramos ya con bastante gente esperando al convoy. Nuestra sorpresa inicial, se fue tornando poco a poco en pánico, a medida que se iba llenando el autobús, y quedando menos plazas en él. Nuestra visa expiraba ese mismo día y no queríamos tener problemas con las autoridades rusas. Nosotros insistíamos al conductor y a su ayudante en que teníamos que coger el bus, pero estos nos ignoraban bastante, pues o no entendían o no querían entendernos. Una familia nos intentó ayudar, preguntándole de nuevo al conductor, pero este no parecía por la labor de dejarnos viajar. Una vez todos los pasajeros que tenían billete (algunos sospecho que también sin él) estaban sentados en sus plazas, permanecíamos abajo siete viajeros, tres chicos finlandeses, otras dos chicas también finesas y nosotros. En el bus, solo quedaban tres asientos libres que el ávido conductor tuvo a bien adjudicar por razones logísticas a los tres finlandeses. La regla no escrita de caballerosidad de siempre dejar a las “damas primero” debe ser que no cruzo nunca el telón de acero. Kolja, medio impotente se fue a suplicar a los chicos que nos dejaran viajar a nosotros pues nuestras visas caducaban en unas horas. Dos de ellos se lo pensaron pero otro no lo vio tan claro y se fueron directos al interior a ocupar sus “solicitadas” plazas. De repente, cuando estábamos ya contemplando alternativas de viaje con las otras dos chicas finlandesas (coger un minibús a la frontera, y una vez allí hacer auto-stop y que alguien te recogiera y cruzara la frontera, pues a pie no se podía hacer. Tal vez incluso podrías tener la suerte de que te llevara en dirección a la capital de Mongolia, lo cual me empezaba a hacer sentir un gusanillo en el estómago) un señor perteneciente a la familia que nos había tratado de ayudar anteriormente, le comentó algo al conductor del bus, y este, con cara de enfado nos indicó que subiéramos. La solución que nos presentaron era una silla supletoria para Kolja al final del pasillo y para mí, ocupar en la parte delantera el asiento del ayudante. Yo, que andaba algo “mosqueado” por todo el trato dispensado, y pensando en la posible experiencia de ir por otros medios hasta la frontera estuve a punto de mandarlos a paseo, pero Kolja ya estaba subida y las finlandesas me miraron como diciendo ” si no lo hacéis vosotros lo hacemos nosotras” así que con un cruce de miradas y un adiós precipitado, las perdimos de vista conforme la puerta se cerró con nosotros acomodándonos como podíamos en nuestras improvisadas posiciones. Pese a todo teníamos la suerte de cara e íbamos a poder abandonar Rusia a tiempo, eludiendo cualquier problema burocrático. Al ratito de estar ya en marcha y haber pagado el billete (1300 rublos, unos 30 euros) el ayudante del conductor me dijo que era mejor que me fuera atrás y me sentara en el pasillo, sobre mi mochila. Yo mitad perplejo mitad resignado a nuestra suerte me fui para la parte trasera sin reclamar nada, no fuera a ser que nuestro amigable conductor nos dejara en la cuneta. Catorce horas de viaje en las que no sé cuantos episodios de “Breaking Bad” me vi, y probar incontables posiciones hasta lograr una en la que permanecer cómodo por algunos minutos fueron mis pasatiempos. Dormir era un lujo que no estaba a mi alcance.

En la frontera nos tuvieron casi tres horas. Cuando llegamos las chicas finlandesas estaban ya allí esperando a que alguien las subiera al coche para cruzar el puesto fronterizo. Confieso que sentí algo de envidia ante su aventura, aunque la nuestra tampoco estaba siendo para menos. Nos evaluaron los pasaportes en innumerables ocasiones. Aparte, el tiempo de demora es directamente proporcional al equipaje transportado por los pasajeros. Algunos llevan hasta cuatro o cinco bultos. El trasiego de mercancías hace que los agentes de aduanas tengan que estar bien atentos a la hora de controlar la entrada y salida de objetos, aunque yo no noté que fueran demasiado estrictos. Una vez completados los rutinarios controles de visados, escaneadas nuestras pertenencias y comprobado que todo estaba en regla en ambos lados, nos subimos de nuevo al bus a ocupar nuestros “privilegiados” lugares. No nos habíamos ni medio instalado cuando de repente un jaleo de voces nos sorprendió. Al otro extremo del autobús una manada de vociferantes personas que portaban un buen puñado de billetes entre sus manos, ávidas de cambiar rublos por tugrik, la moneda mongola.

"Agentes fronterizos de divisas"

“Agentes fronterizos de divisas”

Aquello parecía un mercado persa. En cinco minutos unas siete u ocho personas acosaron al pasaje con sus prominentes tacos de billetes y sus mareantes voces. Ante semejante avalancha que se me vino encima, no quedó más remedio que levantarme de mi mochila, colocar esta como pude a un lado, dejarles paso, pues alguno ya me había pasado por encima, y asistir expectante al cambio de divisas. Lo más absurdo de todo, fue que cinco minutos después paramos en un restaurante de carretera, los intercambiadores se bajaron y allí había otro grupo más esperando, por si aún había alguien que no había hecho el trueque monetario. Algo absurdo fue aquello, preludio de lo que nos iríamos encontrando a lo largo de nuestro viaje por este curioso y legendario país.

Aturdidos por el estrambótico trayecto llegamos a UlaanbataarUna mujer que estaba a mi lado me espeto “Eres un heroe” mientras me ponía en pie y estiraba mi esmirriado cuerpo. Yo la conteste “yo no soy un heroe, mi novia si es una heroina. Yo soy un guerrero” con una sonrisa de satisfacción al sabernos “supervivientes”.

Desorientados, pues no sabíamos en que estación nos habían dejado, ni a que distancia nos encontrábamos del hostel donde íbamos a pernoctar los días siguientes, tuvimos que recurrir a un taxista para que nos orientara. Este, nos ofreció sus servicios por la “módica” cantidad de diez mil tugrik (unos cinco euros) que después de negociar quedó en la mitad. Yo intuía que no estábamos muy lejos del hostel. Tal vez tres o cuatro kilómetros si nuestro mapa de la Lonely Planet y nuestros cálculos no fallaban mucho…

Una vez montados en un lujoso todo terreno último modelo y tras recorrer siendo generosos un kilómetro por el farragoso tráfico de la capital mongola llegamos perplejos a la puerta de nuestro hostel. Mitad indignados mitad felices de poder llegar a destino, aceptamos a regañadientes la estafa y lo apuntamos como lección. Una vez instalados en el Idre´s Guesthouse otro contratiempo nos esperaba. Había overbooking y no teníamos cama. La dueña amablemente nos ofreció dos posibilidades. Ir a otro hotel del que no había buenas referencias o quedarnos, sin pagar en los sofás de la sala de estar.

Vista nocturna de UB desde el Blue  Sky Bar

Vista nocturna de UB desde el Blue
Sky Bar

Reunión con la "Guardia Suiza"

Reunión con la “Guardia Suiza”

Debido a que teníamos una cita con nuestros amigos suizos del UnoJonas, Ivo y Franz decidimos la opción sofá. Soltamos los lastres y nos fuimos a cenar. Tras degustar unos reponedores platos de pasta, emprendimos camino al lugar de nuestra cita con la “guardia suiza”. El Blue Sky Towerun rascacielos que preside la ciudad y que en su planta veintitrés cuenta con un acogedor bar y música en directo, aparte de unas vistas espectaculares de la ciudad.

Ulaanbataar es una ciudad caótica, polvorienta y con una contaminación más que preocupante. Hordas de vehículos atascan sus arterias un día tras otro. Ni siquiera la medida disuasoria de prohibir la circulación de dos terminaciones de matrículas al día (Ejemplo : lunes las terminadas en 1 y 6, martes 2 y 7, miércoles 3 y 8, jueves 4 y 9 y viernes 5 y 0) se nota. El colapso es constante, el transporte público pese a ser bastante regular se ve atrapado dentro de este caos. En las horas punta apenas se mueve. La mejor manera de moverse es a pie, aunque andar respirando tanta toxina no es que sea lo más recomendable para la salud de uno. El 60% de la población de Mongolia se amontona en su capital, saturando poco a poco sus calles. Gentes llegadas de todas partes del país, bien porque buscan un progreso al amparo del auge consumista, o bien por culpa de un invierno infernal que les ha arrebatado todo empujándolos al abismo donde la metrópoli se aparece como tabla de salvación, hacinándose en las afueras de la capital cada vez en más número creando ghetos. Contrariamente a esto, también poco a poco los grandes rascacielos que dominan el “skyline” de la ciudad van llenando sus entrañas de trabajadores al servicio de las compañías en su mayoría energéticas o relacionadas con los minerales, que tienen sus oficinas en ellos. Innumerables Hummer, coches japoneses de última generación, cruzar cualquier calle puede ser un desafío. No se puede, ni se debe confiar en los semáforos, ni en las indicaciones de los agentes de tráfico, pues ni ellos mismo son respetados. Los mongoles conducen sus automóviles como si aún estuvieran haciéndolo sobre sus caballos. Bienvenidos a Mongolia !!!

El cielo no nos dio tregua, y decidió aparecer gris a la mañana siguiente. Debimos cambiar nuestro plan inicial de recorrer la isla de Olkhon durante tres días a pie y dormir a la intemperie en nuestra hasta entonces inmaculada tienda de campaña. Cuando las cosas vienen así, hay que buscar el lado bueno. Tal vez el destino tenga guardado un puñado de inolvidables experiencias, oculto tras esas trabas que aparecen en nuestros caminos. Como dice el sabio refranero español, ” Al mal tiempo buena cara”. Seguiríamos en nuestra confortable y cálida cabaña de madera, disfrutando de los menus de la cocina del Nikita, y nos divertiríamos en compañía de nuestro grupo de amigos jugando a las cartas y degustando “piba” o lo que es lo mismo, cerveza rusa.

La mañana la pasamos dando un paseo por el pueblo. Era finales de septiembre, la temporada estaba a punto de terminar y no se veía mucho ajetreo por sus calles sin asfaltar. Coloridas casas de madera que tuvieron tiempos mejores, omnipresentes vetustos Lada, alguna vaca amarrada, otorgaban al pueblecito de Khuzhir un aire de decorado de película, que estaba allí puesto solo para nosotros.

Tras reponer fuerzas con un copioso almuerzo, decidimos dar un largo paseo por la playa e intentar llegar al otro extremo de la misma. Comenzamos a andar disfrutando de la tranquilidad del paisaje sus tonos azules grisáceos, de su aire puro, cuando de repente algo nos llamó la atención. Sobre una duna y al calor de una fogata, dos risueñas mujeres y un corpulento hombre ataviado con el genuino gorro ruso de piel y una chaqueta de camuflaje, daban cuenta de algunas viandas que regaban con un licor transparente típico de estos lares. De carácter afable contrariamente a la imagen que tenemos de los rusos, comenzaron a hacernos gestos para acompañarlos. Una de las mujeres sabia alguna palabra en inglés, y mediante gestos y demás nos llegamos a entender. Primero nos ofrecieron tomar un trago de su botella de vodka, lo que rechazamos prudentemente. En su lugar nos propusieron degustar una especie de leche templada con algo que parecían piñones y unos trocitos de pan. No nos quedó más remedio que aceptar esto último, aunque una vez probado, pienso que hubiera sido mucho mejor haber aceptado el trago de la bebida espirituosa. Bromeando, le pregunté si esos piñones de la isla de Olkhon tenían algún poder, si él era un chamán, y que si lo era debía ser uno poderoso para tener dos mujeres.  Yo no era chaman y solo tenía una… Todos nos reíamos, cuando de repente mi mirada se dirigió a otro lugar, un poco más arriba de donde nos encontrábamos. Allí, aparcado, había un precioso “Jeep” ruso verde camuflaje, perteneciente al “Tovarich Chamán”. Cautivado por el automóvil, le pregunte si podíamos hacer unas fotografías, a lo que nuestro camarada, lleno de orgullo accedió gustosamente. Tras tomar varias fotos subidos en el coche nos preguntó hacía donde íbamos, intercambió unas frases con sus dos mujeres, y cuando quisimos darnos cuenta de lo que estaba pasando teníamos a las mujeres subidas en el coche y al piloto arrancando el sonoro motor del “Jeep sovietico” del año 63. Apenas oíamos nada pues el motor hacia un estruendoso ruido, que rugía al efectuar los cambios de marcha. A toda la velocidad a la que daba el antigüo vehículo militar, con momentos en los que pensábamos que el coche se iba a quedar varado, recorrimos la orilla de la playa y llegamos al otro extremo. Dimos las gracias a nuestros inesperados amigos y saltamos del “Jeep” para seguir dando nuestro paseo.

Comenzamos a andar entre unos pinos, aun con la sonrisa dibujada en nuestros rostros por la reciente experiencia, pronto accedimos a un camino que daba acceso a un lugar con varias casetas, lo que parecía un complejo vacacional, aunque por allí no había ni rastro de nadie. Al estar sobre el acantilado  decidimos cruzarlo para no perder detalle de las vistas, pero pronto descubrimos que no fue buena idea. De la nada apareció un perro enfurecido que comenzó a ladrar con frenesí. Nosotros mantuvimos la calma y apenas sin inmutarnos seguimos nuestro camino esperando que el perro se diera por contento con la salida de los intrusos de su territorio. Efectivamente fue así, y el perro desapareció, pero fue solo un espejismo, pues al minuto estaba de vuelta esta vez acompañado por otro, cuya irascible mirada y rabiosas fauces nos hicieron presagiar que estábamos en peligro. No paraban de ladrar, y cada vez se acercaban más. Yo apreté la marcha, esperando no tener que enfrentarnos a ellos, aunque Kolja no paraba de decirme que cogiera una piedra y algo contundente por si acaso. Yo confiaba en que si seguíamos nuestro camino y nos salíamos de su territorio nos dejarían en paz, así que con los ladridos resonando cada vez más fuertes en nuestros tímpanos proseguimos nuestro camino en dirección opuesta a donde estaba el abandonado complejo, que casi ya no se veía. Tras unos interminables cinco minutos, que tal vez fueron tres pero que parecieron cincuenta, los perros se dieron media vuelta, indultándonos. Nosotros sin mirar atrás, y con la sospecha de que tal vez estarían yendo a por más refuerzos, apretamos la marcha y pusimos pies en polvorosa. Desde lo alto del sendero vimos el camino principal por donde pasan los coches y pusimos rumbo a el. Aun cargados de adrenalina cruzamos con cuidado eligiendo a veces caminos más largos con tal de no volver a pasar por “territorio enemigo”. Cuando llegamos de vuelta al Nikita vimos tras el grisáceo cielo amenazador de tormenta, un atisbo de impoluto cielo azul. Tal vez al final tendríamos suerte al día siguiente y tras la tempestad llegaría la calma.

Cena, partida de cartas, concierto del maestro Nikolaij con su repertorio de canciones de todo el mundo acompañadas por el sonido de su acordeón, y para terminar el largo día nos metimos en el Banha. Esta forma de ducha siberiana, consiste básicamente en dos cámaras. En una de ellas hay una sauna de madera donde eliminar todas las toxinas, y en la otra dos barreños uno con agua helada y el otro con agua muy caliente. Tras salir de la sauna, se coge un cazo y se llena a gusto del consumidor, eligiendo las proporciones de agua fría-caliente quemas se adecuen al gusto de uno, antes de tirárselo encima. Te enjabonas y repites operación. Esta es la forma de ducha que tuvimos por allí. Aparentemente muy saludable.

Para conocer la parte norte de la isla y habiendo rehusado a hacerlo por nuestros medios, contratamos la excursión que te ofrecen en el Nikita. Una furgoneta con conductor, que te lleva a los lugares más pintorescos, dejándote tiempo libre para perderte y hacer tus fotografías, comida consistente en una sopa de pescado bastante rica, ensalada y té. Además la última parte del recorrido la haces a pie bordeando los acantilados y bajando hasta un pueblo donde el conductor te espera para llevarte de nuevo al hostal.

Todo ello por 800 rublos, algo menos de 20 € por persona. No es barato, pero tampoco es desorbitado, y al fin y al cabo es a lo que se va a esa isla. Nuestro grupo, con las hermanas finlandesas Ilma e Ilnes, Misha y Ugo, fue completado con una chica coreana, un chico francés y una pareja formada por otro francés y una rusa. Esto nos vino fenomenal pues ella nos traducía lo que el conductor iba contando en cada parada. No hay guía normalmente en estos tours, los conductores hacen de ello, pero no hablan nada de inglés, así que hay que tener suerte y que te pase algo como a nosotros. El día nos había dado tregua y confirmado que el destino se había aliado con nosotros. Un sol espléndido nos acompañó toda la jornada. El gran azul impresionante desde todos sus ángulos nos ofrecía espectaculares vistas. Acantilados, estepas, taiga, nos cruzamos con algún grupo de caballos salvajes y pudimos asomarnos al bello lago Baikal y observarlo en su inmensidad desde los lugares más pintorescos. Una anécdota de este paseo, fue que en un punto de la isla hay dos rocas, y cuenta una leyenda “isleña” que una es para pedir que tu primera criatura sea varón ( la de la izquierda) y la otra para que sea hembra. Allí nos soltaron, y aunque reacios al principio a jugar con el destino por si acaso, nos dirigimos a una de las rocas. El resto del grupo había elegido la otra, excepto Ilma que también se decantó por nuestro lado. El día (si llega) que tengamos un hij@, desvelaré si esta leyenda es cierta…

La excursión nos gustó bastante, aunque nos quedamos con las ganas de haberlo hecho por nuestra cuenta. Más si cabe cuando en un punto del camino nos encontramos a Niilo, un chico (luego supimos que es actor) finlandés, con el que habíamos coincidido en el Nerpa en Irkutsk, y que estaba haciéndolo así. Diferencias al margen (ser de esos lares, y tener un saco que soporta hasta los -20º), nos quedamos con la intriga de saber si lo hubiéramos soportado. La verdad es que cuando uno prueba el confort…

Aún nos quedaban dos días más en la isla, pues estábamos haciendo tiempo para que nuestra visa de Mongolia estuviera lista para recoger. Nos juntamos con Ugo para dar paseos por la playa, dormir la siesta al costado de una barca, y hacer una locura más. Ya que no habíamos hecho la ruta, nos teníamos que quitar la espina de alguna forma. Que mejor que sumergiéndonos en sus heladas aguas. Además, otra leyenda “isleña” dice que si te bañas en sus aguas adquieres cinco años más de vida. La mejor manera de afrontar el desafío era reservar cita en el banha ubicado en la playa. Un par de casetas con sauna, a una temperatura de unos 110º, ponerse el bañador mentalizarse. Hacia un viento frío, que no invitaba para nada a realizar la hazaña. Una vez ataviados con los gorros que te dan para proteger la cabeza de los cambios de temperatura, nos metimos en la caseta. Tras tres minutos en ella, los grados empezaban a hacer sudar nuestros cuerpos. Cuando ya no podíamos más, y estábamos mentalizados, abrimos la puerta y salimos disparados al agua, en una imagen que recuerda a cuando estas en la puerta de una avioneta dispuesto a saltar en paracaídas. El agua, como no podía ser menos, nos recibió gélida, pero entre los nervios, y la temperatura corporal, no fue para tanto. Eso sí, tras un minuto dentro ya comenzabas a sentir sus efectos y sales disparado fuera de ella. Un ratito fuera de la caseta, acurrucados a un lado, protegidos del viento, para que el choque de temperaturas no sea muy brusco, y otra vez dentro a sudar. Esta operación la repetimos cuatro o cinco veces. Lo que dieron la media hora larga que habíamos contratado por 150 rublos (3.5€) cada uno. Una tacita de té no basto para reparar los efectos colaterales pues tardé media hora en volver a sentir mis piernas. No fue muy elevado el coste de tener un crédito de cinco años más de vida…

Por la noche durante la cena, nos encontramos con Pavel, que resultó ser párroco de una de las iglesias más importantes de Irkutsk, y con quien habíamos mantenido una charla por la mañana. Alto, de cabello negro largo recogido en una coleta y con una poblada barba, requisito casi indispensable para los “padres” de la iglesia ortodoxa rusa, confiriéndoles esa imagen “rasputinesca” algo inquietante. En nuestra charla mañanera, le había comentado mi impresión, sobre las misas ortodoxas que habíamos visto hasta hora, y como me habían cautivado sus liturgias. A parte le había comentado que era una lástima el no poder hacer fotografías de ellas, pues no estaba bien visto por los feligreses. Él, que se encontraba de vacaciones con su mujer y dos de sus hijos, nos invitó a asistir a una misa que se iba a celebrar a la mañana siguiente en la pequeña iglesia del pueblo. ¿Sería mi oportunidad para retratar una ceremonia ortodoxa?

La mañana del domingo me desperté temprano, pues la misa comenzaba a las nueve. Había quedado con Ugo en ir juntos, pues a él también le llamaba la atención. Desayunamos y pusimos rumbo a la pequeña iglesia. El cielo azul celeste, el blanco inmaculado edificio sobre una pequeña colina que daba al lago, el escenario era idílico. El interior colorido, como no podía ser menos, era presidido por un retablo en forma de tríptico desde donde el padre daba la homilía. Velas a los pies de los santos y de Jesús, mujeres que portaban un velo para esconder su cabello, el olor a incienso, niños asistiendo respetuosos a la misa, el retrato de la familia del último zar, Nicolas II, en uno de los laterales. Demasiadas sensaciones para un espacio tan limitado. Nos colocamos a la derecha, pegados a un muro, justo detrás de donde estaban leyendo textos un hombre también de barba prominente y una mujer envelada. Pavel se acercó a mí, sonriente y orgulloso de que hubiéramos asistido, me dijo que podía fotografiar lo que quisiera, que tenía la bendición del Padre. Mi cara, hasta entonces aletargada por el sueño y las sensaciones se iluminó. Por fin tenía mi oportunidad de recoger gráficamente algo que me había causado tanta impresión. Cantos, sermones, lecturas, ofrendas, feligreses comulgando. Trate de sacar lo mejor que pude de esta oportunidad, siempre tratando de no invadir la privacidad de la gente o que se sintieran observados.

Una vez terminada la misa, dimos las pertinentes gracias al párroco principal y por supuesto a Pavel que se portó espléndidamente. Antes de despedirnos me dio un papel en el que decía que me autorizaran a subir al campanario de su iglesia en Irkutsk desde donde tenía buenas vistas de las otras iglesias sobre el río. Me dejó sin palabras. Es un auténtico placer encontrarse con gente así por el camino.

Al volver al Nikita una última sorpresa nos estaría aguardando. Nikolaij, el septuagenario músico que amenizaba las noches con su acordeón, nos estaba esperando para mostrarnos algo. Ni más ni menos que una película que guardaba como oro en paño de uno de sus ídolos. El carismático Raphael. Ahí estuvimos viendo con él un buen rato la película, comprobando absortos como se sabía todas las canciones y como le brillaban los ojos de emoción al cantarlas. Lo hacía con el corazón como explicaba, pues no entendía lo que ellas decían. Para que luego “digan lo que digan” sobre el mito viviente…

Al final después de todo, no fue tan malo no hacer la ruta de tres días por el norte de la isla de Olkhon. El destino nos regaló una caja llena de mágicas experiencias en este místico pedacito de tierra en medio de esta inmensidad azul que quedará guardado para siempre en nuestras memorias.

Si queréis acompañarnos en nuestro paseo en un vetusto jeep soviético :

http://www.youtube.com/watch?v=jQBR-YmCBq4

Muy temprano, para lo que uno tiene por costumbre, nos levantamos e hicimos acopio de un ligero desayuno en la cocina del Nerpa acompañados por el teutón Misha, y las hermanas finesas Ilma e Ilnes con los que íbamos a realizar el viaje, avisados como estábamos del estado de la carretera que nos llevaría al siguiente destino, la isla de Olkhon.

La furgoneta, una especie de volkswagen T1 pero de marca “sovietica” nos recogió frente al hostel. Esta forma de transporte consistente en llenar furgonetas hasta los topes se conoce popularmente como marshrutkas.  Desde allí efectuamos un recorrido por las calles de Irkutsk recogiendo a varias personas mas, un par de risueños estudiantes pekineses, un par de señoras japonesas ataviadas de manera muy deportiva, y una última parada en el mercado para recoger al último pasajero que completara el longevo vehículo. Al rato de estar allí parados, preguntándonos aún para que madrugar tanto, si al final íbamos a tardar tanto en salir, apareció un peculiar barbudo, que tomó asiento en el último lugar libre, al lado del conductor. Yo, antes de que los rezagados viajeros se subieran a la furgoneta, había optado por ir sentado en posición opuesta tras el conductor, pero comprobé que no iba a ser buena idea viajar así durante tantos kilómetros y decidí cambiarme de sitio ubicándome en la parte de detrás, junto a todo el equipaje, pues ya me estaba mareando, y con seis horas de camino por delante era mejor no tentar a la suerte…

El camino hasta allí no fue lo mejor de esta tan ansiada experiencia. La posiblemente mas bacheada carretera del mundo, me impidió dormitar, púes cada vez que hacía el amago de cerrar los ojos, alguna irregularidad del pavimento me hacia saltar por los aires y volver a la realidad. Está circunstancia me obligó a hacer la siguiente reflexión: ¿por qué el estado ruso en vez de invertir ingentes cantidades de dinero en armas químicas, reactores nucleares etcétera, no destina algo de ello a mejorar las vetustas infraestructuras de esta zona tan transitada anualmente por miles de turistas tanto nacionales como extranjeros? ¿ No les convendría facilitar el acceso y que acudieran mas turistas a ella, y recoger grandes sumas de dinero con ello? Intenté grabar un vídeo de ello, y el resultado ya lo podréis comprobar por vosotros mismos.

Tras efectuar un par de paradas de rigor por el camino (ya sabéis, baños y restaurante donde avituallarse a cambio de una pequeña comisión para el conductor), llegamos al pequeño puerto desde donde salen los ferrys con dirección a la isla de Olkhon. El viento, gélido, no invitaba a salir de la furgoneta, pero mientras esperábamos a que nos concedieran permiso para embarcar, di una vuelta por los alrededores. Contrariamente a lo que hizo la mayoría, que hubiera sido lo mas lógico,y refugiarme en los establecimientos de los aledaños e ingerir algo calentito, decidí subir unas colinas para observar desde las alturas la inmensidad del lago Baikal, que me recibió oscuro, acorde con el cielo amenazador de tormenta que lo cubría.
IMG_6504Allá arriba me llamaron la atención un par de lapidas que encontré. Curiosamente ambas pertenecían a gente joven, deducido por las fechas de nacimiento y defunción, y las imágenes de los difuntos esculpidas en ellas. Aquello me impactó. Interprete que serían victimas imprudentes caídas al vacío debido a alguna temeridad juvenil. Acercarse a estos acantilados sin tener en cuenta un posible golpe fuerte de viento, o algún desprendimiento de tierra te puede costar caro. Yo hace tiempo que cada vez que me asomo a alguno para tomar una fotografía, escucho la voz de mi madre advirtiendome de los peligros y retrocedo un par de pasos. Creo que cuantos mas años cumples, mas consciente eres de los peligros de la vida, mas aprecio tienes por ella y te vuelves mas prudente. Ley de vida. Días mas tarde y tras ver unas cuantas lapidas mas repartidas por toda la isla, pregunté a que se debía tal elevado numero de ellas y sobre todo su ubicación. Me contestaron que el invierno es tan extremo que la gente tiene que arriesgar sus vidas en busca de alimentos, cogiendo el coche por carreteras heladas o intentando pescar en el helado congelado lago produciéndose gran parte de decesos durante esta cruel temporada siberiana. Una triste realidad que no distingue jóvenes de menos jóvenes y se lleva por delante las vidas y las esperanzas de los desesperados habitantes de estos tan bellos y a la vez inhóspitos parajes.

Tras refugiarme en el establecimiento y tomar algo caliente antes de volver a la furgoneta, me presente al curioso barbudo, con el que había intercambiado antes tan solo un par de rápidas miradas. Se llamaba Ugo y venia de un lugar muy lejano y caluroso, Brasil. Me pareció enseguida un tipo peculiar y muy simpático. De aquellas personas que parece que los has conocido toda la vida. No sabía en ese momento que íbamos a compartir casi todo el tiempo en la isla con su risueña compañía.

Vistas de la playa desde la colina cercana a Nikita.

El intenso frío no invitaba a  cruzar el lago en la cubierta del ferry. Nos refugiamos en el interior del vehículo, mucho mas plácidamente. Una vez en tierra firme y tras unos últimos minutos mas de baches, llegamos al punto de destino, Kuzhir. El Nikita Guest House, un acogedor complejo de cabañas de madera, regentado por un antiguo campeón soviético de ping-pong, (Nikita Benzharov) y que acoge a mochileros que llegan desde todo el mundo a visitar este bello y recóndito paraje siberiano. Nosotros, destemplados como estábamos y vislumbrando la posibilidad de tormenta a lo lejos, desistimos ante la idea de acampar en la playa como era nuestra intención, para comenzar al día siguiente un trekking por la parte norte de la isla que nos llevaría tres días al menos.

Eran casi las cuatro y media de la tarde y teníamos que decidir. Cielo gris, mas cuerpos cansados, mas frío, mas montar la tienda y tener que dormir en sacos que no soportan frío extremo ( 0º a 5º) frente a, cama, cabaña de madera, calentita y posibilidad de banha (ducha siberiana) mas tres comidas. No había color y nos rendimos a los cantos de sirena del Nikita. Aún teníamos la esperanza de que el día siguiente fuera bastante mejor y el sol nos diera una alegría y poder estrenar nuestra flamante nueva tienda de campaña…

Árbol ataviado con cintas multicolores. Ofrendas espirituales.

Un paseo por los alrededores para familiarizarnos con la zona, nos llevó a toparnos con la denominada roca del Shaman. Antes de llegar a ella, ya habíamos percibido algunos detalles que nos llamaron la atención. Arboles decorados con cintas de colores, y una hilera de troncos alineados, y ataviados también con cintas multicolores daban un toque místico al escenario sobre el que nos encontrábamos. Se dice que las tribus pobladoras de estas latitudes, los buryat, creen el la brujería y la magia negra de ahí tan peculiares ornamentas por doquier. El gran azul siberiano, el Baikal, posiblemente sea el lago mas abismal del planeta, con sus casi 1600 metros de profundidad. Sus reservas contienen un 20% del agua mundial y se dice que la población entera podría subsistir bebiendo de ella durante cuarenta años. Con estas cifras, y solo una mirada al horizonte uno se hace a la idea de la maravilla que esta contemplando, y de su importancia.

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El  nublado atardecer que contemplamos sobre la famosa roca del Chamán, nos dejo destemplados. Desde allá arriba se cernía una grisácea capa de nubes que no nos dejaba muchas esperanzas para llevar a cabo nuestra aventura tal y como nos habíamos propuesto en un principio. Nos apresuramos a comprobar la oferta gastronómica del Nikita y tras la cena, comenzamos a entablar amistad con algunos turistas mas que habían llegado esa misma tarde como nosotros. Unas interminables partidas al UNO tentados por nuestros nuevos amigos suizos Jonas, Ivo y Franz  ( juego similar a nuestro conocido “Chupate 2”) y unas rondas de cervecita rusa, primero en la cantina y cuando nos echaron de ella refugiados en la habitación de la “Guardia Suiza” nos ayudaron a dormir plácidamente a la espera de ver como amanecía la  siguiente jornada. ¿Habría aventura, o cambio de planes?

Roca del Chamán

Habitación-Casino: de izquierda a derecha en sentido de las agujas del reloj, Franz, Ilnes, Ugo, Misha, Jonas, Ivo, servidor, Kolja y Ilma.Jugando al UNO 🙂

 

Nuestra llegada aquella fría gris mañana a Irkutsk, no hizo mas que constatar que habíamos llegado tarde a nuestra ansiada cita con el Lago Baikal. Tras ser recogidos en la estación de tren, de la que fue última parada de nuestra experiencia férrea rusa, por un miembro del hostel Nerpa. Saludamos a la adorable Sacha, cuyas facciones, mas asiáticas, nos recibieron con una cálida sonrisa. Una vez instalados, nos duchamos y nos pusimos ropa limpia, que tras dos días dentro del tren fue de agradecer. Sin mas dilación tomamos rumbo al centro. Atravesamos el puente sobre el caudaloso río Angara y tomamos la calle Chkalova que desemboca en el Boulevard Gagarin.

IMG_6232 Sobre la ribera del río, la estatua del zar Alejandro III, construida para celebrar la finalización de la ferroviaria que unía la capital siberiana al resto del Imperio Ruso, nos dió los buenos días de forma educada, mientras en el otro extremo de la calle, un poco mas arriba del Museo Etnológico y del Teatro Okhlopov la omnipresente estatua de Lenin aguardaba nuestra llegada para tomar la foto de rigor.

La capital de Siberia bien merece una parada. Es una ciudad que en su corazón aglutina una mezcla de bonitos edificios de estilo clásico, algunas casas de madera que le dan ese aire pintoresco y una buena oferta gastronómica, muy a tener en cuenta si se va o se viene de Mongolia…

Hambrientos como estábamos, comenzamos a vagar por las calles en busca de algo apetecible con lo que saciar nuestro apetito. Sushi, pizza, comida rusa, fueron descartados por uno u otros motivos. De repente dimos de bruces con una cervecería alemana, Ambar, en la calle Karl Marx 26Desde fuera pudimos ver una llamativa y suculenta oferta.

Un codillo asado, y cervezas artesanales, no se podía rechazar. El sabor de tal combinación nos trasladó en cuerpo y alma a nuestro adorado Berlín. Tras dar buena cuenta de ello y pagar la cuenta, pusimos dirección a la Plaza Kirov, la principal de la ciudad, donde se encuentran los principales edificios. El ayuntamiento, el Banco Central de Rusia, La Facultad de Lengua, la Administración del Departamento de Irkutsk-Oblast.

IMG_7220Un poco mas adelante, en la plaza de las tres iglesias. El otrora denostado poder religioso se congrega al lado del económico-administrativo. La barroca-siberiana Catedral de la Epifanía, la neo-gótica Catedral Polaca (construida en 1881 con donaciones de la congregación católico-romana del Imperio Ruso) y la Iglesía del Salvador (1706) que tiene el honor de ser el edificio (intacto) mas antiguo de la ciudad y esta decorada fiel al estilo ortodoxo, con infinidad de frescos. La llama eterna en honor a los caidos en la Gran Guerra y las flores en su memoria, nos condujo al soleado paseo en la ribera del río Angara. Los barandales llenos de candados con las iniciales de enamoradas parejas, sellando de esta últimamente tan expandida manera por todos los rincones del mundo, el sol dorando nuestros rostros y el codillo asentándose felizmente en nuestros estómagos, no dudamos a la hora de introducir en la región un bello habito. La siesta. Tras veinte minutos traspuestos, recuperamos la energía para emprender el camino de vuelta al hostel. Teniamos que planificar nuestra estancia en la zona.

 

Irkutsk es un lugar al que se llega por dos motivos. Bien por que es trampolín al Lago Baikal, o bien para tramitar los visados de entrada a Mongolia. Nosotros cumpliamos las dos premisas. El plan era claro. Al día siguiente fuimos al consulado de Mongolia a tramitar las visas (Lapina St 11). Una fotografía, pasaporte, copia del mismo ( que te la hacen allí por diez rublos ) y el pago de 1900 rublos ( visado 1700 mas 200 de comisión bancaria ). En cuatro días la tienen lista. Tiempo mas que suficiente para que cuadraran nuestros planes.

Como ya era tarde para ir hacia la isla de Olkhon, nuestro destino en el lago, decidimos ir a conocer el pueblo pesquero de Listvyanka, bastante turístico por cierto. Setenta y cinco kilometros y una hora de minivan ( salen desde la estación de autobuses tipo charter, es decir, cuando se llenan…) nos trasladaron allí. Lo primero que hicimos fue ir al lugar que mas nos llamó la atención a nuestro paso con la furgoneta, el mercado de pescado. Allí la gran estrella en el Omul, típica captura de estos lares, y preparado de diversas formas. En el mercado te lo venden ahumado “seco”, mas o menos curado, abierto y sujeto por palillos, o ahumado “cocido”, oculto en unas cajas para conservar su temperatura. Entre pasillos repletos de la misma oferta, lo mejor es recorrerlo poco a poco. Colgado en hileras, donde el omul espera a ser llevado, establecer contacto visual con alguna vendedora, catarlo, y regatear. ¡Siempre regatear por su precio! Aunque lo rebajes, siempre pagarás mas como turista imagino, pero el regateo es siempre tan divertido… Todo un ritual al que acompaña la inseparable calculadora, para hacerse entender y llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes. Decidimos probar ambos, uno con un ligero recuerdo al tan extrañado por nuestros paladares jamón íberico ( a lo que puede llegar la imaginación en épocas de carestía…) y el otro con una carne mas tierna y jugosa. No sabría por cual decantarme. Un par de cervecitas y nos fuimos a dar cuenta de ello a una especie de “chiringuitos” que hay sobre la orilla del lago, y que se alquilan a razón de 100 rublos la hora, resguardandonos del viento que arreciaba de costado. El sabor nos encantó, aunque nos quedamos con hambre, así que volví al mercado, aunque esta vez para comprar una brocheta de cordero asado a la que ya había echado el ojo previamente, aunque me salió algo mas cara que el autóctono omul. He de reconocer que el irresistible olor que emanaba de la parrilla me hizo sucumbir a tal carnívora tentación.

 

Tras devorar las viandas, apurar las cervezas y consumir la hora de alquiler de nuestra “jaima” comenzamos a caminar por la orilla del lago en dirección a la pintoresca “Roca del Chamán / Shaman´s rock” y volver antes de las siete, hora en la que el último autobús sale de regreso a la capital. El mapa que teníamos engañaba bastante, y pronto nos dimos cuenta que alcanzar la roca y volver a tiempo era una utopía, así que nos dedicamos a pasear de manera mas relajada.

Tomamos un sendero colina arriba para tener una vista panorámica. Al cruzar cerca de un grupo de casas, todos los perros del vecindario se pusieron a ladrar y no pararon hasta que volvimos sobre nuestros pasos y nos alejamos de allí. Sin duda que los que por allí residen pueden dormir tranquilos…

La tarde caía inexorablemente y comenzaba a refrescar. Vimos pasar un par de autobuses de largo, pues eran de grupos organizados. De pronto, mientras tomaba una divertida foto desde el otro lado de la carretera, vimos que se acercaba una furgoneta “taxi” a la que hicimos señas para que se detuviera. Le preguntamos, como pudimos, si iba para Irkutsk, a lo que nos asintió. Eramos los únicos pasajeros, lo que al principio nos inquietó un poco, aunque a medida que avanzamos fuimos recogiendo a tanta gente, que al final quedó repleta. En poco mas de una hora, atasco mediante, estuvimos de vuelta en la capital. Un paseo por el supermercado para comprar provisiones y de vuelta al Nerpa. Al día siguiente tocaba madrugar. Teníamos una cita marcada en rojo en nuestra “agenda rusa”. La isla Olkhon y su maravilloso entorno.

Nos aguardaba el “gran azul de Siberia“.

Llegamos a Omsk y los tomamos como una bocanada de aire fresco. Llevábamos treinta y ocho horas en tren, y aún nos contemplaban otras treinta y nueve, para llegar al destino final, Irkutsk, donde nos esperaba el apacible Lago Baikal. Habíamos reservado habitación en un hotel a las afueras de la ciudad, con una gran parque sobre uno de los margenes del río Irytysh tras él. Buscábamos relax, tranquilidad y descanso, tras unas jornadas agotadoras. La oferta del hotel Nika lo prometía, ademas de alquiler de bicicletas gratis, que en ese entorno parecía mas que apetecible.

La llegada al hostal no fue fácil. Teníamos la casi certeza de que el autobús número 4 nos llevaría en esa dirección, pero habíamos extraviado el papel. No obstante, subí al autobús y pregunté al conductor si el recorrido nos dejaría cerca del balnitza (hospital) que estaba cerca de nuestro destino. Pude comprobar de nuevo la “amabilidad” de algunos rusos. El señor, enfurruñado me negó con la cabeza, seguramente por que no entendió mi “depurado” acento ruski-spanski. Problema a la vista, solución rápida y segura. Recurrir a internet para consultarlo. Buscar una wifi disponible fue casi misión imposible. En Omsk, o al menos alrededor de la estación, no se estila el tener ciber cafés. Pequeños comercios se aglutinan en su entorno. Prendas, comestibles e incluso una galería donde solo se vende telefonía móvil y accesorios varios en todos sus puestos, pero ni rastro de wifi. Tras separarnos e intentar dar con algún local que tuviera acceso a interrnet, encontramos no muy lejos un Kentucky Fried Chicken, donde logramos conectarnos y contactar con el hotel. Efectivamente, el autobús que nos dejaba casi en la puerta era el número 4. La barrera idiómatica nos había hecho perder casi una hora, ademas de producirnos un estrés no recomendable a esas horas de la mañana.

La llegada al prometedor lugar de descanso, no fue como esperábamos. El hotel en obras, las bicicletas de alquiler, previo pago… no era como habíamos imaginado. Tras enseñarles la página que contratamos a través de booking.com, nos dijeron que esa era una oferta obsoleta. Al menos el precio, que era bastante bajo, nos lo conservaron.

La recepcionista, bastante simpática y que hablaba algo de español, pues había vivido en su infancia en nuestro Buenos Aires querido, nos clarificó el problema burocrático ruso. Por ley, uno está obligado a registrarse en cada ciudad en la que se pasen mas de setenta y dos horas, si no se hace, te pueden parar en la calle y ser multado, o bien hacerlo a la hora de salir del país. Lo “normal” sería registrarse en cada lugar donde uno se hospeda, pero aquí viene la trampa que fuimos comprobando en cada destino. En los hostels te piden una cantidad que es inversamente proporcional a la distancia que hay desde la capital. Así, en Moscú nos pedían 700 rublos por persona y mas adelante, en Irkutsk nos pedirían 400. Por ley, según nos dijo la recepcionista, todos los hoteles/hosteles deben registrarte de forma gratuita. Una forma mas de pirateo y de aprovecharse del turismo low cost. Nosotros habíamos decidido no contribuir a este juego y probar fortuna en la frontera, aun exponiéndonos a la multa, pues no habíamos escuchado aun ningún caso en el que algún turista se viera involucrado. Eso si, guardábamos todos los billetes para tener pruebas del recorrido efectuado si llegase el caso de que nos preguntaran. Este “control” debió de ser mas exhaustivo en otros tiempos, y quizás mas susceptible al abuso de las autoridades buscando una paga extra por parte del inocente turista que tuviera la suerte de ser parado por algún “honorable” oficial de policía. Ante tanta corruptela, fuertemente castigada por las autoridades rusas desde no hace mucho tiempo, parece ser que este “seguimiento” está mas relajado. No obstante le entregamos todos nuestros billetes de tren, y ella se encargó de enviar un fax con nuestro pasaporte, y los comprobantes de nuestro recorrido a la oficina pertinente, y en una hora nos había “legalizado” la situación.

Un afeitado, que falta me hacía ya, y una buena ducha y pusimos rumbo a la ciudad. Como las demás ciudades rusas que hemos conocido, se daban varios denominadores comunes. Tráfico masivo por el centro, estatua de Lenin, monumento conmemorativo en memoria de las víctimas de la II Guerra Mundial, río partiendo la ciudad, arquitectura clásica, y sus colores pastel por el centro, su parte mas lineal y soviética en las afueras, iglesia de bellas cúpulas encebolladas. No obstante esta ciudad tenia un par de peculiaridades.

Según nuestra guía de viaje ( Trans-Siberian Handbook), resaltaban el curioso Museo Estatal de Historia y Estudios Regionales en cuyo interior a parte de los estudios sobre los primeros homínidos que poblaron la zona y como Siberia se unió al imperio ruso, había infinidad de fauna autóctona disecada. Algo un poco “friki” pero que llamó nuestra atención. Volvimos a poner en practica nuestros “carnets de estudiantes” que funcionaron una vez mas, aunque esta vez la taquillera no lo tuvo tan claro y le costó aceptarlo pues no veía por ningún lado las palabras universidad o estudiantes en nuestras credenciales nacionales. Para sacar fotos del interior pedían dinero, práctica habitual en muchos lugares, así que no pude sacar fotos, intenté en una ocasión pero una vigilante me sorprendió, y tal y como me lo dijo preferí no volver a arriesgarme a otra regañina.

Fue un tanto escalofriante el ver tanto animal “tieso” y mas aun encontrarle un significado  a esto en el museo. Debe ser que no les daba para tener un zoológico tal vez, por el clima y por el dinero que ello cuesta mantenerlo.

Otra peculiaridad de la ciudad es que hay estatuas bastante graciosas repartidas por ella. El Ulises de James Joyce, Vincent Van Gogh, e incluso nuestro ilustre Don Quijote se encuentran repartidos por la ciudad. Nos decidimos a jugar con ellas, a reponer fuerzas en el café Berlín (20 ul Lenina) ante unos riquísimos platos de pasta, y paseamos por la ribera del río, desde donde vimos el atardecer,  antes de volver a nuestro hotel, esta vez en taxi pues se nos hizo tarde tomando una cerveza y degustando sushi en un bar muy cool  llamado Journalist (ul Lenina 34) donde contactamos con el mundo exterior…
Debido a que ya era tarde y el servicio de autobuses urbanos es solo hasta las 20.00 h, tuvimos que hacer llamar un taxi. Lo de los taxistas aquí es para hacérselo mirar. Parece que compiten en circuitos, cada vez que se incorporan a una rotonda, y otro vehículo se aproxima, los conductores parece cruzar sus miradas y desafiarse a ver quien pasa antes, sin tener en cuenta leyes de preferencia o cualquier otra regla básica de la conducción.Toda una experiencia. Hasta ese momento dos taxis que tomamos, dos veces que pasamos un mal rato. Mas efectividad no se puede pedir…

Pasamos la soleada mañana recorriendo a pie los senderos colindantes al hotel que nos llevaron al cauce del río. Después de disfrutar de tan apacible momento, volvimos a la realidad y pusimos rumbo a la estación. Hicimos acopio de unas viandas para el camino y nos acomodamos en nuestro vagón.  Estábamos preparados para las siguientes treinta y nueve horas. Dos mil cuatrocientos setenta y tres kilómetros de raíles aguardaban a ser devorados por nuestra locomotora. Nosotros, con la recompensa del inmenso Baikal en lontananza,  aceptábamos el desafío de este segundo asalto ferroviario.

Menos concurrido que el anterior trayecto, pues a medida que se aleja de la capital, los vagones están mas deshabitados, la ventanilla y su paisaje fueron nuestro principal aliado. El verde predomina en casi todo el recorrido, poblaciones esparcidas en las inmediaciones de las vías del tren, casas de madera, que yo hacia en desuso pero que en Rusia parecen ser las edificaciones donde habita la vecindad rural. Ya nos habían llamado la atención, en Vladimir y Suzdal, pero mas sorprendente fue comprobar que se repetían pueblo tras pueblo constituyéndose en la forma de vida de gran parte de la población rusa. Los huertos, las granjas, las casitas de madera, dan un aspecto bucólico al paisaje, transmitiendo una tranquilidad que cuesta imaginar como se verá afectada ante la llegada del crudo y helado invierno, con sus blancos y helados aderezos, toda esta campiña.

Difícil de fotografiar pues entre la velocidad del tren y el pequeño espacio para sacar la cámara por la minúscula ventana desde la que se percibe cada dos por tres el sonido cercano de los postes, que pasan silbando el vagón, me aventuro a efectuar disparos aleatorios y ver que puedo salvar para compartirlo con vosotros y que os hagáis una idea. Resulta complicado el enfocar, pues casi lo tenía que hacer de puntillas, ademas de ser acompañado por el inestable traqueteo continuo y la velocidad del tren, aparte de arriesgar la cámara al sacarla por fuera. No trato de excusarme, pero seguramente no son las mejores fotos que haya tomado.

En uno de mis paseos me encontré con un curioso personaje. Su pelo canoso, y el humo que desprendía de su boca, tras la que se entreveían unos llamativos dientes plateados, que le conferían un aspecto de antiguo espía ruso de las películas de James Bond. Le pedí permiso para tomarle una foto a lo que el accedió. Pronto comenzamos una “conversación” en la que Rafa Nadal, apareció varias veces, primero al decirle que yo venia de España. Después, cuando una vez sentado y mientras escribía, el se me aproximo y se puso a decirme que era zurdo…con Rafa.

IMG_5958 El decía, que en su época, como le sucedió a mi madre con sus monjas durante el franquismo, te castigaban si escribías con la izquierda, y que mas de un coscorrón se había llevado. Estuvimos departiendo como pudimos hasta que nos ofreció compartir vodka. Nosotros lo rechazamos amistosamente, de la manera que nos habían aconsejado, alegando que estábamos tomando medicinas. El insistía,y nosotros seguíamos rechazándolo, eran tan solo las cinco de la tarde.  De repente, una oronda mujer se acercó y pareció echarle una regañina. Se marchó con una sonrisa medio socarrona medio sometida. La mujer rusa tiene carácter, y es capaz de intimidar a un personaje que por si mismo inquietaría a cualquiera si uno se lo encontrara en un callejón a oscuras en cualquier pueblo de Rusia.

Llegó la noche y efectuamos parada en algún punto que no puedo recordar. Allí, en el andén se amontonaban mujeres con pescados en ristre. Los pasajeros se apresuraban a comprarlos y nosotros mirábamos atónitos ante semejante costumbre. Pescado vendido en la estación, para ser consumido en el tren no nos parecía la mejor manera de viajar. Ademas teníamos un montón de noodles con lo que no necesitábamos víveres de ningún tipo salvo agua para refrescarnos. El té que tomábamos a cualquier hora nos empezaba a saturar. Fue nuestro primer contacto con el pescado ahumado típico de la zona, el omul. Pronto descubriríamos su intrigante sabor aunque aún deberíamos esperar unos días para ello.

Una foto en una antigua locomotora de las muchas que se encuentran aparcadas a  modo de homenaje en multitud de estaciones a lo largo de la vía trasiberiana, y vuelta al vagón.  Escribir, ver algún capitulo de Breaking Bad, o How i Met Your Mother, y esperar al día siguiente mientras uno se postra buscando un sueñecito reparador sobre ruedas.

El día siguiente y con el vagón cada vez mas vacío se hace algo largo. Se nota que es temporada baja. Apenas en todo el trayecto hemos coincidido con turistas. Poca gente hace el divertido y concurrido platzkart, pues la mayoría que hemos encontrado en andenes o hosteles han tomado los compartimentos de cuatro, kupé. El día transcurre mirando a través de la ventanilla, contemplando la Rusia profunda prepararse para la llegada del inminente frío.

Otra parada nocturna, otro mercadillo para recolectar viandas, otra locomotora insigne esperando a algún turista con el que fotografiarse. Era como un bucle del día anterior. La provonitza limpia el vagón dejándolo preparado para la llegada de nuevos pasajeros. Tras ello, la luz se apaga, el silencio se apodera del tren. Solo resuena su constante traqueteo.

Al despertarnos nos encontramos en las inmediaciones de Irkutsk. Próxima parada Lago Baikal.

¡Por fin naturaleza!

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Salimos de Vladimir en dirección a Omsk, donde efectuamos parada para no eternizar el viaje, que como destino final tenía Irkutsk y su bello lago Baikal en el corazón siberiano. Dos mil quinientos kilómetros, ¡treinta y ocho horas de tren! Cuándo lo vimos nos pareció que sería eterno, pero una vez en marcha, la verdad es que pasó rápido. Me apuraría a decir que se hizo corto…

Las reservas y la impresión de billetes pronto estuvo más controlado. Hemos tenido el privilegio de poder contar con la inestimable ayuda de internet a la hora de realizar nuestras reservas, ahorrándonos malos entendidos y colas insoportables. La página www.rdz.ru además la aplicación en inglés esta disponible desde mayo, con lo que uno de los principales temores del viaje quedó totalmente eludido. Cada estación cuenta con unas máquinas rojas en las que metiendo tu número de reserva y tu pasaporte, imprimes el billete. Nosotros para asegurar todo bien,y no entrar en pánico, acudíamos siempre una hora antes a las estaciones, cosa rara en mí, pues los que me conocéis ya sabéis que la puntualidad no es una de mis virtudes. Lo único que realmente hay que tener en cuenta es que todos los trenes circulan con horario de Moscú. En un país en el que puedes pasar por cuatros diferentes bandas horarias durante un trayecto, es un detalle bastante importante a medida que uno avanza en el viaje.

IMG_5710IMG_5715Hemos utilizado la clase platzkart, la más económica que puedes encontrar y que consiste en un vagón con nueve habitáculos y tres literas en cada uno (seis camas). Ademas cada vago cuenta con un samovar, una especie de caldera que te proporciona agua caliente durante todo el día y que es básico para la supervivencia en el tren, pues con ese agua hirviendo te preparas los noodles y las tazas de té que sean necesarias para subsistir. Ademas está la provonitza que es la azafata encargada de controlar los billetes, avisar de las paradas, repartir sabanas, limpiar el vagón y los aseos, y a veces de poner amenizadora música. La gente, que en principio te mira raro (como nosotros a ellos) suelen ser bastante amables. Viajan muy preparados, pues la mayoría viene acompañada de mucha comida, pasatiempos (los crucigramas son sus favoritos), libros, etcétera. Los viajeros en su mayoría, al menos pasan un día entero en el tren, con lo que se pertrechan bastante bien para ello. Con las distancias que hay en este país, ir de una ciudad a otra lleva casi mas tiempo de lo que nos lleva a nosotros en Europa el cruzar de un país al otro. Para haceros una idea, solo en estos dos trayectos atravesamos  cinco diferentes bandas horarias. Moscu tiene +2 CET, Omsk +5 CET, e Irkutsk +7 CET.

Nos alejamos poco a poco de lo conocido, y nos acercamos a lo inquietamente desconocido. Había ganas de comenzar la verdadera aventura, pues, pese a que a muchos de vosotros os parecerá todo una peripecia desde el principio, a nosotros aun no nos parecía gran cosa. pues no habíamos notado grandes diferencias culturales en lo que al estilo de vida occidental se refiere. No en vano, tan solo habíamos conocido las dos grandes ciudades rusas, Moscú y San Petersburgo, que no tienen mucho que envidiar a las grandes capitales europeas, como habréis comprobado en mis anteriores posts.

Mentalizados para el cambio, y con ganas inmensas de comprobar la evolución del viaje, de ir conociendo gentes y culturas mas diversas. Poco a poco notamos que incluso los rusos se iban abriendo mas, a medida que nos alejábamos de las grandes ciudades.

IMG_5637Nosotros tuvimos suerte con nuestras primeras compañeras de viaje. Svetlana una profesora y Elevna una ingeniera, rompieron el hielo con sus sonrisas y sus intentos por comunicarse con nosotros. Quedaron prendadas de la belleza de Kolja, y sus rasgos nórdicos y de mi humor latino. Con su poquito de inglés y nuestro diccionario ruso pudimos entretenernos un rato y pasar las primeras horas de viaje bastante bien. lastima que se bajaron pronto, en Nizhni Novgorod y no pudimos coincidir mas con ellas, pues eran bastante extrovertidas. Al despedirnos, Svetlana con una mirada nos deseo suerte para nuestro largo viaje, y algo que intuí como que cuidara de mi preciosa novia. Fue como si me lo estuviera diciendo la madre de Kolja.

La barrera idiomática pesa, eso es irrefutable, y hace que la gente en general mantenga las distancias, aunque siempre hay intrépidos que chapurrean algo de inglés y en cuanto te perciben se acercan a ti, a intentar ayudarte, conocerte e interesarse por ti ávidos de mejorar sus limitado conocimiento de la lengua de Shakespeare.

IMG_5776Como muestra de ello os contaré una anécdota ocurrida en nuestra primera velada que transcurrió por vías transiberianas. Rememoro aquella noche. Fuera era bastante cerrada. De fondo, la radio, con música rusa, bastante amenizadora. Guitarras, baterías, una melodía algo melancólica, de raíces pop-folk. Kolja se reflejaba en la ventana, sumida también en la escritura, nuestro pasatiempo para cuando las baterías del notebook o la tablet escaseaban ( yo andaba poniéndome al día con Breaking Bad, totalmente adicto ). Las últimas “pilas” siempre las reservabamos para ver algo antes de dormir. Llegaríamos a Omsk a las 6.15 a.m (siempre horario de Moscú )aunque allí serían ya las 9.15 a.m

Recuerdo tener la mirada perdida entre las sombras tras las que distinguía arboledas que íbamos pasando a gran velocidad, el destello de alguna luz y el centelleo al cruzarnos con algún otro tren de vez en cuando que viajaba en sentido opuesto al nuestro buscando inspiración.

Como iba diciendo, la gente es bastante amable dentro de los vagones. Hay una especial comunión entre los pasajeros. Aquella primera noche conocí a un chico, Vladimir con el que tuve la oportunidad de departir de diversos temas que hasta entonces pensaba que eran tabú por estos lares. Hijo de antiguos comunistas que ahora gozan de un retiro dorado a orillas del mar negro en algún apacible pueblecito ucraniano donde se dedican a producir vino, trabaja como fiscal para el estado, aunque “freelance”, lo que le permite viajar bastante. Él volvía de Helsinki y Copenhague y regresaba a su hogar en Perm. Se ofreció a hospedarnos en su casa y a enseñarnos los alrededores, pero desgraciadamente ya teníamos billetes comprados para Omsk e Irkutsk (próximos destinos) y andábamos muy justos de tiempo, con lo que declinamos su amistosa e interesante invitación.

Comenzamos a debatir de temas de ayer y de hoy relacionados con su país, los viejos tiempos, la historia, etcétera. De repente pregunté algo. Él, sospechoso, miró hacia los lados y me dijo que era mejor que siguiéramos hablando en otro lado. Me pidió que  le acompañara a echarse un cigarrillo, a lo que accedí, pese a que sabia que no iba a ser mi lugar favorito. Entre vagón y vagón, en un habitáculo minúsculo sin apenas ventilación, donde la gente acude a fumar, entre el humo y las pequeñas luces, la conversación adquirió un aire clandestino…

A nuestro lado había un grupo de chicas conversando con un chico. Este, se percató de que hablábamos de política, y se unió a nuestra conversación, abandonando a las tres señoritas que apuraban sus cigarrillos y sus latas de cerveza. Nuestro inesperado invitado, que no hablaba mucho inglés, pero al menos algo entendía, se llamaba Dimitri. Además Vladimir, le hacía las veces de interprete. Reflejo de la sociedad rusa, uno era defensor a ultranza del actual presidente, y el otro estaba contra todo, ni este presidente, ni los americanos y su contaminante capitalismo. Un tanto extraño bajo mi punto de vista, pues Dimitri, trabajaba en Siberia para una compañía energética, y yo por ello le suponía erróneamente mas afín a la política basada en la explotación de recursos que parece que esta reportando bastantes beneficios al país de la mano de Putin. Uno tiene querencia a conocer de primera mano las historias de cada país, aunque siempre tengan un prisma según quien te las cuente. Me hubiera gustado indagar algo mas, pero tampoco era el ambiente propicio para ello. Me tuve que conformar con ligeras pinceladas, para empezar a hacerme una idea de lo que la gente de aquí opina sobre ciertos escabrosos temas.

IMG_5668Las chicas esperaban, así que dejamos la conversación seria, para dedicarnos a cosas mas mundanas. Un español, y mas con pelo rizado y barba, es algo exótico por estos lares, y ellos también quieren conocer cosas y te preguntan por el estilo de vida que tenemos. Kolja estaba ya en la cama, así que me tuve que defender solo con la inestimable colaboración del “traductor” Vladimir. La verdad es que se me hizo amena la charla. La que mas animada parecía en saber cosas de mi, resulto ser la prometida de Dimitri. Castaña y delgadita, con rostro muy sonriente estaba apasionaba con mi acento, y mi nombre la enloquecía. Mientras dimitri estaba fumando, ella me decía en ruso “Manu no, pero Manuel, bufff…”  ante el rubor de Vladimir, quien se colocaba sus descolocadas gafas al traducirlo. A mi se me quedó cara de estupor. El novio, al regresar se percató de la escena y se lo tomó con gracia, y yo hice lo propio. Menos mal que mi “parienta” estaba en su aposento, no quiero imaginar lo que hubiera sido una pelea de celos en medio de los vagones del transiberiano entre una rusa y una holandesa…

Ya sin cervezas y tras un par de llamadas de atención de la provonitza, encargada de custodiar la tranquilidad en el vagón por las noches, nos retiramos a dormir. El vagón cada vez parecía mas vacío, conforme vamos aproximándonos a nuestro destino. Estos trayectos deben ser menos concurridos. Deberíamos estar adentrándonos en Siberia a esas alturas.

Como compañeros de habitáculo, teníamos a una señora mayor con su nieta, que ya dormían pese al escándalo que debimos montar. Por la mañana se bajaron en Ekaterimburgo, mientras yo me despertaba. Su lugar lo ocuparon un chico que no hablaba nada, y que  tan solo se limitaba a observar nuestros movimientos, y una chica muy simpática que chapurreaba algo de inglés. Descubrimos que era cantante, y algo famosa en su lugar de origen pues salia en la T.V, y no enseño fotos de ella con su grupo musical. Venia de regreso, tras visitar a su novio. Dos días de viaje en cada sentido ni mas ni menos. Si eso no es amor…

IMG_5787IMG_5803La acompañaba una flauta budista, que estaba intentando aprender a tocar, y que intentó infructuosamente que nosotros sacáramos alguna nota de ella. Detrás de nosotros un  señor muy amable que nos regaló tres tomates y un pepino que aderezaron nuestro insípido plato de alforfón (trigo sarraceno) muy típico de estos lares. El señor de aspecto kazajo, o mongol, viajaba con un montón de viandas que no le importaba compartir y que siempre sonreía. Hablaba muy poco ruso, y fue una pena el no poder comunicarse con él. Parecía una buenísima persona. Le gente de nuevo dormía y nosotros estábamos con el cansancio acumulado. Un rato después apuraríamos las baterías de nuestros “modernos” equipos electrónicos y cerraríamos los ojos. Al abrirlos ya estaríamos en plena Siberia. Preparados para al aventura. La primera etapa en el transiberiano nos dejaba bastante buen sabor de boca. Un montón de gente simpática que se había encargado de que no nos aburriéramos ni un instante. Una experiencia que ahora desde la distancia me recuerda ligeramente a la película “El camarote” de los hermanos Marx. Transiberiano, es sinónimo de diversión asegurada. Si podéis experimentarlo alguna vez, no lo dudéis, venid y descubrirlo vosotros ti mismos.

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Todavía con la imagen de los fuegos artificiales que pusieron colofón a nuestra estancia en la capital moscovita en la retina, salimos de madrugada hacia la estación de tren. El aire fresco acariciaba nuestros somnolientos rostros mientras caminábamos en dirección a la estación. Empezábamos nuestra ruta hacia el interior asiático dejando atrás la comodidad de las grandes urbes rusas. Días antes habíamos tratado de sacar los billetes mas económicos que pudiéramos para emprender viaje hacia el lejano este y efectuar nuestra primera parada. Los que encontramos por la web no aparecían en la pantalla del ordenador de la taquillera de turno en la estación. Tuvimos que adquirir unos a un precio mas elevado y en moderno tren de alta velocidad, que nos llevaría a Vladimir en apenas hora y media. Parte del encanto de dejar Moscú en un tren cargado de gente en coches cama quedo difuminado de golpe. En los confortables asientos del moderno convoy escuchando música y dando una breve pero intensa cabezada, se pasó rápidamente el trayecto.

A las 8:30 a.m llegamos a destino. La ciudad nos recibió encapotada y gris. Era domingo y pronto varias campanadas empezaron a repicar llamando a misa. Desde la estación, a los pies de la ciudad, habíamos divisado a lo lejos el complejo religioso. Sus doradas cúpulas, que brillaban sin necesidad de sol, nos habían cautivado, haciendo de imán atrayente. Vladimir, a 180 kilómetros de la capital rusa pertenece al llamado anillo de oro, que abarca al conjunto de ciudades históricas que rodea Moscú. Sobre el año 1300 d.c tuvo su época mas gloriosa, llegando a ser elegida capital, aunque fue algo efímero pues apenas le duro 20 años. Las campanas de la Catedral de la Asunción no paraban de repicar y nos pareció una buena idea el comprobar in situ el desarrollo de una ceremonia ortodoxa. En el marco incomparable de esta belleza edificada en el año 1160 y que fue en su tiempo el edificio mas alto de Rusia, ademas de lugar de coronación de gobernantes desde Andrei Bogalyubsky a Ivan III

Camino de la misa nos encontramos con la pequeña Catedral de San Demetrio de Salónica, de singular belleza con sus 1300  bajo-relieves. Pronto comenzó a chispear y llegó el momento de guarecerse. Llegamos a la catedral, cruzamos el umbral y ya notamos diferencias con respecto a lo que estábamos acostumbrados hasta ahora. Todas las mujeres llevan el cabello cubierto con un velo. Ademas deben llevar falda larga. A la entrada proporcionan atuendos si uno carece de ellos, para vestir correctamente durante la visita a los templos de culto.

El olor intenso a incienso, la impresionante decoración, la cálida luz de las velas que ardían prendidas por los fervorosos siervos como ofrenda a sus santos. Beatas sonrientes que se encargaban de retirar las velas que estaban a punto de consumirse, evitando que la cera se derramara y que así todo quedara limpio y poluto. A la derecha del altar un grupo de monjas vestidas totalmente de negro se dispusieron formando un coro. A la izquierda, un cura confesaba a la fila de parroquianos que se agolpaban para expiar sus pecados. La forma me llamó la atención. El sacerdote les inclina, poniéndoles un paño sobre la cabeza, apretándolo y recita unas palabras. La escena personalmente parece mas propia de un exorcismo. Al girarme para contemplar la belleza de la decoración del templo, mis ojos se cruzaron con los de una mujer a la que las lagrimas le caían por las mejillas, tal vez emocionada al recordar a un ser querido que ya no está, o por el cumplimiento de alguna promesa, me hizo sentir mas intenso el momento. Era todo tan fotogénico que mi mirada no paraba de capturar escenas, absorbiendo todo lo que acontecía alrededor, pero mi cámara permaneció en la mochila. Paralizado, en señal de respeto ante esa energía que fluía por el ambiente, y siendo los únicos “intrusos” alrededor no quise tentar a la gente y ser rechazado al sacar la cámara y comenzar a capturar escenas. Decidí por una vez, y sin que sirva de precedente, retener en mi retina todo lo acontecido, aunque una espina me quedó clavada.

De repente, en el centro de la catedral, comenzó un desfile de religiosos portando cruces, estandartes, botafumeiros, se iban cruzando unos con otros en perfecta sincronización. Entre ellos, portando un libro inmenso sobre sus hombros el cura principal, un orondo señor de cabello largo y frondosas barbas comenzó a recitar versos con aires gregorianos. El coro de monjas acompañaba con cánticos sus plegarias. Toda una “performance” perfectamente coordinada. Los feligreses distribuidos por la extremadamente recargada catedral se santiguaban de manera opuesta a la que hacemos los católicos, es decir, empezando por la derecha ( alguien me comentó que esto se hace por que los católicos se santiguan mirando a Roma y los ortodoxos lo hacen hacia Constantinopla) y terminado con una inclinación casi contorsionista y demasiado forzada, en la que algunos incluso tocan el suelo con la palma de sus manos.

Toda esta liturgia, nos hizo sentir una verdadera experiencia religiosa, intensa y que me pareció bastante enriquecedora. Cuando salimos de ese ambiente tan cargado, el cielo aun seguía nublado, pero había parado de llover. Unos rayos de sol se entreveían. Aprovechamos para recorrer el resto de puntos importantes de Vladimir, antes de tomar rumbo a Suzdal, siguiente parada en nuestro trocito de anillo de oro. Nos asomamos a un mirador desde el cual se veía la Catedral donde hacia unos instantes habíamos contemplado la ceremonia.  De vuelta a las calles del pueblo vimos la Puerta Dorada, ultima puerta de entrada a la ciudad que aun se conserva y perteneciente al desaparecido recinto amurallado.

IMG_5088No muy lejano se encuentra el monumento conmemorativo del 850 aniversario de la ciudad de simbología comunista (erigido en 1958) en el que tres figuras de bronce (un arquitecto, un soldado y un trabajador) recrean el paradigma soviético de que la gente ordinaria es la que hace la Historia. La vetusta Iglesia de la Natividad, con un aspecto fantasmagórico fue la última visita que realizamos antes de buscar un lugar donde comer. Elegimos un restaurante con aspecto de cabaña suiza, donde degustamos una sopa de verduras y un rico salmón. De camino a la estación para tomar el autobús que nos llevara a Suzdal paramos a tomar unos cafés irlandeses y a engancharnos a la Wi Fi de un moderno local llamado Imanc, en Bolshaya Moskovskaya. Hasta las 19 h no podíamos encontrarnos con Olga, nuestro host de CS en este pequeño y romántico lugar así que nos lo tomamos con calma.

Nuestra excelente anfitriona a través de CS, Olga de Suzdal.

Tras activarnos con la cafeína mezclada con el licor escocés, tomamos el autobús y en cuarenta minutos llegamos a destino. Recibimos las coordenadas y llegamos sin problemas hasta su casa. Allí, Olga se mostró como una persona que se desvive por sus invitados, con una generosidad y una dedicación que nos causo algo de incomodidad y de estupefacción, al sentir que estábamos abusando de tanta generosidad a la que saliendo de círculos familiares uno ya no esta acostumbrado. Cocinó para nosotros una sopa de remolacha típica de Rusia que estaba exquisita. Nosotros contribuimos con unas cervezas de la tierra que regaron la cena y ayudaron a romper el hielo y a tener una conversación distendida.

La mañana comenzó con un olor que nos sacó de la cama. Olga cocinó crépes para el desayuno. Con gente así la verdad es que da gusto coincidir, te hacen todo muy fácil. Con el estomago contento, salimos a disfrutar de esta villa. Casas de madera por doquier, daban un aspecto de hace un par de siglos al entorno. No esperábamos este tipo de construcción y menos aun que fuera la tónica general de los paisajes que nos íbamos a encontrar en días sucesivos desde la ventanilla de nuestro tren. A las casas de madera las acompañaba otro factor común de la vieja época comunista. Nunca había visto tantos Ladas juntos circulando o aparcados. Era como una plaga. Parecía que no se estuviera autorizado a circular a menos que fuera a bordo de un automóvil de estas características.  Algo casi surrealista.

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Pero el verdadero motivo de visita a este pueblecito, son sus iglesias. En su época dorada llegó a contar con una iglesia por cada doce habitantes a los que añadir sus quince monasterios o sus numerosos monumentos ¡¡¡ Imaginaros la concentración por metro cuadrado !!!

Surcado por el rio Kamenka, el escenario hace que te traslades a la época medieval. La ciudad quedo circundada con la construcción de la linea de tren entre Moscú y Nizhny Novgorod y no ha sido hasta los últimos años del comunismo cuando ha empezado a recuperarse siendo uno de los principales destinos turísticos del país debido a su atractivo diseño y a su apacible y bucólica atmósfera. Las rojas murallas de su Kremlin desde donde se divisa toda la villa y bajo la cual pasa el serpenteante río fue la primera vista que tuvimos. Desde allí arriba respiramos la paz y el sosiego que fue imposible de hallar en las grandes urbes rusas.

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Cruzando el río, nos dirigimos al convento de la Intercesión que en su día fue refugio de mujeres de la alta sociedad rusa que no eran fértiles, o que tuvieron problemas con sus acaudaladas familias por no respetar las duras costumbres de aquellos tiempos. Las mujeres tanto de Iván el Terrible ( Ana Vasilchikova) como de Pedro el Grande ( Evdokya Lophukina) contaron entre sus ilustres huéspedes. Hoy en día cobija a monjas que trabajan allí, con lo que solo se pueden visitar sus jardines y se invita a no fotografiar a sus inquilinas para no disturbarlas de su apacible retiro espiritual.

La verdadera joya de Suzdal es La Catedral del Nacimiento de la Madre de Dios, con sus cinco cúpulas azules decoradas con estrellas blancas. El interior de su iglesia dedicada a San Nicolás, tiene, como es la tónica de todas las iglesias ortodoxas una rica decoración con coloridos mosaicos y numerosos iconos. Una de las cosas que mas me llamó la atención fueron sus puertas en las que hay dibujados curiosos relieves. Estas iglesias son una gozada para fotografiarlas.

Otro monumento con relevancia histórica es la Iglesia de la Deposición de la Túnica. Su torre dice conmemorar la victoria rusa frente a Napoleón. Hoy en día se encuentra en proceso de restauración, pero dentro de sus jardines pudimos ver una escena muy pintoresca. Un pastor paseaba con sus dos vacas por allí.

Una parada para comer en un restaurante que hay en la antigua plaza del mercado, Torgovaya Ploshchad .En un edificio rodeado de arcadas y soportales, donde degustamos unos platos sentados a la sombra de su terraza,y que nos dió las fuerzas necesarias para seguir recorriendo el atractivo pueblo. En esta misma plaza se puede encontrar medovukha, una destilación de agua y miel típica de aquí. A un lado de la calzada se esparcían puestos con souvenirs esperando a ser llevados por las hordas de turistas que cada día llegan en autobuses procedentes de Moscú. Al otro lado de la calle, carruajes de época, esperan con sus lacayos al mando a hacer su agosto aunque sea ya septiembre, u octubre….

El museo de Arquitectura de Madera es otro de los puntos mas turísticos de Suzdal. Allí nos encontramos la nota exótica, pues el Ballet Nacional de Benin se encontraba de visita, desplegando todo su folklore vistiendo unos llamativos gorros. Nosotros omitimos la visita, pues salia demasiado caro y ya estábamos viendo suficientes casas de madera en nuestro recorrido. Ademas rodeamos la valla y desde el lado izquierdo pudimos comprobar el interior del recinto que ademas de casas tiene un par de molinos. Viniendo de Holanda, lo identificamos como el Zaanse Schans de estos lares. Demasiado turístico para nuestro gusto.

Las casas de madera, con sus colores vivos, alguna gallina y los Lada aparcados en sus calles, hicieron de la jornada algo para recordar. Se respiraba paz y tranquilidad. La visita mereció la pena, tras el caos moscovita y su polución. La vida sabe distinta en lugares como este y mas con gente como Olga, nuestra hospitalaria amiga, que nos abrió las puertas de su casa y nos hizo sentir como de su familia. Para que luego la gente piense que los rusos son fríos…

Nos llevamos un pedacito del anillo de oro con nosotros, espero que con este post os llegue otro pequeño retal a cada uno, y que tal vez algún día tengáis la oportunidad de acercaros y disfrutarlo como nosotros lo hicimos.

La aventura debía continuar, el legendario transsiberiano aguardaba en el horizonte…

Sí queréis saber mas del encanto del anillo de oro lo tenéis muy fácil:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641359289965/