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Muchas veces al viajar te marcas unos lugares que quieres conocer sí o sí, los llamados “Highlights”, que son de obligado paso. En nuestro viaje por diversos países sudamericanos, estos eran El Perito Moreno, Las Cataratas de Iguazú, El Salar de Uyuni, Las lineas de Nazca, o el majestuoso Macchu Picchu, cosas que quedaron vistas y a las que mas adelante dedicare un post en este blog.

También hay que dejar espacio a las recomendaciones de otros viajeros con los que compartes impresiones a lo largo del camino en hostels, hoteles, campings etc. Nosotros tuvimos la suerte de encontrarnos a dos holandesas en Puerto Madryn, donde nos habíamos instalado en un hostel tras haber ido a ver las ballenas y los píngüinos que habitan en la Península Valdés. Charlando con ellas de a donde iban y de donde venían, empezamos a cambiar impresiones y ellas nos enseñaron unas fotos que nos fascinaron. Yo pregunté donde era eso tan bonito, y ellas me contestaron que se trataba del Parque Nacional de las Torres del Paine, y que se encontraba en Chile, a miles de kilómetros de donde estábamos en ese momento, pero no a tantos de la dirección de nuestro siguiente destino, ya que íbamos en dirección a la cordillera andina en pocos días. Tras echar mano de la guía para conocer mas de ese destino, decidimos que no nos lo podíamos perder bajo ningún modo, asi que al llegar a la zona de la cordillera veríamos las conexiones para llegar allí. Tras unos días por Esquel, en lo que fue el primer contacto con la zona andina, decidimos emprender el viaje hacia Chile. Lara, la chica que nos hospedo a través de la pagina Coachsurfing , una kayakera excepcional, muy simpática, nos ofreció la posibilidad de dejar parte de las cosas en su casa, pues íbamos bastante cargados, y en un trekking de estas características convenía ir mas livianos y llevar lo realmente imprescindible para esa semana que nos esperaba a la intemperie. Esa fue una gran ventaja, pero la cosa no empezó tan bien como se suponía. Al ir a por los billetes, nos informaron de que la Ruta 40, la mítica carretera que cruza la cordillera de norte a sur, estaba cerrada en algunos tramos, y que para llegar hasta Puerto Natales, se tomaría como alternativa por la Ruta 3, es decir, volver de donde habíamos llegado e ir dirección sur por la ruta de la costa atlántica, hasta Comodoro Rivadabía, y una vez allí, emprender el camino a Chile. Era eso…o esperar unos días, con lo cual decidimos irnos pese a la paliza que nos aguardaba, ni mas ni menos que 28 horas metidos en un autobús, y encima sin películas pues el dvd estaba estropeado, un verdadero suplicio.

Tras el interminable trayecto y casi recorridos 3000kms en apenas 4 días, llegamos a nuestro destino Punta Arenas, donde nos aprovisionamos para estar una semana “perdidos” en el inmenso Parque Natural, y tomamos el último autobús buscando la aventura que ansiábamos. En cuanto divisamos desde la ventana del “colectivo” unos guanacos (especie de llama patagónica) y a lo lejos los cuernos de las Torres, se dibujo una sonrisa mitad ansiedad mitad alegría, en nuestras bocas. Teníamos un gusanillo dentro, expectantes ante lo que nos encontraríamos ante nuestros pasos.

Entramos en el Parque por la zona de Las Carretas, donde una fresca brisa, un verdor conmovedor, y las cumbres nevadas de los infinitos picos por los que estábamos rodeados nos dieron la bienvenida. Era hora de ponerse a caminar y de ir encarando día tras día una aventura de la mano de la naturaleza, sus cambios climatológicos, sus diversos desniveles. Como ya era tarde, esa noche decidimos tan solo andar un poquito al margen del río y poner la tienda de campaña para poder descansar pues el día siguiente prometía ser agotador y nosotros no veníamos lo que se dice muy descansados tras el infinito trayecto que hasta allí nos había llevado. Llegamos, acompañados de una pareja de australianos, al primer punto de acampada, y allí nos instalamos. Tras charlar comer algo y charlar un rato nos metimos dentro de la tienda y caímos en un profundo y placido sueño, el día 1 había terminado, pero esto no había hecho mas que comenzar.

El día 2 comenzó temprano, pues había que andar aprovechando al máximo las horas de luz y llegar antes de que anocheciera al siguiente campamento en las orillas del lago Grey. Tras desayunar y recoger nuestras pertenencias pusimos rumbo junto a los australianos al siguiente punto. Pronto nos dimos cuenta que no eran los mejores compañeros de viaje, pues a cada rato la mujer se paraba fatigada, o quejándose del calzado que llevaba. De manera medio clandestina nos dimos a la fuga, apresurando la marcha y “despidiéndonos a la francesa”. No los volvimos a ver.
Lo primero que nos encontramos al poco tiempo de estar solos nos dio algo de miedo, quizás mas a mi. En una llanura de repente vimos a un grupo de caballos que estaban allí pastando. La cosa era que había que pasar entre ellos y al no saber que grado “domestico” tendrían hubo un momento de estupor. Como buen caballero cruce yo delante, para enseñarle a mi dama que no había ningún peligro. La verdad es que ella me reconoció después de que estaba menos asustada que yo, pero dejó que me hiciera el héroe. Llegamos al primer campamento, el del lago Pehoé, donde haríamos parada la noche siguiente. Esa segunda noche la pasaríamos a 11km de allí, en el refugio Grey. Había que seguir…

El paisaje seguía siendo verde, algunos arbustos tenían flores rojas que daban un toque de color intenso y las cumbres de las torres estaban presentes y eran como otro compañero de viaje, pues se divisaban desde casi cualquier parte del recorrido. Poco antes de llegar al refugio vimos los primeros glaciares, su color azul intenso, casi eléctrico te cautivan al primer vistazo. El camino apenas transitado te hace fundirte con la naturaleza, aprender a escucharla a respetarla y a disfrutarla. Para animales de ciudad como nosotros fue una experiencia bastante enriquecedora, que aun a día de hoy llevo guardada en el corazón.

Tras cruzar caminos de piedras, riachuelos y numerosos cambios de desnivel llegamos al campamento aun con suficiente tiempo para montar la tienda y cenar un buen plato de pasta. Había que recuperar energía pues el desgaste era grande, y solo estábamos en los albores del conocido popularmente circuito de la W, por la forma de su trazado.

El día 3 lo comenzamos asomándonos a los glaciares que había alrededor del campamento. Las vistas, la quietud, el sentirte tan pequeño contemplando las maravillas de la madre naturaleza te hacen estremecer. Puedes llenarte de paz respirando profundamente, todo es tan puro, tan fresco, tan bello que solo te da positivismo. En esas condiciones solo se puede estar bien, el cansancio desaparece ante la ilusión de empezar a caminar y descubrir nuevos parajes. Las lenguas de hielo que forman los glaciares parece que se van multiplicando luchando por llegar hacia donde esta uno contemplándolas, el azul eléctrico es de los colores mas especulares que nos regala la madre naturaleza. Era un día de relax, pues solo teníamos que desandar lo anteriormente andado, unos 11 kilómetros por un terreno ya conocido, hasta llegar al campamento del lago Pehoé, donde comeríamos, y de allí nos trasladaríamos al campamento italiano. Yo llevaba el chubasquero del Barça, y una vez llegado al campamento del Paine Grande, un chico me pregunto sobre El Clásico que al día siguiente se jugaría en Barcelona. Yo no me había percatado hasta ese momento dado mi mimetismo con el paisaje, y por encontrarme en uno de los lugares mas recónditos del mundo, de tal partido, pero un clásico era un clásico y eso hay que verlo en cualquier parte del mundo, por muy remota que sea. Indagué sobre que lugares tendrían televisión. Allí tenían una, pero en el campamento italiano, que era nuestro destino de esa noche no. Y el partido era al día siguiente. Pregunte la hora a la que sería y comencé a urdir el plan. La locura la iba a hacer, estaba seguro. Arrancamos tras reponer fuerzas hacia el campamento italiano, casi a 8 kilómetros de allí, bordeando el pequeño lago Skottsberg, y a donde llegamos casi de noche. Preparamos la tienda y nos acostamos, el día había sido bastante largo, y nos quedaban las partes mas duras, ya que empezábamos a ascender.

Día 4. El día de nuevo iba a ser largo, sobre todo para mi. Con el pensamiento puesto en el partido estructuré la jornada, no sin generar un pequeño momento de tensión entre mi acompañante y yo, pues ella quería continuar con el recorrido y yo no quería avanzar mas, si no hacer la locura de retroceder hasta donde habíamos estado ayer, único lugar con televisión de todo el Parque Nacional. La discusión entre lo que se quiere hacer y lo que se debe quedo zanjada al cabo de un rato. Por la mañana iríamos al valle francés, a deleitarnos la vista entre el Peine Grande a nuestra izquierda alzándose majestuosamente y a nuestra derecha los cerros Espada, Hoja y Mascara al lado de los cuernos de las Torres. Los estábamos saludando tan cerca, tan lejos aun…

Nos tumbamos a hacer acopio de un poco de pan con salami, recostados en unas piedras, viendo volar cóndores en las alturas. Debajo un río por el que bajaba bastante agua. La verdad es que había una tranquilidad inusitada. Era todo un paraíso.

 

Al cabo de un rato deje ese edén para comenzar mi marathon particular. A Kolja no la importó quedarse allí sola mas tiempo, enfrascada en la lectura de un libro ante tal quietud. Yo, sin embargo,tenia 11 kms de trayecto que hacer y a paso ligero pues mis cálculos indicaban que me quedaban 2 horas para comenzar el partido. Allá que me fui adelantando a un montón de senderistas a los que  pasaba como una exhalación y que se preguntarían si me había pasado algo, si tendría alguna emergencia. La única emergencia era llegar a tiempo. Ya llegando al campamento, pare un momento a meter los pies en agua fría, pues tenía que relajarlos un poco tras semejante tute. Lo gracioso de la cosa es que llegue con dos horas de antelación a que empezara el encuentro. Eso también significaba que acabaría dos horas mas tarde de lo previsto, y que parte del camino de vuelta lo haría a oscuras…por suerte había traído la linterna conmigo. Tras unas cervezas, y disfrutar de la victoria ante el eterno rival (ganó el Barça 2-0), tocaba regresar, y tan rápido o mas si cabe pues la noche se cernía, y no me apetecía hacer mucho trayecto a oscuras y solo. Por suerte, entre la euforia de la victoria, la ayuda de las cervecitas y la idea de que la noche se acercaba por momentos, parecía que me habían salido alas y en poco mas de esas dos horas de nuevo estaba en el campamento italiano, feliz y con mi mujer esperándome acompañada de su libro en el interior de la tienda de campaña. Salimos en la oscuridad de la noche a escuchar el ruido del río que pasaba caudaloso a las afueras del campamento, allí no sentamos a disfrutar de su frescor, su sonido estrepitoso y a coger fuerzas para el día siguiente. Yo tenia una sonrisa de satisfacción que la luz de la luna hacia brillar. Había sido un día genial. Esta es la mayor locura que he hecho por mi equipo de fútbol del alma, pero quien no ha hecho algo así en su vida???

Día 5. Tras el auto-castigo al que me había sometido la jornada anterior me desperté con las piernas algo cansadas, pero sabía que no me podía quejar. Había sido “capricho” mio, y ahora tenía que pagar la cuenta…Sin embargo esa misma mañana Kolja se levantó con dolor de cabeza. Al salir a la luz descubrí el por que. Tenía inflamado un ojo, producto de una picadura de insecto probablemente. Nosotros que no llevábamos ningún tipo de analgésico nos asustamos un poco, ya que estábamos en medio de la nada, y si hubiera sido algo venenoso, hubiéramos tenido un problema. La pobre llevaba el ojo totalmente cerrado. Gracias a su enorme fortaleza emprendimos el camino sin apenas sobresaltos, pues no se encontraba mal, pese a ir viendo a medias…Dimos la espalda a las moles graníticas para proceder a las últimas etapas del viaje. En unas tres horas llegamos al Campamento Los Cuernos, por un sendero que transcurre sobre el lago Nordenskjol. Allí pedimos un analgésico para mitigar el dolor de cabeza de Kolja, y aunque son cosas que no se deben hacer pues los empleados de establecimientos públicos no deben suministrar esas sustancias ya que podrían provocar una alergia en el cliente, nos lo proporcionaron aunque reticentes, para la satisfacción de Kolja, que lo estaba llevando bastante bien. Uno de los empleados nos quitó un poco el acongoje, al decirnos que probablemente la había picado una araña pero que no se tenia que preocupar pues no había ningún insecto venenoso por la zona, al menos conocido…

Seguimos ruta bordeando el lago hacia la hostería Las torres. Otros once kilómetros por zonas pedregosas en su mayoría, pero acompañados siempre por la vista relajante del lago y sus calmas aguas azules que te sumergían en un remanso de paz al contemplarlas. Recuerdo ir bebiendo agua de los ríos, riachuelos y demás fuentes que nos íbamos encontrando por el camino. Un agua riquísima, muy fresca y que hidrataba y revitalizaba el cuerpo, que estaba siendo sometido a un duro test, que supero con bastante nota por cierto. Al llegar a la hostería descansamos unos instantes, tomamos un mate, bebida que en Argentina y Uruguay es una religión y a la que nos acostumbramos aunque eso si, azucarandola correctamente pues su sabor es bien amargo. Tomamos el camino hacía el destino de esa noche. El campamento chileno. Todo el camino o en su mayoría en ascensión. Y de nuevo el aleatorio clima patagónico que en estas latitudes de la Tierra de Fuego es especialmente cambiante.

De estar sudando en el sendero por el que habíamos transitado anteriormente sobre el lago Nordenskjol e ir incluso en algunas partes del tramo sin camiseta, fue girar a la izquierda para tomar dirección al campamento chileno, un frío viento de cara nos recibió.Era fortísimo casi nos impedía andar. Muy molesto, ademas de hacer que nos pusiéramos forros polares y chubasqueros para hacer de cortavientos y aislar nuestros cuerpos de tal frialdad. Tardamos dos horas y media en avistar las primeras construcciones del campamento, pero cuando vimos el primer techo, un grito de jubilo salio de nuestro interior. El final estaba cerca. Ahora había que prepararse para el gran día. El capitulo final estaba a unas horas, y había que estar entero. Nos instalamos, cenamos pasta para recuperar y cerramos los ojos en busca de un sueño. Afortunadamente la inflamación de la cara de Kolja estaba bajando y ella había superado la jornada con nota.

Día 6. La etapa reina, la coronación, la recompensa a todo el camino, el conocer a los actores principales de la película, el mejor escenario, el motor sobre el que gira este micro-mundo, un paraíso en nuestras memorias.

Amaneció el día, bien temprano pues debíamos aprovecharlo al máximo, era el ultimo esfuerzo. Tal y como había terminado el anterior, subiendo, comenzó la nueva jornada. Por suerte pudimos dejar el campamento instalado y hacer la ascensión ligeros, con lo básico, algo de ropa extra y agua y comida para el camino. Recuerdo que todo era cuesta arriba, las fuerzas ya estaban en la reserva, pero el objetivo se podía oler, sobrevolaba el ambiente, como la multitud de cóndores que observamos sobre nuestras cabezas, planeando el cielo azul patagónico. Grandes cantos multiformes estaban esparcidos por el camino. Había que tener extrema precaución no fuera que una torcedura de última hora nos creará un serio imprevisto que nos dejara sin poder concluir esta gran aventura. Era muy costoso subir, y nos ayudamos de unos palos que nos encontramos por el camino, probablemente de otros excursionistas que los habrían dejado allí en solidaridad con los siguientes peregrinos. El día acompañaba, tuvimos la suerte de que apenas nos llovió en todo el camino, apenas alguna fina llovizna en algún tramo del principio de la semana, pero el gran día acompañaba.

Tras casi tres horas de ascensión, por fin llegamos a la base de las torres. Se veían tan majestuosas, impresionantes las moles graníticas que se alzaban imponentes ante los ojos de uno. Algunas nubes blancas lindaban con sus picos, pero no presagiaban lluvia. Allí estábamos por fin cara a cara con los cerros Sur, Central y Norte, viéndolos en su totalidad, tras haber estado viendo sus “cuernos” durante tantos días. Apenas había gente allá arriba, con lo cual pudimos disfrutar de nuestra recompensa y sentirnos privilegiados, casi únicos y saborear nuestra hazaña. En la base de las moles, nos encontramos un pequeño lago, de color verdoso, totalmente inesperado y que hizo el lugar mucho mas mágico. Nos enamoramos de él. Había valido la pena la locura, los kilómetros en autobús, a pie, las noches al abrigo de nuestra tienda y mucha de nuestra ropa por encima para contener el frío de esas latitudes.

Nosotros no eramos expertos montañeros, ni teníamos una gran forma física, la normal de gente de nuestra edad, pero esta aventura cambio nuestra perspectiva de lo que la montaña te ofrece. Fue una experiencia que nos enganchó, y que años después seguimos recordando con emoción y cariño. Espero que algún día podamos volver a saludar a nuestras viejas amigas. Las Torres del Paine han quedado grabadas para siempre en mi retina, y tienen un lugar en mi corazón. Si estas por la zona no lo dudes, ve a conocerlas, te cautivarán.

El retorno hacia Esquel fue menos traumático pues íbamos saboreando el triunfo y la satisfacción de haber logrado un objetivo. Otra buena noticia fue que la ruta 40 estaba abierta, con lo que nos ahorrariamos unas horas, y ademas, esta vez si funcionaba el dvd, el problemas es que estábamos demasiado cansados para ver películas. Era mejor soñar  con nuestra hazaña.

Para ver mas fotografías de aquellos maravillosos días os dejo el enlace a mi cuenta en flickr:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157640991782695/

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Andábamos por las calles de Sucre, cuando un cartel nos llamó la atención. Anunciaba algo que iba a acontecer a los dos días en un pueblo cercano, Tarabuco. Una fiesta, el Pujllay , típica boliviana. Ropas, música, gentes. Algo que prometía ser muy fotogénico. Así que pasados dos días, nos metimos en una furgoneta de línea regular, de esas que abundan en el país del altiplano y allí nos dirigimos.

La verdad es que nada más poner un pie en aquel pueblo, parecía que nos habíamos transportado a otra época, tal vez a otro planeta. Muy pocos turistas y mayoría de locales. Para gentes como nosotros a las que nos gusta huir de lo convencional, no se podía pedir más.

Toda la gente iba ataviada con los trajes autóctonos de la tribu Yámpara. El gorro, o montera que lucen los hombres es muy parecido al casco que llevaban los soldados conquistadores españoles, haciendo un guiño histórico. No en vano esta celebración tiene su origen tras la batalla de Jumbate (1816), cuando pequeñas guerrillas bolivianas vencieron al poderoso ejército español, y cimentaron la futura independencia (1825). Tradicionalmente esta festividad se da para agradecer a la Pachamama (madre tierra) la cosecha pasada y para bendecir la siguiente siembra. Tiene lugar siempre alrededor del 12 de marzo, justo al  finalizar la época de lluvias.

Puestos de comida, chicha, instrumentos de viento, todo un crisol comercial se arremolina entre sus calles. Yo incluso me atreví a degustar un trozo de pollo con patatas en uno de los puestos. No es que pueda decir que fuera el mejor pollo de mi vida, pero tampoco el peor y la compañía de una cerveza “Paceña” ayudó tal ingesta.  La chicha no me atreví a probarla tras conocer como llevan a cabo el antiquísimo proceso de elaboración. Mastican el maíz, le extraen el jugo y luego lo escupen. Al fermentar da lugar a su “cerveza”. Si había que correr riesgos, prefería hacerlo con el pollo.

Los instrumentos de viento, flautas en su mayoría (pinkillos, tarkas y pututus) se adueñan del espacio. Además se acompañan del sonido de las espuelas que llevan los hombres, creando una atmósfera estruendosa un tanto difícil de soportar para el refinado oído occidental. Todo queda compensado ante el desfile infinito de color que invade el pueblo. Las calles empedradas y las antiguas casas coloniales ven los innumerables grupos, que a modo de comparsas carnavalescas, pasan en dirección al epicentro de la celebración, la Pucara.

La Pucara es una torre hecha de madera, que se pone a las afueras del pueblo, en una explanada. En ella se cuelgan como ofrendas alimentos, pan, carne, patatas, maíz,  y bebidas refrescantes. Bajo esta se colocan cantaros de chicha (cerveza hecha de maíz fermentado) que ayudan a los participantes a aliviar el  cansancio producido tras infinitas horas de baile. Las hojas de coca que mascan sin parar y que les provocan grandes bolas en sus carrillos también son para mitigar tales esfuerzos, aunque son bastante más llamativas sus consecuencias, pues algunos llevan tal cantidad dentro de sus bocas que parecen tener el rostro desfigurado.

Tras un día tan intenso y colorido, satisfechos, nos metimos de nuevo en un microbús rumbo a Sucre, conducido por un simpático conductor, con buen gusto fútbolistico por cierto.  Aun estuvimos un par de días recuperando nuestros maltrechos oídos. Lo mejor fue que comprobamos de primera mano que efectivamente la fiesta era única, algo mágica y muy fotogénica.

Espero que os gusten algunas de las fotografías aquí expuestas.

 

En San Luis Potosí con el cerro Rico a mis espaldas.

La verdad es que eso de irse a una mina no era lo que tenía como concepto de pasarlo bien cuando uno está de viaje, pero era una inquietud que si tenía de siempre. El conocer de primera mano la dureza que tiene esta antiquísima profesión. Tras valorar los riesgos que podría correr y dejarlos a un lado pues la curiosidad era mayor que la prudencia, me inscribí en una agencia que hacia visitas guiadas a las minas. Estaba decidido, a la mañana siguiente me metería en las entrañas del Cerro Rico, que ya impactaba a esas horas viéndolo reinar  sigiloso sobre la ciudad de Potosí.

Nuestro guía mostrándonos la dinamita.

Antes de entrar a la mina, con una de las ofrendas para “El Tio”. Una bolsa de hojas de coca.

Mineros empujando un vagón cargado de minerales recién extraídos.

Agotadoras jornadas repletas de grandes esfuerzos físicos sufridas por los mineros.

 

 

 

 

 

 

 

Tras proporcionarnos todo el equipamiento necesario para la visita, mono, casco, lámpara, botas, nos encaminamos a un pequeño comercio donde pudimos hacer las compras antes de ir a la mina. Esto debe ser un ritual. En el pequeño establecimiento “nos recomendaron” llevar ofrendas y regalos tanto para el santo protector de la mina, “El Tío”,  un personaje fálico-demoníaco,así como para los propios mineros. Estas ofrendas iban desde bebidas gaseosas, cigarrillos y alguna cosa de comer, hasta alcohol etílico, que beben los mineros, y hojas de coca, que ayudan a combatir el mal de altura, el hambre y la sed, y que los trabajadores mascan en cantidades ingentes.

Posando junto al "Tio" tras la ofrenda. Todo un ritual...

Posando junto al “Tio” tras la ofrenda. Todo un ritual…

Además, cabía la posibilidad de adquirir dinamita, para que nos hicieran una demostración de cómo sonaban las detonaciones en su interior. Por supuesto que adquirimos de todo un poco, no se fuera a enfadar “El Tío” y nos dirigimos al cerro.  En la época colonial era una de las principales vetas de plata mundiales, en la actualidad  se dedican a la extracción de estaño, y plata, aunque de esta última se obtienen más desechos de esta última, o minerales de baja ley.

Dos de los “mas que jóvenes” mineros en acción.

Al llegar allí, pudimos empezar a comprobar que eso no era un juego. Allí estaban trabajando jóvenes mineros, algunos probablemente menores de 15 años, miradas perdidas, y mandíbulas abultadas por bolas de hoja de coca que mastican de manera contante. Compartirla también es un hecho arraigado en la sociedad y sinónimo de amistad y generosidad.

La causa por la que hay “niños” trabajando en la mina es simple, primero, hay que llevar sueldos a casa y estudiando no los generan, en la mina sí. Y hay familias con muy pocos recursos. Segundo, la mina, es la principal industria de la zona, y la que más puestos de trabajo da a la población de Potosí y alrededores. Muchos de los mineros, lo son por generaciones, pasando de padres a hijos el oficio.

Tras 3 horas dentro de una mina salir al exterior, ver luz natural y poder respirar aire puro se convierte en una bella sensación. Las condiciones allá abajo son muy duras. Humedad, polvo, gases, peligro de desprendimientos, todo un mundo de contras a los que se aferran estas personas para seguir subsistiendo y tener un futuro mejor. La verdad es que entristece el ver algunas cosas a veces, pero también es bueno para uno tener una perspectiva global a la realidad. El mundo desde tiempos inmemoriales ha estado muy mal repartido.

Espero que con estas fotos os haya acercado más a un lugar algo alejado del resto del mundo.

Entrada a la mina.

Con dos de los “mascadores” mineros.

Colaborando en la jornada junto con otros “voluntarios”.