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Habíamos decidido el tomar el autobús en vez del tren para cruzar la frontera entre Rusia y Mongolia, pues el precio para este último era desorbitado y dado lo limitado de las plazas estas se agotan rápidamente.

Con Vladimir y Lenin, o su cabeza...

Con Vladimir y Lenin, o su cabeza…

Contactamos a través de Couchsurfing con Vladimir, un chico de Ulan-Ude, que nos cobijó, no en su casa si no en un “proyecto” de hostel que estaba ultimando. En lo alto de un edificio de la era comunista desde el que se divisaba toda la ciudad se encontraba Nomad Hostel (Oktyabrskaya 21-33). Su puesta en escena es básica y funcional, con unas grandes y cómodas literas donde poder descansar antes de emprender el viaje fronterizo. Vladimir, un ferviente defensor de la comunidad buryati de la que Ulan-Ude es la capital, nos hizo de Cicerone y nos paseó por el centro de la ciudad que, como no, también tiene su escultura de Lenin. La particularidad de la misma es que se trata tan sólo de la cabeza del líder bolchevique, con una altura de casi ocho metros y un peso de 42 toneladas. Digno de ver. A su vez, nos introdujo en un mundo nuevo. A parte de la fisonomía de las personas que comenzaban a ser mas “asiáticas”, nos descubrió el primer templo budista que visitamos en nuestro viaje.

Bastante nuevo, y no muy sobrecargado de imágenes o estatuas de buda, pero nos ayudo a comprender que nos adentrábamos en algo desconocido hasta entonces por nosotros. Tras esta breve introducción al budismo, nos llevó a comer a un restaurante típico buryati, donde nos dejamos aconsejar y comimos una especie de bola grande de pasta, rellena de carne picada y cebolla, que acumula el caldo de la grasa de la carne en su interior cuando esta se deshace al cocerlo, y que se come con las manos “sorbiendo” el liquido antes de que se te derrame y te deje bien bonito. Se llaman buuz y se iban a convertir desde aquel día en el elemento angular de nuestra dieta durante las siguientes cuatro semanas.

Teen Russian Skaters

Teen Russian Skaters

Recorrimos las calles del centro,esta vez solos pues Vladimir tenía que hacer unas gestiones relacionadas con su proyecto. Vimos el edificio de la opera, y nos entretuvimos frente a él viendo como unos chavales practicaban sus trucos con el skate. Preguntamos sobre los horarios de los autobuses a Ulaan-Baatar, la capital de Mongolia, nuestro destino a la mañana siguiente, para dejar todo apañado.A las 7 de la mañana salia, habría que madrugar. Caminamos de regreso al Nomad tras tomar unos cafés para entrar en calor, pues el frío se comenzaba a sentir.

 

La jornada había comenzado de manera un tanto convulsa. Tal y como nos habían aconsejado el día anterior, acudimos a las siete de la mañana, sin billete, a la parada del autobús que nos conduciría a tierras mongolas. Según nos habían comentado, no haría falta. Al llegar allí a las siete menos diez, muy puntuales para nuestra costumbre, nos encontramos ya con bastante gente esperando al convoy. Nuestra sorpresa inicial, se fue tornando poco a poco en pánico, a medida que se iba llenando el autobús, y quedando menos plazas en él. Nuestra visa expiraba ese mismo día y no queríamos tener problemas con las autoridades rusas. Nosotros insistíamos al conductor y a su ayudante en que teníamos que coger el bus, pero estos nos ignoraban bastante, pues o no entendían o no querían entendernos. Una familia nos intentó ayudar, preguntándole de nuevo al conductor, pero este no parecía por la labor de dejarnos viajar. Una vez todos los pasajeros que tenían billete (algunos sospecho que también sin él) estaban sentados en sus plazas, permanecíamos abajo siete viajeros, tres chicos finlandeses, otras dos chicas también finesas y nosotros. En el bus, solo quedaban tres asientos libres que el ávido conductor tuvo a bien adjudicar por razones logísticas a los tres finlandeses. La regla no escrita de caballerosidad de siempre dejar a las “damas primero” debe ser que no cruzo nunca el telón de acero. Kolja, medio impotente se fue a suplicar a los chicos que nos dejaran viajar a nosotros pues nuestras visas caducaban en unas horas. Dos de ellos se lo pensaron pero otro no lo vio tan claro y se fueron directos al interior a ocupar sus “solicitadas” plazas. De repente, cuando estábamos ya contemplando alternativas de viaje con las otras dos chicas finlandesas (coger un minibús a la frontera, y una vez allí hacer auto-stop y que alguien te recogiera y cruzara la frontera, pues a pie no se podía hacer. Tal vez incluso podrías tener la suerte de que te llevara en dirección a la capital de Mongolia, lo cual me empezaba a hacer sentir un gusanillo en el estómago) un señor perteneciente a la familia que nos había tratado de ayudar anteriormente, le comentó algo al conductor del bus, y este, con cara de enfado nos indicó que subiéramos. La solución que nos presentaron era una silla supletoria para Kolja al final del pasillo y para mí, ocupar en la parte delantera el asiento del ayudante. Yo, que andaba algo “mosqueado” por todo el trato dispensado, y pensando en la posible experiencia de ir por otros medios hasta la frontera estuve a punto de mandarlos a paseo, pero Kolja ya estaba subida y las finlandesas me miraron como diciendo ” si no lo hacéis vosotros lo hacemos nosotras” así que con un cruce de miradas y un adiós precipitado, las perdimos de vista conforme la puerta se cerró con nosotros acomodándonos como podíamos en nuestras improvisadas posiciones. Pese a todo teníamos la suerte de cara e íbamos a poder abandonar Rusia a tiempo, eludiendo cualquier problema burocrático. Al ratito de estar ya en marcha y haber pagado el billete (1300 rublos, unos 30 euros) el ayudante del conductor me dijo que era mejor que me fuera atrás y me sentara en el pasillo, sobre mi mochila. Yo mitad perplejo mitad resignado a nuestra suerte me fui para la parte trasera sin reclamar nada, no fuera a ser que nuestro amigable conductor nos dejara en la cuneta. Catorce horas de viaje en las que no sé cuantos episodios de “Breaking Bad” me vi, y probar incontables posiciones hasta lograr una en la que permanecer cómodo por algunos minutos fueron mis pasatiempos. Dormir era un lujo que no estaba a mi alcance.

En la frontera nos tuvieron casi tres horas. Cuando llegamos las chicas finlandesas estaban ya allí esperando a que alguien las subiera al coche para cruzar el puesto fronterizo. Confieso que sentí algo de envidia ante su aventura, aunque la nuestra tampoco estaba siendo para menos. Nos evaluaron los pasaportes en innumerables ocasiones. Aparte, el tiempo de demora es directamente proporcional al equipaje transportado por los pasajeros. Algunos llevan hasta cuatro o cinco bultos. El trasiego de mercancías hace que los agentes de aduanas tengan que estar bien atentos a la hora de controlar la entrada y salida de objetos, aunque yo no noté que fueran demasiado estrictos. Una vez completados los rutinarios controles de visados, escaneadas nuestras pertenencias y comprobado que todo estaba en regla en ambos lados, nos subimos de nuevo al bus a ocupar nuestros “privilegiados” lugares. No nos habíamos ni medio instalado cuando de repente un jaleo de voces nos sorprendió. Al otro extremo del autobús una manada de vociferantes personas que portaban un buen puñado de billetes entre sus manos, ávidas de cambiar rublos por tugrik, la moneda mongola.

"Agentes fronterizos de divisas"

“Agentes fronterizos de divisas”

Aquello parecía un mercado persa. En cinco minutos unas siete u ocho personas acosaron al pasaje con sus prominentes tacos de billetes y sus mareantes voces. Ante semejante avalancha que se me vino encima, no quedó más remedio que levantarme de mi mochila, colocar esta como pude a un lado, dejarles paso, pues alguno ya me había pasado por encima, y asistir expectante al cambio de divisas. Lo más absurdo de todo, fue que cinco minutos después paramos en un restaurante de carretera, los intercambiadores se bajaron y allí había otro grupo más esperando, por si aún había alguien que no había hecho el trueque monetario. Algo absurdo fue aquello, preludio de lo que nos iríamos encontrando a lo largo de nuestro viaje por este curioso y legendario país.

Aturdidos por el estrambótico trayecto llegamos a UlaanbataarUna mujer que estaba a mi lado me espeto “Eres un heroe” mientras me ponía en pie y estiraba mi esmirriado cuerpo. Yo la conteste “yo no soy un heroe, mi novia si es una heroina. Yo soy un guerrero” con una sonrisa de satisfacción al sabernos “supervivientes”.

Desorientados, pues no sabíamos en que estación nos habían dejado, ni a que distancia nos encontrábamos del hostel donde íbamos a pernoctar los días siguientes, tuvimos que recurrir a un taxista para que nos orientara. Este, nos ofreció sus servicios por la “módica” cantidad de diez mil tugrik (unos cinco euros) que después de negociar quedó en la mitad. Yo intuía que no estábamos muy lejos del hostel. Tal vez tres o cuatro kilómetros si nuestro mapa de la Lonely Planet y nuestros cálculos no fallaban mucho…

Una vez montados en un lujoso todo terreno último modelo y tras recorrer siendo generosos un kilómetro por el farragoso tráfico de la capital mongola llegamos perplejos a la puerta de nuestro hostel. Mitad indignados mitad felices de poder llegar a destino, aceptamos a regañadientes la estafa y lo apuntamos como lección. Una vez instalados en el Idre´s Guesthouse otro contratiempo nos esperaba. Había overbooking y no teníamos cama. La dueña amablemente nos ofreció dos posibilidades. Ir a otro hotel del que no había buenas referencias o quedarnos, sin pagar en los sofás de la sala de estar.

Vista nocturna de UB desde el Blue  Sky Bar

Vista nocturna de UB desde el Blue
Sky Bar

Reunión con la "Guardia Suiza"

Reunión con la “Guardia Suiza”

Debido a que teníamos una cita con nuestros amigos suizos del UnoJonas, Ivo y Franz decidimos la opción sofá. Soltamos los lastres y nos fuimos a cenar. Tras degustar unos reponedores platos de pasta, emprendimos camino al lugar de nuestra cita con la “guardia suiza”. El Blue Sky Towerun rascacielos que preside la ciudad y que en su planta veintitrés cuenta con un acogedor bar y música en directo, aparte de unas vistas espectaculares de la ciudad.

Ulaanbataar es una ciudad caótica, polvorienta y con una contaminación más que preocupante. Hordas de vehículos atascan sus arterias un día tras otro. Ni siquiera la medida disuasoria de prohibir la circulación de dos terminaciones de matrículas al día (Ejemplo : lunes las terminadas en 1 y 6, martes 2 y 7, miércoles 3 y 8, jueves 4 y 9 y viernes 5 y 0) se nota. El colapso es constante, el transporte público pese a ser bastante regular se ve atrapado dentro de este caos. En las horas punta apenas se mueve. La mejor manera de moverse es a pie, aunque andar respirando tanta toxina no es que sea lo más recomendable para la salud de uno. El 60% de la población de Mongolia se amontona en su capital, saturando poco a poco sus calles. Gentes llegadas de todas partes del país, bien porque buscan un progreso al amparo del auge consumista, o bien por culpa de un invierno infernal que les ha arrebatado todo empujándolos al abismo donde la metrópoli se aparece como tabla de salvación, hacinándose en las afueras de la capital cada vez en más número creando ghetos. Contrariamente a esto, también poco a poco los grandes rascacielos que dominan el “skyline” de la ciudad van llenando sus entrañas de trabajadores al servicio de las compañías en su mayoría energéticas o relacionadas con los minerales, que tienen sus oficinas en ellos. Innumerables Hummer, coches japoneses de última generación, cruzar cualquier calle puede ser un desafío. No se puede, ni se debe confiar en los semáforos, ni en las indicaciones de los agentes de tráfico, pues ni ellos mismo son respetados. Los mongoles conducen sus automóviles como si aún estuvieran haciéndolo sobre sus caballos. Bienvenidos a Mongolia !!!