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Habíamos decidido el tomar el autobús en vez del tren para cruzar la frontera entre Rusia y Mongolia, pues el precio para este último era desorbitado y dado lo limitado de las plazas estas se agotan rápidamente.

Con Vladimir y Lenin, o su cabeza...

Con Vladimir y Lenin, o su cabeza…

Contactamos a través de Couchsurfing con Vladimir, un chico de Ulan-Ude, que nos cobijó, no en su casa si no en un “proyecto” de hostel que estaba ultimando. En lo alto de un edificio de la era comunista desde el que se divisaba toda la ciudad se encontraba Nomad Hostel (Oktyabrskaya 21-33). Su puesta en escena es básica y funcional, con unas grandes y cómodas literas donde poder descansar antes de emprender el viaje fronterizo. Vladimir, un ferviente defensor de la comunidad buryati de la que Ulan-Ude es la capital, nos hizo de Cicerone y nos paseó por el centro de la ciudad que, como no, también tiene su escultura de Lenin. La particularidad de la misma es que se trata tan sólo de la cabeza del líder bolchevique, con una altura de casi ocho metros y un peso de 42 toneladas. Digno de ver. A su vez, nos introdujo en un mundo nuevo. A parte de la fisonomía de las personas que comenzaban a ser mas “asiáticas”, nos descubrió el primer templo budista que visitamos en nuestro viaje.

Bastante nuevo, y no muy sobrecargado de imágenes o estatuas de buda, pero nos ayudo a comprender que nos adentrábamos en algo desconocido hasta entonces por nosotros. Tras esta breve introducción al budismo, nos llevó a comer a un restaurante típico buryati, donde nos dejamos aconsejar y comimos una especie de bola grande de pasta, rellena de carne picada y cebolla, que acumula el caldo de la grasa de la carne en su interior cuando esta se deshace al cocerlo, y que se come con las manos “sorbiendo” el liquido antes de que se te derrame y te deje bien bonito. Se llaman buuz y se iban a convertir desde aquel día en el elemento angular de nuestra dieta durante las siguientes cuatro semanas.

Teen Russian Skaters

Teen Russian Skaters

Recorrimos las calles del centro,esta vez solos pues Vladimir tenía que hacer unas gestiones relacionadas con su proyecto. Vimos el edificio de la opera, y nos entretuvimos frente a él viendo como unos chavales practicaban sus trucos con el skate. Preguntamos sobre los horarios de los autobuses a Ulaan-Baatar, la capital de Mongolia, nuestro destino a la mañana siguiente, para dejar todo apañado.A las 7 de la mañana salia, habría que madrugar. Caminamos de regreso al Nomad tras tomar unos cafés para entrar en calor, pues el frío se comenzaba a sentir.

 

La jornada había comenzado de manera un tanto convulsa. Tal y como nos habían aconsejado el día anterior, acudimos a las siete de la mañana, sin billete, a la parada del autobús que nos conduciría a tierras mongolas. Según nos habían comentado, no haría falta. Al llegar allí a las siete menos diez, muy puntuales para nuestra costumbre, nos encontramos ya con bastante gente esperando al convoy. Nuestra sorpresa inicial, se fue tornando poco a poco en pánico, a medida que se iba llenando el autobús, y quedando menos plazas en él. Nuestra visa expiraba ese mismo día y no queríamos tener problemas con las autoridades rusas. Nosotros insistíamos al conductor y a su ayudante en que teníamos que coger el bus, pero estos nos ignoraban bastante, pues o no entendían o no querían entendernos. Una familia nos intentó ayudar, preguntándole de nuevo al conductor, pero este no parecía por la labor de dejarnos viajar. Una vez todos los pasajeros que tenían billete (algunos sospecho que también sin él) estaban sentados en sus plazas, permanecíamos abajo siete viajeros, tres chicos finlandeses, otras dos chicas también finesas y nosotros. En el bus, solo quedaban tres asientos libres que el ávido conductor tuvo a bien adjudicar por razones logísticas a los tres finlandeses. La regla no escrita de caballerosidad de siempre dejar a las “damas primero” debe ser que no cruzo nunca el telón de acero. Kolja, medio impotente se fue a suplicar a los chicos que nos dejaran viajar a nosotros pues nuestras visas caducaban en unas horas. Dos de ellos se lo pensaron pero otro no lo vio tan claro y se fueron directos al interior a ocupar sus “solicitadas” plazas. De repente, cuando estábamos ya contemplando alternativas de viaje con las otras dos chicas finlandesas (coger un minibús a la frontera, y una vez allí hacer auto-stop y que alguien te recogiera y cruzara la frontera, pues a pie no se podía hacer. Tal vez incluso podrías tener la suerte de que te llevara en dirección a la capital de Mongolia, lo cual me empezaba a hacer sentir un gusanillo en el estómago) un señor perteneciente a la familia que nos había tratado de ayudar anteriormente, le comentó algo al conductor del bus, y este, con cara de enfado nos indicó que subiéramos. La solución que nos presentaron era una silla supletoria para Kolja al final del pasillo y para mí, ocupar en la parte delantera el asiento del ayudante. Yo, que andaba algo “mosqueado” por todo el trato dispensado, y pensando en la posible experiencia de ir por otros medios hasta la frontera estuve a punto de mandarlos a paseo, pero Kolja ya estaba subida y las finlandesas me miraron como diciendo ” si no lo hacéis vosotros lo hacemos nosotras” así que con un cruce de miradas y un adiós precipitado, las perdimos de vista conforme la puerta se cerró con nosotros acomodándonos como podíamos en nuestras improvisadas posiciones. Pese a todo teníamos la suerte de cara e íbamos a poder abandonar Rusia a tiempo, eludiendo cualquier problema burocrático. Al ratito de estar ya en marcha y haber pagado el billete (1300 rublos, unos 30 euros) el ayudante del conductor me dijo que era mejor que me fuera atrás y me sentara en el pasillo, sobre mi mochila. Yo mitad perplejo mitad resignado a nuestra suerte me fui para la parte trasera sin reclamar nada, no fuera a ser que nuestro amigable conductor nos dejara en la cuneta. Catorce horas de viaje en las que no sé cuantos episodios de “Breaking Bad” me vi, y probar incontables posiciones hasta lograr una en la que permanecer cómodo por algunos minutos fueron mis pasatiempos. Dormir era un lujo que no estaba a mi alcance.

En la frontera nos tuvieron casi tres horas. Cuando llegamos las chicas finlandesas estaban ya allí esperando a que alguien las subiera al coche para cruzar el puesto fronterizo. Confieso que sentí algo de envidia ante su aventura, aunque la nuestra tampoco estaba siendo para menos. Nos evaluaron los pasaportes en innumerables ocasiones. Aparte, el tiempo de demora es directamente proporcional al equipaje transportado por los pasajeros. Algunos llevan hasta cuatro o cinco bultos. El trasiego de mercancías hace que los agentes de aduanas tengan que estar bien atentos a la hora de controlar la entrada y salida de objetos, aunque yo no noté que fueran demasiado estrictos. Una vez completados los rutinarios controles de visados, escaneadas nuestras pertenencias y comprobado que todo estaba en regla en ambos lados, nos subimos de nuevo al bus a ocupar nuestros “privilegiados” lugares. No nos habíamos ni medio instalado cuando de repente un jaleo de voces nos sorprendió. Al otro extremo del autobús una manada de vociferantes personas que portaban un buen puñado de billetes entre sus manos, ávidas de cambiar rublos por tugrik, la moneda mongola.

"Agentes fronterizos de divisas"

“Agentes fronterizos de divisas”

Aquello parecía un mercado persa. En cinco minutos unas siete u ocho personas acosaron al pasaje con sus prominentes tacos de billetes y sus mareantes voces. Ante semejante avalancha que se me vino encima, no quedó más remedio que levantarme de mi mochila, colocar esta como pude a un lado, dejarles paso, pues alguno ya me había pasado por encima, y asistir expectante al cambio de divisas. Lo más absurdo de todo, fue que cinco minutos después paramos en un restaurante de carretera, los intercambiadores se bajaron y allí había otro grupo más esperando, por si aún había alguien que no había hecho el trueque monetario. Algo absurdo fue aquello, preludio de lo que nos iríamos encontrando a lo largo de nuestro viaje por este curioso y legendario país.

Aturdidos por el estrambótico trayecto llegamos a UlaanbataarUna mujer que estaba a mi lado me espeto “Eres un heroe” mientras me ponía en pie y estiraba mi esmirriado cuerpo. Yo la conteste “yo no soy un heroe, mi novia si es una heroina. Yo soy un guerrero” con una sonrisa de satisfacción al sabernos “supervivientes”.

Desorientados, pues no sabíamos en que estación nos habían dejado, ni a que distancia nos encontrábamos del hostel donde íbamos a pernoctar los días siguientes, tuvimos que recurrir a un taxista para que nos orientara. Este, nos ofreció sus servicios por la “módica” cantidad de diez mil tugrik (unos cinco euros) que después de negociar quedó en la mitad. Yo intuía que no estábamos muy lejos del hostel. Tal vez tres o cuatro kilómetros si nuestro mapa de la Lonely Planet y nuestros cálculos no fallaban mucho…

Una vez montados en un lujoso todo terreno último modelo y tras recorrer siendo generosos un kilómetro por el farragoso tráfico de la capital mongola llegamos perplejos a la puerta de nuestro hostel. Mitad indignados mitad felices de poder llegar a destino, aceptamos a regañadientes la estafa y lo apuntamos como lección. Una vez instalados en el Idre´s Guesthouse otro contratiempo nos esperaba. Había overbooking y no teníamos cama. La dueña amablemente nos ofreció dos posibilidades. Ir a otro hotel del que no había buenas referencias o quedarnos, sin pagar en los sofás de la sala de estar.

Vista nocturna de UB desde el Blue  Sky Bar

Vista nocturna de UB desde el Blue
Sky Bar

Reunión con la "Guardia Suiza"

Reunión con la “Guardia Suiza”

Debido a que teníamos una cita con nuestros amigos suizos del UnoJonas, Ivo y Franz decidimos la opción sofá. Soltamos los lastres y nos fuimos a cenar. Tras degustar unos reponedores platos de pasta, emprendimos camino al lugar de nuestra cita con la “guardia suiza”. El Blue Sky Towerun rascacielos que preside la ciudad y que en su planta veintitrés cuenta con un acogedor bar y música en directo, aparte de unas vistas espectaculares de la ciudad.

Ulaanbataar es una ciudad caótica, polvorienta y con una contaminación más que preocupante. Hordas de vehículos atascan sus arterias un día tras otro. Ni siquiera la medida disuasoria de prohibir la circulación de dos terminaciones de matrículas al día (Ejemplo : lunes las terminadas en 1 y 6, martes 2 y 7, miércoles 3 y 8, jueves 4 y 9 y viernes 5 y 0) se nota. El colapso es constante, el transporte público pese a ser bastante regular se ve atrapado dentro de este caos. En las horas punta apenas se mueve. La mejor manera de moverse es a pie, aunque andar respirando tanta toxina no es que sea lo más recomendable para la salud de uno. El 60% de la población de Mongolia se amontona en su capital, saturando poco a poco sus calles. Gentes llegadas de todas partes del país, bien porque buscan un progreso al amparo del auge consumista, o bien por culpa de un invierno infernal que les ha arrebatado todo empujándolos al abismo donde la metrópoli se aparece como tabla de salvación, hacinándose en las afueras de la capital cada vez en más número creando ghetos. Contrariamente a esto, también poco a poco los grandes rascacielos que dominan el “skyline” de la ciudad van llenando sus entrañas de trabajadores al servicio de las compañías en su mayoría energéticas o relacionadas con los minerales, que tienen sus oficinas en ellos. Innumerables Hummer, coches japoneses de última generación, cruzar cualquier calle puede ser un desafío. No se puede, ni se debe confiar en los semáforos, ni en las indicaciones de los agentes de tráfico, pues ni ellos mismo son respetados. Los mongoles conducen sus automóviles como si aún estuvieran haciéndolo sobre sus caballos. Bienvenidos a Mongolia !!!

Decidimos dedicarnos a la parte cultural y fuimos a la zona de la fortaleza de Pedro y Pablo, a donde llegamos previo paseo por la ribera del Neva. Anclado por la zona se encuentra el barco Aurora famoso por disparar el cañonazo que dio inicio a la Revolución Rusa, según cuenta la leyenda. La fortaleza edificada en 1703 para dar protección a la ciudad ante eventuales ataques por parte de los suecos, tiene en su interior enterrados a casi todos los zares, y en tiempos de la Revolución fue cárcel donde estuvieron “hospedados” entre otros Tsarevich Alexei Petrovich, Leon Trotsky y Josip Broz Tito.

Lo que mas nos impresionó fue la larga aguja que corona la catedral. Estirada, apuntando al cielo, parece que casi lo llega a alcanzar. Las fachadas en tonos  crema y ocre, y sus cúpulas doradas le otorgan un aspecto majestuoso a la antigua ciudadela. Como el día acompañaba decidimos recorrer solo los exteriores y no meternos en ningún museo, pues teníamos otros destinos señalados en nuestra ociosa agenda.

Al salir del recinto amurallado, observamos un montón de gente disfrutar del maravilloso día y darse unos buenos baños solares, incluso vimos algún intrépido zambullirse en las gélidas aguas del Neva. Aprovechando la ocasión y por que nunca se sabe cuando uno va a poder volver a tostarse el cuerpo al amparo del sol, decidimos mimetizarnos entre la muchedumbre y sentir como si fuéramos de allí. Aprovechando que había una hamburguesería cercana, compramos unos tentempié e hicimos un break en una playíta a los pies del recinto fortificado. Cargamos las pilas un poco y en cuanto se aproximaron unas grandes nubes que taparon el astro rey decidimos dar por concluido nuestro asueto, y dirigirnos al Museo de Historia Política.

Una vez allí pudimos hacer un rápido e intenso recorrido por la historia mas reciente de Rusia, desde los últimos coletazos del periodo imperial, pasando por la Revolución, la II Guerra Mundial, la posguerra y el Stalinismo, el periodo comunista, la guerra fría, el telón de acero, la perestroika y su aperturismo reciente. Grandes carteles de propaganda comunista, banderas revolucionarias, infinidad de fotos históricas, documentos, cuadros, y explicado en ingles buena parte del recorrido. Muy recomendable para tener una visión global de todos los acontecimientos desarrollados en territorio ruso en los últimos 120 años. En este lugar de Marzo a Junio de 1917 se encontraban los Comité Central y el de Petrogrado del Partido Ruso Socialista Democrático de los Obreros (RSDRP) y la organización militar de los bolcheviques.

Dentro unos de los sitios que mas impresiona, es el despacho de Lenin, donde se respira un aire inquietante. Muchas de las decisiones durante la Revolución rusa se tomaron desde allí , y desde su balcón emitía sus enfervorizados discursos que alentaban a las masas y que aun resuenan por sus opulentas calles.

Dentro del museo, nos ocurrió algo bonito. Un señor nos llamó y nos dijo que nos acercáramos aun momento a donde él se encontraba, frente a una recreación de una cocina del periodo soviético. El hombre, casi con lagrimas en los ojos, veía su juventud, sus recuerdos, su familia y las otras dos con las que compartían piso, allí sentados, pelando patatas, conversaciones infinitas, ropas tendidas para que se secaran. Tiempos duros pero bonitas memorias de la infancia, que fue emotivo compartir, y que demuestra que incluso los “fríos” rusos tienen sentimientos también …

Al salir del museo nos encontramos de nuevo con el señor, y le volvimos a dar las gracias por compartir semejante momento con nosotros. Se aproximaba el atardecer y me había comprometido con mis hospedadores de Couch Surfing en hacer una tortilla de patatas, para celebrar el cumpleaños de Evgeny y nuestra última noche en su casa. Siempre que puedo me gusta hacer probar mis dotes culinarias a la gente que nos cobija. Como era de prever la tortilla se la devoraron y ademas la acompañamos del último paquete de jamón serrano que nos habíamos traído. ¿Cuanto tiempo pasará para volver a degustar otra loncha del ilustre embutido?

IMG_4263La última jornada había que optimizarla. Nos quedaban muchas cosas por ver aún. Lo primero fue pasear por el castillo Mikhailovsky y su parque colindante. De allí a lo que era uno de los dos puntos fuertes de la jornada, la Catedral de la Sangre Derramada, donde llegamos caminando por el ambientado canal de Griboyédoba . La Catedral fue erigida en el mismo lugar donde atentaron contra la vida del zar Alejandro II y edificada con fondos de la familia imperial así como infinidad de donaciones privadas. Su interior nos dejó atónitos. Yo, personalmente no he visto tanta belleza en ningún interior de los innumerables templos religiosos que he visitado hasta la fecha. No recuerdo si quiera que el Vaticano me impresionara tanto…

Todas las paredes están decoradas con infinitos mosaicos, que hacen referencias al Cristo Pantocrator, las Sagradas Escrituras, mártires, apóstoles, y por supuesto iconografía local. Como curiosidad contaros que durante el periodo comunista fue usada como almacén, y numerosas de sus obras fueron expoliadas. Las tareas de reconstrucción he de decir que han sido bastante exitosas y para que lo comprobéis vosotros mismos os dejo unas imágenes de su interior.

Como cada primer jueves de mes, la entrada al Hermitage es gratuita, y allí nos dirigimos aunque antes paramos en un restaurante italiano de la cadena Mama Roma pues andábamos bastante hambrientos, y no es bueno hacer una visita a un Museo con el estómago vacío, pues no te deja concentrarte y ver las obras de arte con la calma que uno las debe contemplar. Unos platos de pasta, acompañado por un excelente servicio he de reconocer, y pusimos rumbo a la plaza, de nuevo desembocando por el arco de triunfo. No teníamos demasiado tiempo pues entramos sobre las 16.00h y el museo cerraba a las 18.00h, así que decidimos concentrarnos exclusivamente en el área que forma parte del antiguo palacio de invierno, y observarlo como tal, es decir, fijarnos mas en el continente que en el contenido.

Sus grandes salones, la decoración, luminosidad y suntuosidad de alguna de sus salas hacen que unos se pueda retrotraer a los tiempos en los que se albergaban fiestas, vals, reuniones etc, y usando el poder de la imaginación, con la ayuda de algún cuadro e imaginar aquellos tiempos en el que las altas esferas de la sociedad rusa se daban cita ante tales eventos. Multitud de salas, decoradas con los mayores lujos y gustos de la época, aderezados por una de las colecciones de arte mas importantes del mundo, es parada obligada en esta ciudad.

Ya sabes que si estas en ella el primer jueves de cada mes, no tendrás que pagar entrada. Yo tuve que pagar los 200 rublos que te exigen para poder hacer fotos. A cambio me dieron una pegatina con un “smily” queme pegue en la camiseta. Al poco se me despegó, y ningún vigilante de los cientos que hay repartidos por el museo me pidió el recibo a la hora de hacer fotos, así que entiendo que se podría prescindir de ella, aunque dado que no habíamos pagado entrada, tampoco iba a correr riesgos innecesarios, y menos con los rusos…

A las 18.00 empiezan a hacerte un “mobbing” y te van expulsando de las salas, a grito limpio. En una de las salas me agaché para tomar una última foto, y al levantarme tenia como diez personas detrás. Con una sonrisa a medias me miraron, les devolví la sonrisa y metí la directa para abandonar el museo. Con paso ligero salimos mientras se seguían escuchando detrás nuestro gritos de invitación a dejar el recinto. Una vez en el jardín pensábamos que nos encontrábamos a salvo, así que nos sentamos. Tomábamos unas fotos, cuando de repente unos bramidos surgieron de las puertas del museo, y tuvimos que buscar otro lugar de descanso. Nos sentamos un rato en el suelo de la plaza, a contemplar la fachada palaciega, patinadores haciendo frivolidades, turistas sacándose fotos y pintores de caricaturas se dispersaban a nuestro alrededor.

Comenzamos la ronda de despedidas, fuimos a la estatua ecuestre de Pedro el Grande, pasamos por la Catedral de Nuestra Señora de Kazan, y de allí a nuestro lugar favorito, a ver el atardecer sobre el canal con la Catedral de la Sangre Derramada de fondo. No mal lugar para rendir pleitesía a esta ciudad que ha visto desarrollarse tantas cosas en su breve pero intensa historia.

El periplo urbano tocaba a su fin, volvíamos a Moscú y de allí a la aventura férrea. El transiberiano aguardaba en unos días, y teníamos ganas de dejar atrás el occidente, y comenzar a insertarnos poco a poco en el lejano y exótico este del planeta.

Para daros una vuelta por el Museo de Historia Política:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641215906875/

Para ver el Hermitage a través de mi objetivo:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641365104114/

Nuestra llegada a la estación fue con más antelación que de costumbre. No queríamos correr ningún riesgo. Era el primer tren nocturno que cogíamos, así que era mejor ir relajados. Pero pronto empezaron a asaltarnos las dudas. Nuestro tren no estaba anunciado en el panel de salidas. Leímos en el billete el código de la estación y vimos que no se correspondía con la de donde estábamos. ¿ Nos habríamos equivocado y tendríamos que ir a otra estación a toda prisa a la una de la madrugada ? El tren salía a las 2.10 a.m. Aún nos sobraba tiempo, pero mejor confirmar que no habíamos errado. Cada uno fue a un sitio a preguntar, Kolja a un policía y yo en una taquilla. El agente, bastante amable pero sin saber una palabra de inglés le dijo a Kolja que él creía que sí, pero para asegurarse preguntó a una mujer que pasaba por allí. Ella hablaba un poquito de inglés y dijo que tampoco estaba segura, pues tenía el mismo billete que nosotros. Mientras tanto a mí la taquillera me había dicho que si (con la cabeza), que estábamos en la estación correcta, pero que teníamos que ir a los andenes de detrás (con gestos). Llegué a la altura del policía y las dos señoritas y las dije que me habían confirmado que estábamos bien. Me presenté a la otra mujer, y resultó que al decirla que era español, ella me contestó en un correcto castellano, ” ¿Sí? Que bien, yo vivo en Tenerife”.

Con la suerte de cara, empezábamos el viaje a San Petersburgo. Conversamos en el andén con ella hasta que llegó el tren. Nos despedimos y cada uno fuimos a nuestro vagón. Elegimos viajar en platzkart, pues es tanto lo más económico como lo más auténtico. Los compartimentos en platzkart son abiertos y tienen 54 camas por vagón, distribuidas de seis en seis. Dos pares de literas van perpendiculares al tren y la otra litera paralela, haciendo cubículos de seis camas en seis. Llegamos a la altura de las que nos habían correspondido y comenzamos a figurar como ubicar las mochilas y preparar las camas, pues teníamos las dos en la parte de arriba. De repente alguien comenzó a gritar algo en ruso, miré detrás y vi a un señor que parecía algo enojado ante nuestra lentitud a la hora de instalarnos. No le di la más ligera importancia, pues, por suerte no entendí lo que dijo, pero comenzamos a darnos algo más de prisa, para no enojarlo. Mochilas arriba, colchón desenrollado, y saco de dormir desplegado, salto y a tumbarse. Cruzamos la vista con una chica de cuyos rasgos denotaban que era de allí. Nos sonrió y comenzamos a conversar. Se llamaba Sasha y había vivido en Buenos Aires e incluso en Ibiza, y hablaba un buenísimo castellano.Era profesora de una modalidad de yoga, y se ganaba la vida de un lado a otro impartiendo clases. Otra nómada.

Uno a veces se enorgullece de pensar que con inglés y castellano uno puede ponerse el mundo por montera. Tras contarnos nuestras vidas rápidamente, decidimos que era hora de dormir. No queríamos seguir molestando a nuestro “adorable” vecino…

Al abrir los ojos lo primero que sentí fue la claridad de la luz que entraba por la ventana, y lo segundo, un ligero olor a alcohol y un ligero ronquido que provenían de la cama de debajo. Miré y me encontré con el señor gruñón, que aún estaba durmiendo. Entendí el enojo de la noche anterior y achaqué su impaciencia a los influjos del alcohol. Yo en su lugar hubiera tratado de ayudar a los inocentes turistas, pero en fin, hay gente de todas clases en todos los lugares. Lo bueno de todo es que estábamos llegando a San Petersbugo, habíamos ahorrado el pernoctar en hostal y habíamos tenido una buena experiencia viajando de noche, pese al intento de nuestro “vecino” por amargarlo. Nos despedimos de Sasha, que nos dió su número por si teníamos algún problema, y pusimos rumbo al centro de la ciudad.

IMG_3421El problema ahora era que hasta por la tarde no podíamos ir a casa de Karina y Evgeny, quienes nos iban a alojar durante nuestra estancia en la ciudad imperial. Íbamos a estrenar Couch Surfing en Rusia. Tal vez la mejor manera de conocer gente autóctona y poder conocer sus inquietudes y ver el país de manera algo más real. Salimos de la estación y comenzamos a andar. Nos dirigimos al centro, cruzamos sus transitadas calles, notando ya una sustancial diferencia con la otra gran urbe rusa. Aquí las calles parecían mas ordenadas, amplias, tenían otro aire. Buscando un lugar tranquilo, llegamos a la ribera del rio Neva. Nos sentamos en un privilegiado lugar frente a la estatua ecuestre del zar Pedro I el Grande, principal impulsor del esplendor de esta ciudad, a un lado, y el Hermitage, al otro. El termo conservó aun bien caliente el té que nos habíamos preparado en el samobar del tren. Lo acompañamos con unas galletas y algo de fruta que nos habían sobrado de nuestro viaje, y comenzamos a planificar. Teníamos cuatro días y no queríamos perdernos nada. Diseccionamos la ciudad en tres, para recorrer una parte por jornada. Habría que ver si cumpliríamos con el plan trazado…

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Paseamos por los alrededores pero sin extendernos mucho pues llevábamos el equipaje. Cuando llegó la hora, nos sumergimos en las entrañas de la ciudad para tomar el metro que nos llevaría al que seria nuestro lugar de descanso durante los siguientes ajetreados días. El metro, bastante mas sobrio que el de Moscú, nos llevó hasta el barrio de Kupchino. Allí nos encontramos con Karina, quien muy amablemente nos acogió, y empezamos una larga charla amenizada por té y dulces.

La tarde se fue apagando metidos en conversación y decidimos que el primer día nos lo tomaríamos con calma. Cenamos con nuestra familia de acogida, continuamos nuestras charlas sobre viajes, experiencias, anécdotas etc. Una de las reglas / pautas de educación es la de no hablar nunca de política o religión, al menos con desconocidos. Pues en este viaje creo que me la estoy saltando. Estar en este país, uno de los temas que más me inquietan, es la opinión respecto a la política, anterior y presente, y trato siempre de sacarla a colación. En esta ocasión no tuve suerte, pues nuestros “cicerones” no estaban muy interesados en ese tema. Habría perdido una oportunidad, pero confiaba en que llegarían otras a lo largo del camino.

Amaneció y salimos rápidamente dirección al centro. El metro nos dejó en la estación Ploshad Vosstaniya y decidimos caminar por la avenida principal, Nevsky Prospekt. Lugar de exhibición y de encuentro para los transeúntes en otros tiempos quizá no tan lejanos, es la arteria principal de la ciudad. Tiendas de ropa, restaurantes, delicatessen, iglesias, puentes, parques. Es en si el fiel reflejo de lo que esta ciudad quiso representar en el pasado y trata de recuperar en el presente. Probablemente sea la ciudad más europea de Rusia, y gran parte de culpa la tiene el Zar Pedro I, quien tuvo la visión de hacer girar a la campesina Rusia hacia la avanzada Europa, asesorado e influenciado por suizos, holandeses y alemanes, que formaban parte de sus amistades y a quienes había conocido viajando por estos países, aglutinando información y conocimientos que trató de desarrollar y utilizar en esta ciudad que hoy lleva su nombre de nuevo, tras haber sido durante los años del comunismo Leningrado.

Entramos en la tienda de delicatessen donde la melodía de un piano sin pianista te recibe. Dentro caviar, ostras, diferentes clases de pescado ahumado, dulces, chocolates e incluso nuestro jamón, esperan de forma tentadora a que te los lleves. Tal vez lo único que te detiene de hacer una compulsiva compra, es su desorbitado precio. La Catedral de Kazan, o la Iglesia de Santa Catalina, se encuentran en esta calle, al igual que la antigua tienda de las máquinas de coser Singer, que ahora alberga un bonito café.

Frente a esta última iglesia se aglutinan diversos vendedores de cuadros, que le dan a la calle un aspecto tal vez parisino. La iglesia de Nuestra señora de Kazan, tiene reminiscencias de la Plaza de San Pedro romana, salvando las distancias. Aquí la gente o la ama o la odia, en lo que a la belleza del estilo arquitectónico se refiere. La estatua de Catalina la Grande envuelta por sus “amantes” en la plaza de Ostrovskogo, dentro de un parque rodeado por ilustres edificios como el Teatro Pushkin o la Biblioteca Nacional se encuentran también por los alrededores de esta imprescindible calle.

Un poquito más abajo, a la derecha, hay un canal, donde diversos músicos se dispersan para amenizar el paseo de los viandantes, a la vez que sacan unos rublos. Al fondo se divisa uno de los edificios más bellos de la ciudad, y de enorme significado.  La Iglesia del Salvador de la Sangre Derramada, edificada sobre el lugar en el que fue asesinado el zar Alejandro II, y construida con las donaciones de gente anónima y de la familia real. Guarda un curioso parecido a la Catedral de San Basilio en Moscú, aunque tal vez sea menos famosa. Por supuesto también cuenta con su anécdota milagrosa, ya que durante la Segunda Guerra Mundial, una bomba cayo en una de sus cúpulas no estallando, y permaneció allí durante casi veinte años, cuando fue encontrada mientras se realizaban tareas de reparación.

Desde allí nos dirigimos a la plaza donde esta el palacio de invierno mas conocido por el Hermitage. Cruzamos bajo una especie de arco de triunfo incrustado entre dos edificios, coronado por una cuadriga romana, que conmemora la victoria sobre Napoleón y salimos a la plaza. Amplia, presidida por la columna de Alejandro en el centro de la misma, te deja frente al ilustre palacio que alberga en su interior infinitas obras de arte. Al lado izquierdo se encuentra el punto de información turística, y fuimos a pedir mapas y recomendaciones. Ya habíamos notado demasiada seguridad en la ciudad, pero quien sabe si seria lo normal. En la oficina de turismo nos dijeron que podríamos visitar el “Peterhof”, o palacio de verano entre los siglos XVIII y XIX de los zares, y nos recomendaron hacerlo ese mismo día, pues había una cumbre del G20 en la ciudad, y habría eventos con los ilustres invitados que provocarían algunas restricciones para “la plebe”.

Nos miramos y cambiamos todo el plan que habíamos trazado anteriormente. Preguntamos las maneras de llegar y nos dijeron que había dos formas, minibús o barco. Como el día acompañaba nos decidimos por esta última y allí nos fuimos. A dar un paseo por los jardines reales.

El barco que nos llevó por el río Neva hasta el Peterhof y no tardó mas de media hora. Situado en la orilla del golfo de Finlandia, las vistas que se tienen del barco hacen que valga la pena pagar el precio del viaje, entre 450-650 rublos ( 1€ son unos 43 rublos).  Ver alejarse los monumentales edificios del centro, cruzar la bahía a toda velocidad a la vez que uno sale a aguas abiertas y desde la cubierta  siente como  el sol baña su rostro, es una bonita sensación.

http://www.peterhof-express.com/

La entrada al parque son 300 rublos, 200 si eres estudiante. Algunos os preguntareis el por que se lo de los precios de estudiante, habiendo dejado los libros hace ya algún tiempo. Pues bien, os contaré un secreto. Varios viajeros nos contaron que enseñando cualquier carnet en muchos sitios te aplicaban el descuento de estudiante. Nosotros los únicos carnets que llevamos son los de identidad, de España y Holanda. Pues con algo de cara, los entregas y dices que eres estudiante, y te hacen la rebaja de rigor. Nos ha funcionado ya en varios sitios, así que seguiremos probando. Nos vamos ahorrando un piquillo …

El parque tiene sitios espectaculares, aunque como era de prever, estaba sitiado de guardaespaldas inspeccionando la zona, artistas improvisando y trabajadores ultimando preparativos, sobre todo en la zona principal donde se celebraría el evento del afamado grupo de “salvadores del planeta”. La Fuente de Sansón con sus esculturas doradas, y sus coordinados chorros de agua, son un deleite para la vista. Es muy bello poder contemplar algo así y sentirse como se deberían sentir los ilustres visitantes del palacio de los zares en aquellos días de esplendor imperial. En frente queda el gran Palacio, donde también el color ocre predomina, en contraste con el blanco  de molduras y ventanas o el dorado en cúpulas, que le da un aspecto celestial.

El resto de jardín es muy al estilo de la época, a la versallesa. Varios estanques se reparten por su terreno, jardines, parterres, estatuas, fuentes con dioses  de la mitología clásica, nos deleitaron la tarde, impregnando nuestras retinas de un recuerdo imborrable. tras recorrer todo el parque, volvimos a la fuente de Sansón, y pudimos ver el ensayo general para la cita del día siguiente. Parejas evocando la época zarina paseando, saludándose de manera tímida unos otros con aires de flirteo. Me estaba preguntando si los del G20 también serian así en su reunión, con acercamientos, postureos y sonrisas de hiena, mientras me montaba la película en mi cabeza, comenzaron a tocar música, todo se puso mas serio  y el director del montaje comenzó a gritar. Nosotros que eramos de los pocos turistas que aun se encontraban por la zona decidimos marcharnos. Pensándolo ahora, tal vez nos podríamos haber colocado los DNI´s en forma de acreditación, quien sabe si hubiera colado…

Galería del Peterhof:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641213282655/

Volvimos a la ciudad y para ahorrar algo decidimos hacerlo en bus. Fue un error, pues el tráfico a esas horas era terrible. Estuvimos atascados buena parte del camino y por la diferencia de precio no merece la pena comprobar la congestión de la ciudad en hora punta. Algo mas de una hora después, llegamos al centro. Para quitarnos el sabor de boca del atasco, nos dimos una vuelta alrededor de la Iglesia del Salvador de la Sangre Derramada. Paseando por los margenes del canal, escuchamos música de varios artistas callejeros. En uno de los laterales vimos que había un sitio que tenia wifi y ademas jazz en directo, nos metimos dentro a degustar unas cervezas y unos crépes con productos ahumados. Esta era nuestra recompensa a otro día duro. Al día siguiente volveríamos a la carga…

Fotos de aquellos paseos:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641214097563/

La ayudita no llegó, el día se levantó tal y como se había acostado, es decir, gris y lluvioso, así que no quedaba mas remedio que planificar en base a  esto.

Decidimos hacer algo que nos rondaba la cabeza ya hace algunos días. Meternos en el Metro y hacernos un recorrido por las paradas mas  destacadas de la faraónica obra comenzada en tiempos de Stalin. La verdad es que las estaciones son muy bonitas y cada una tiene su diseño especial. Lo hicimos de manera independiente pues el recorrido con guía era de 24€ p.p, teniendo en cuenta que el precio del billete es de 0.70 € muy buenas deberían ser las historias de cada estación y sus leyendas para pagar tan desorbitado precio. Además queríamos comprobar de primera mano lo bien que nos habíamos adaptado a la ciudad moscovita y ver que grado teníamos. El laberíntico metro iba a ser buen termómetro de ello…

El recorrido que hicimos no debe variar mucho del que hacen por agencias, pues encontramos algunos grupos en nuestro recorrido. Nosotros consultamos las guías que llevamos y preguntamos a un par de moscovitas cuales eran las estaciones más bonitas y nuestro itinerario quedo así.

Komsomolskaya (L5), Novoslobodskaya (L5), Mayakovskaya (L2), Kievskaya (L3), Arbaskaya (L3) y Ploshchad Revoluctii (L3). Mármol reciclado de la demolida antigua iglesia de Cristo el Salvador, mosaicos confeccionados con teselas de mármol, granito y cristal, estatuas de piedra o bronce, tiene bastante diversidad pero con un denominador común, ensalzar la patria rusa, el espíritu comunista, la gran nación formada por la unión de tantas repúblicas, poderosa tanto en  tierra, aire, o espacio exterior y poner el arte al alcance de la clase trabajadora. Además el metro se construyó bastante profundo para utilizarlo como bunker en caso de que fuera necesario, con lo cual el recorrido por sus entrañas se hace mas llevadero con la ayuda de las infinitas escaleras mecánicas. No quiero ni pensar como se las apañarán el día que estas se estropean…


 

 

enlace para ver mas fotos del Metro:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641202855654/

La mañana siguiente la empleamos en rendir visita obligada al símbolo del país. El lugar no es otro que el Mausoleo de Vladimir Illich Ulianov “aka” Lenin. Nos habían informado que no dejan entrar cámaras, así que nos ahorramos las molestias y nos fuimos sin nada del hostel. El horario es de 10 a 13h y es gratuito. Como el día estaba lluvioso no tuvimos que hacer grandes colas, pese a la parafernalia que seguía en la plaza. Cruzamos el arco detector de metales y continuamos al segundo control. Allí ya advertían de lo de las cámaras, así que todo el mundo tuvo que desviarse a dejar sus bolsas en unas taquillas menos nosotros, que continuamos triunfales el camino a encontrarnos a la célebre momia. Pronto nos percatamos de la extrema vigilancia. Tienen un guarda cada pocos metros, con lo que hacer una foto debe quedar solo a la altura de Tom Cruise y sus exitosas películas.

Dejamos atrás las tumbas del astronauta Gagarin, y los políticos Breznev, Chernenko y Stalin (este último defenestrado del interior del mausoleo y reúbicado en el exterior), para meternos en el cubículo donde yace Lenin. La verdad es que da impresión verlo ahí, tumbado, como durmiendo la siesta plácidamente. Te provoca también un escalofrío el saber que no es una réplica, si no lo verdadero. Un señor que lleva muerto casi noventa años y en ese estado de conservación…es algo cuasi milagroso. La experiencia es breve pero intensa, pues los guardias se encargan de meterte prisa y que no te tomes más tiempo del estrictamente necesario, es decir menos de 3 minutos en el interior, calculo yo, y siendo generoso…

Lenin Lenin Lenin

(fotos tomadas de la red)

Regresamos al hostel a por nuestras pertenencias y al ser sábado me propuse el ver si había algún mercadillo, encontrando en internet referencias al de Izmailov (Metro Partizanskaya L3). Pusimos rumbo allí y lo encontramos sin problemas.

Al salir de la estación a mano derecha se ve un cartel en forma de arco que te indica el mercadillo, cuya entrada esta unos metros más abajo. En la puerta te cobran 10 rublos. La zona debió ser un parque de atracciones tiempo atrás, pues los puestos de madera en su mayoría, están montados bajo una estructura que recrea un antiguo Kremlin, con sus iglesias y demás edificios, aunque como en muchos lugares de por aquí, podríamos aplicar el clásico “cualquier tiempo pasado fue mejor”…

Matryohskas por doquier, imanes con los principales monumentos de la ciudad, camisetas, posters, fotografías en blanco y negro, ropas militares, sombreros típicos para combatir el frio siberiano, petacas para llevar siempre a mano un buen trago que te haga entrar en calor, monedas, libros, cosas de segunda mano, y mucho Lenin y mucha iconografía de anteriores épocas inundan el mercadillo. Están más abiertos al regateo y los precios son más asequibles que en otras zonas típicas de Moscú, donde hacerte con algún souvenir te puede salir caro. Nosotros no compramos nada pues llevamos las “alforjas” ya repletas, aunque me quede con las ganas de llevarme una graciosa Matryoshka que contenía diez en su interior. Tras regatear al señor y bajar de 1400 a 750 rublos, me di cuenta que no teníamos dinero, me lo había dejado en el hostel y por supuesto no aceptaban tarjetas. Veremos si puedo hacerme con alguna más adelante…


Para el último día con la esperanza de que el tiempo fuera más benigno habíamos dejado la visita al Kremlin y al Parque Gorki. Cuando volvimos de San Petersburgo, el tiempo seguía malo, así que optamos por hacer la visita al Kremlin “pasado por agua”. Compramos la entrada más barata (700 rublos) que da acceso a varias iglesias del interior de esta fortaleza, como la Catedral de la Asunción, la Catedral de la Anunciación, la Iglesia de la Deposición del Manto de la Virgen, las Cámaras del Patriarca o el campanario de Iván el Grande entre otras.  Además se encuentran el cañón del Zar (Tsar Pushka) , el Palacio del Senado, y el Gran Palacio del Kremlin, lugar de trabajo del Sr.Putin. Va por turnos de entrada, y nosotros las adquirimos en el último, con la esperanza de que no hubiera ya demasiados grupos. Así fue, entre la hora y las condiciones meteorológicas, no coincidimos con mucha gente. A la hora de entrar en las iglesias, poníamos la oreja en algún grupo para atender a las explicaciones de los guías de turno, cosa que hace todo el mundo. Acompañados de la hoja explicativa del templo correspondiente nos pudimos hacer una impresión de los templos ortodoxos, sus estructuras y el significado de sus mosaicos y frescos. Iba a ser una buena primera toma para el resto de iglesias que íbamos a ir viendo en sucesivos destinos, pues la religión tiene aún bastante peso en la sociedad rusa, contrario a lo que uno pudiera imaginar tras tantos años de “destierro” durante el periodo comunista.

Si queréis ver fotos del Kremlin y la Plaza Roja y sus alrededores estáis a un solo click:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641203596734/

Como último apunte dejaré referencia a una zona que nos quedo por explorar, la calle Pokrovka/Покровка que estaba en dirección opuesta al centro desde nuestro hostel. Llena de restaurantes y bares, tan solo entramos a uno a tomar una cervecita. Decorado a la “comunista” y como no podía ser menos con el rojo como color predominante, con una gran imagen de Lenin presidiendo el local, es un buen sitio para degustar cerveza típica rusa y las empanadas rellenas de carne, patata o queso que son el plato estrella de esta modesta casa. Situado al final de  la calle justo antes de entrar a la calle Zemlyanoy, bien vale una visita.

Otros bares de interés son el 1920 Bar y el Club Ché que se encuentran uno al lado del otro en la calle Bolshoy Cherkasskiy.

Cenamos en The Standard (Bolshoy Zlatoustinskiy) un sitio que nos recomendó el jefe del hostal Napoleón, Richard , quien nos dijo que las raciones son bastante abundantes y no es nada caro. Desafortunadamente no pudimos comprobar la carta ya que solo pudimos ordenar las pocas cosas que sirven a partir de las 00.00 h. Bastante es que siguen sirviendo, además el local tiene estilo, con aires de loft neoyorquino, y un servicio bastante amigable, de lo mas que nos encontramos en Moscú. Se pueden tomar copas también y al lado justo esta Propaganda, un club de bastante referencia en la noche moscovita.

Un último paseo para despedirnos de la Plaza Roja, que justo había concluido su festival militar. Para nuestra sorpresa era el día de Moscú, y cuando estábamos por los aledaños vimos un montón de gente agrupada en las calles de alrededor, de repente fuegos artificiales iluminaron el cielo. Vaya despedida nos habían preparado los moscovitas. Inolvidable, grandisimo recuerdo que llevaremos impregnado en nuestra memoria de esta ciudad cargada de historias y leyendas.

Espero que si alguna vez vais por Moscú, os acordéis de mí y os deis una vuelta por mi blog para tomar apuntes de cosas que hacer. Espero haberos entretenido. Voy con un poquito de retraso pero prometo ponerme pronto al día. Parece mentira pero el viajar no me deja tiempo para apenas nada. 🙂

Unas cuantas fotos mas de Moscú, su mercado y la noche…

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641200783443/

Despertamos en el hostel y vimos por la ventana que el día no acompañaría. Gris y lluvioso, mas acorde con la imagen que uno tiene de Moscú y opuesta a la que nos había acogido la jornada anterior. Ducha caliente y a devorar aceras con las zapatillas.

Una vez ya en la calle, decidimos degustar algo típico, las patatas rellenas. Entramos  en una franquicia de la cadena Kartoska (картошка), de las que hay repartidas por toda la capital rusa. La dependienta tras el mostrador no esgrimía ni un atisbo de sonrisa, y ante la presión decidimos volver a jugar a la ruleta rusa, y apuntar con el dedo la sustancia con la que queríamos rellena la patata. No salió del todo mal porque estaban comestibles, y un poco de carbohidratos vendrían bien para la jornada que nos esperaba. Nos encaminamos a la Plaza Roja bajando por la calle Nokolskaya, peatonal y comercial, con locales de las grandes firmas en sus aledaños. Ya pudimos observar el estilismo de la mujer rusa, bastante clásico, y a la que le gusta la ropa ceñida que moldea sus normalmente delgadas figuras, y los zapatos de tacón, pura obsesión y que llevan con bastante soltura, sea como sea el pavimento. Deben enseñarlas a andar en las escuelas con semejante garbo.

Llegamos a la sitiada Plaza Roja, donde seguía el incesante movimiento de militares llegados de toda Europa, sus ensayos y demás parafernalia de cara al festival que estaba teniendo lugar durante estas fechas. En eso que vi a dos personajes disfrazados de verdugos, o casacas rojas, (aun no lo tengo claro) que se estaban haciendo una foto con una niña. Les propuse el hacerme una con ellos, a lo que muy sonriente uno de ello me contesto “Photo Business” enseñándome un puñado de billetes de 100 rublos. Con una expresión mitad sorpresa mitad decepción les devolví la sonrisa y les dije ” No Sorry”, y continuamos por el camino que nos llevaba a la plaza Manezhnaya.

Al cruzar las puestas de salida de la Plaza Roja, me encontré con unos curiosos personajes, también pertenecientes al mundo del “Photo Business”. Las replicas del correctamente trajeado ídolo patrio Lenin y el uniformado Stalin, con la bandera de la extinta U.R.S.S a un lado, y al otro el actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, con la bandera actual. Fue gracioso tomar una foto del doble de Lenin contando un puñado de billetes frente a la bandera comunista. Todo un negocio parece ser, a la vista de la cantidad de gente que se debe fotografiar con ellos diariamente. He de decir que los parecidos son mas que razonables al menos…

Frente  a la plaza Teatralnaya donde se encuentra el archí-conocido Teatro Bolshoi,  esta la plaza Revolyutsii en la que se erige la estatua del padre del comunismo, el alemán Karl Marx. Arte y política parecen darse la mano en este céntrico espacio. Tras las fotos de rigor, tomamos  la Avenida Tverskaya que tiene un parecido bastante razonable con la Gran Vía madrileña, en lo que a amplitud y estilo arquitectónico se refiere.

Después bajamos por el bulevar Tverskoy con la idea de contemplar de cerca uno de los siete rascacielos con los que Stalin quiso enseñar al mundo que el régimen comunista también sabía construir edificios desmesurados y que los rascacielos no solo estaban en Nueva York, cuna del capitalismo por antonomasia. Edificados entre 1947-1953, Las  Siete Hermanas, como se las conoce (en principio iban a ser ocho, pero una nunca se llegó a construir), están rodeando el centro de Moscú. Hoy en día su uso es diverso. Dos pertenecen al gobierno, una al Ministerio de Asuntos Exteriores y la otra alberga oficinas con diversos departamentos administrativos. Otra pertenece a la Universidad Estatal de Moscú. Dos son hoteles (Hilton y Radisson) y la otra son pisos que pertenecen a la oligarquía pues sus disparatados precios están al alcance de muy poquitos, y por ultimo otra es el Embankment Building Kotelnicheskaya, que fue construido para acoger pisos municipales para los ciudadanos de Moscú. Vistos desde abajo y teniendo en cuenta que tienen ya mas de 60 años, no tienen nada que envidiar a sus rivales del otro lado del telón. Son impresionantes y ahí siguen en pie, presumiendo de su estilo gótico-barroco ruso. Todos están coronados por una estrella roja excepto uno, que debido al exceso de peso al construirlo, se decidió no culminarlo como al resto de sus “hermanas” por temor al derrumbe del mismo. Un fallo lo puede tener cualquiera…

La nota nostálgica de la jornada fue el cruzarnos con un grupo de jóvenes que iban ataviados de manera peculiar. Al girar a la izquierda nos encontramos el por que. Un chico delgado, vestido con vaqueros, chaqueta de cuero,zapatos negros, calcetines blancos y sombrero, bajo el que se atisbaba una coleta y unas grandes gafas de sol, bailaba de forma reconocible para cualquiera que haya crecido en los 80-90 para el deleite de unas cincuenta personas que se habían congregado en una pequeña plazoleta, y habían puesto pancartas y encendido velas multicolores para celebrar el que hubiera sido en 55º cumpleaños del rey del pop. Como ya habréis adivinado, ese no es otro que Michael Jackson.  Su llama sigue aun viva en los lugares mas dispares de la tierra, demostrando una de las lecciones que nos dejó, que no importa como seas ni de donde eres, que todos somos iguales. Lo bueno es reconocible mas allá de ideologías y restricciones.

Llegamos al Arbat, zona de encuentro de multitud de tríbus urbanas. Otra zona peatonal de Moscú y que cuenta con numerosos restaurantes. Aquí, como en muchos viajes, cuesta decidirse por que tipo de comida o establecimiento optar. Después de recorrer mas de la mitad de la calle aun no habíamos decidido, aunque teníamos dos opciones, un restaurante turco que tenia bastante buena pinta, y otro un restaurante ruso, de la cadena My-My  (Mu-Mu como las vacas) y que nos había recomendado un chico en el hostel.

Nos decidimos por este último y pedimos una sopa de remolacha (muy típica de por aquí como vamos comprobando poco a poco, aunque en cada región la hacen a su manera), otra sopa de pollo, unas salchichas con puré de patata, y cerdo asado con salsa de ciruela. Todo bastante bueno y asequible de precio. Muy recomendable pasar por una de sus franquicias si se hace una visita por estos lares. Volvimos al hostel con la barriga llena, aunque al pasar por una tienda de Dunkin’ Donuts no pude resistir mi “moderado” consumismo y compré un par de ellos, pues los que están espolvoreados de blanco me encantaban, o al menos eso decía mi memoria de los tiempos en los que visité los EE.UU. Craso error, el sabor no era el que tenia registrado, y lo mas blando de la famosa rosquilla fue el agujero.

IMG_2833El día siguiente lo empleamos en hacer algo que hemos descubierto hace poco. Los FREE WALKING TOURS. Son tours que te suele dar un estudiante por los lugares mas típicos de una ciudad, contándote anécdotas de la misma, siempre con un tono divertido, y que ayudan a situarse en ellas, sobre todo si viajas de manera independiente, y tan solo tienes  el apoyo de las pertinentes guías. El precio no es gratis, se da la voluntad, y he aquí lo bueno de la iniciativa, ideada por un turista alemán. Uno da en función de lo que le ha parecido, y que cree que vale. Una propina para el/la joven que le ayuda a costearse sus estudios y no muy alta con lo cual uno nunca se sentirá defraudado ante lo visto o contado.

Nosotros lo hicimos un poquito tarde, ya que llevábamos tres días y gran parte del recorrido ya lo habíamos hecho por nuestra cuenta, pero al menos nos llevamos alguna anécdota de los sitios que recorrimos, como una iglesia que tiene una de las torres un poco desnivelada y se dice que es por que el mismo diablo se había sentado en ella. La misma iglesia se salvo de un devastador incendio, y fue cuartel de la  K.G.B, y destino final de muchas personas que fueron sometidas en sus dependencias a interrogatorios demasiado exhaustivos, tanto, que algunos nunca regresaron de los mismos.

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Contemplar el último trozo de muralla original,pasear por lo que queda de la residencia de los Romanov, que se encuentra en estado de rehabilitación, encontrar uno de los pocos carteles en inglés en todo Moscú, conocer de primera mano el proceso de rehabilitación urbanístico a la “rusa” que quiere decir, se tira lo que no gusta y ya se reconstruirá, si es que se ha de hacer… Así tienen un solar con proyecto para  ser un centro comercial, un parque o viviendas, al pie de la Iglesia de San Basilio desde hace unos cuantos años, o como un chaval alemán, Mathias Rust, desafió a los radares de una de las potencias de los 80 y consiguió con una avioneta salir desde Alemania, y , previo paso por Islandia, Finlandia y Noruega, llegar a aterrizar en la mismísima Plaza Roja, para asombro y estupefacción de las autoridades rusas que aun tardaron media hora en arrestar al chaval, pues este se encontraba firmando autógrafos como un héroe entre la muchedumbre rusa que comenzaba a ver un halo de libertad y  esperanza con este vuelo.

El día  estaba empeorando y nosotros teníamos  muchas cosas que hacer. Planificaciones, compra de billetes de tren, papeleos administrativos. Decidimos dar ese destino al resto de la jornada y esperar a que el día siguiente  las condiciones meteorológicas nos dieran una alegría y volviésemos a disfrutar de Moscú con sol.

El auxilio no llegó. Tras la caminata del día anterior tocaba repostar. Llovía,  así que mejor no correr aventuras  y guarecernos en  el centro comercial GUM, del que os hablé en el post anterior. Allí en la Stolovaya 57 pudimos degustar de nuevo de la gastronomía rusa a muy buen precio y con una decoración típica comunista. La sopas no pueden faltar nunca, esta vez de verduras, pues es preferible a las ensaladas, y después tomamos un pollo Kiev, que viene rebozado acompañado de alforfón, que aquí lo toman para desayunar, comer o cenar, y un pincho de carne (especie de kebab) con puré de patatas.

Una tarta de avellanas nos puso la nota dulce para terminar. La lluvia caía sin cesar y llegamos calados al hostel. Tocaba empezar a planificar el siguiente destino: San Petersburgo. Lo primero, encontrar a alguien que nos acogiera en la bella ciudad a través de Couch Surfing, ya que queríamos empezar a  conocer a gente rusa, y esta es la mejor manera, vista la infranqueable barrera idiomática…

Aquí como de costumbre, os dejo el enlace para que podáis ver mas fotografías 🙂

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641196900615/