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El cielo no nos dio tregua, y decidió aparecer gris a la mañana siguiente. Debimos cambiar nuestro plan inicial de recorrer la isla de Olkhon durante tres días a pie y dormir a la intemperie en nuestra hasta entonces inmaculada tienda de campaña. Cuando las cosas vienen así, hay que buscar el lado bueno. Tal vez el destino tenga guardado un puñado de inolvidables experiencias, oculto tras esas trabas que aparecen en nuestros caminos. Como dice el sabio refranero español, ” Al mal tiempo buena cara”. Seguiríamos en nuestra confortable y cálida cabaña de madera, disfrutando de los menus de la cocina del Nikita, y nos divertiríamos en compañía de nuestro grupo de amigos jugando a las cartas y degustando “piba” o lo que es lo mismo, cerveza rusa.

La mañana la pasamos dando un paseo por el pueblo. Era finales de septiembre, la temporada estaba a punto de terminar y no se veía mucho ajetreo por sus calles sin asfaltar. Coloridas casas de madera que tuvieron tiempos mejores, omnipresentes vetustos Lada, alguna vaca amarrada, otorgaban al pueblecito de Khuzhir un aire de decorado de película, que estaba allí puesto solo para nosotros.

Tras reponer fuerzas con un copioso almuerzo, decidimos dar un largo paseo por la playa e intentar llegar al otro extremo de la misma. Comenzamos a andar disfrutando de la tranquilidad del paisaje sus tonos azules grisáceos, de su aire puro, cuando de repente algo nos llamó la atención. Sobre una duna y al calor de una fogata, dos risueñas mujeres y un corpulento hombre ataviado con el genuino gorro ruso de piel y una chaqueta de camuflaje, daban cuenta de algunas viandas que regaban con un licor transparente típico de estos lares. De carácter afable contrariamente a la imagen que tenemos de los rusos, comenzaron a hacernos gestos para acompañarlos. Una de las mujeres sabia alguna palabra en inglés, y mediante gestos y demás nos llegamos a entender. Primero nos ofrecieron tomar un trago de su botella de vodka, lo que rechazamos prudentemente. En su lugar nos propusieron degustar una especie de leche templada con algo que parecían piñones y unos trocitos de pan. No nos quedó más remedio que aceptar esto último, aunque una vez probado, pienso que hubiera sido mucho mejor haber aceptado el trago de la bebida espirituosa. Bromeando, le pregunté si esos piñones de la isla de Olkhon tenían algún poder, si él era un chamán, y que si lo era debía ser uno poderoso para tener dos mujeres.  Yo no era chaman y solo tenía una… Todos nos reíamos, cuando de repente mi mirada se dirigió a otro lugar, un poco más arriba de donde nos encontrábamos. Allí, aparcado, había un precioso “Jeep” ruso verde camuflaje, perteneciente al “Tovarich Chamán”. Cautivado por el automóvil, le pregunte si podíamos hacer unas fotografías, a lo que nuestro camarada, lleno de orgullo accedió gustosamente. Tras tomar varias fotos subidos en el coche nos preguntó hacía donde íbamos, intercambió unas frases con sus dos mujeres, y cuando quisimos darnos cuenta de lo que estaba pasando teníamos a las mujeres subidas en el coche y al piloto arrancando el sonoro motor del “Jeep sovietico” del año 63. Apenas oíamos nada pues el motor hacia un estruendoso ruido, que rugía al efectuar los cambios de marcha. A toda la velocidad a la que daba el antigüo vehículo militar, con momentos en los que pensábamos que el coche se iba a quedar varado, recorrimos la orilla de la playa y llegamos al otro extremo. Dimos las gracias a nuestros inesperados amigos y saltamos del “Jeep” para seguir dando nuestro paseo.

Comenzamos a andar entre unos pinos, aun con la sonrisa dibujada en nuestros rostros por la reciente experiencia, pronto accedimos a un camino que daba acceso a un lugar con varias casetas, lo que parecía un complejo vacacional, aunque por allí no había ni rastro de nadie. Al estar sobre el acantilado  decidimos cruzarlo para no perder detalle de las vistas, pero pronto descubrimos que no fue buena idea. De la nada apareció un perro enfurecido que comenzó a ladrar con frenesí. Nosotros mantuvimos la calma y apenas sin inmutarnos seguimos nuestro camino esperando que el perro se diera por contento con la salida de los intrusos de su territorio. Efectivamente fue así, y el perro desapareció, pero fue solo un espejismo, pues al minuto estaba de vuelta esta vez acompañado por otro, cuya irascible mirada y rabiosas fauces nos hicieron presagiar que estábamos en peligro. No paraban de ladrar, y cada vez se acercaban más. Yo apreté la marcha, esperando no tener que enfrentarnos a ellos, aunque Kolja no paraba de decirme que cogiera una piedra y algo contundente por si acaso. Yo confiaba en que si seguíamos nuestro camino y nos salíamos de su territorio nos dejarían en paz, así que con los ladridos resonando cada vez más fuertes en nuestros tímpanos proseguimos nuestro camino en dirección opuesta a donde estaba el abandonado complejo, que casi ya no se veía. Tras unos interminables cinco minutos, que tal vez fueron tres pero que parecieron cincuenta, los perros se dieron media vuelta, indultándonos. Nosotros sin mirar atrás, y con la sospecha de que tal vez estarían yendo a por más refuerzos, apretamos la marcha y pusimos pies en polvorosa. Desde lo alto del sendero vimos el camino principal por donde pasan los coches y pusimos rumbo a el. Aun cargados de adrenalina cruzamos con cuidado eligiendo a veces caminos más largos con tal de no volver a pasar por “territorio enemigo”. Cuando llegamos de vuelta al Nikita vimos tras el grisáceo cielo amenazador de tormenta, un atisbo de impoluto cielo azul. Tal vez al final tendríamos suerte al día siguiente y tras la tempestad llegaría la calma.

Cena, partida de cartas, concierto del maestro Nikolaij con su repertorio de canciones de todo el mundo acompañadas por el sonido de su acordeón, y para terminar el largo día nos metimos en el Banha. Esta forma de ducha siberiana, consiste básicamente en dos cámaras. En una de ellas hay una sauna de madera donde eliminar todas las toxinas, y en la otra dos barreños uno con agua helada y el otro con agua muy caliente. Tras salir de la sauna, se coge un cazo y se llena a gusto del consumidor, eligiendo las proporciones de agua fría-caliente quemas se adecuen al gusto de uno, antes de tirárselo encima. Te enjabonas y repites operación. Esta es la forma de ducha que tuvimos por allí. Aparentemente muy saludable.

Para conocer la parte norte de la isla y habiendo rehusado a hacerlo por nuestros medios, contratamos la excursión que te ofrecen en el Nikita. Una furgoneta con conductor, que te lleva a los lugares más pintorescos, dejándote tiempo libre para perderte y hacer tus fotografías, comida consistente en una sopa de pescado bastante rica, ensalada y té. Además la última parte del recorrido la haces a pie bordeando los acantilados y bajando hasta un pueblo donde el conductor te espera para llevarte de nuevo al hostal.

Todo ello por 800 rublos, algo menos de 20 € por persona. No es barato, pero tampoco es desorbitado, y al fin y al cabo es a lo que se va a esa isla. Nuestro grupo, con las hermanas finlandesas Ilma e Ilnes, Misha y Ugo, fue completado con una chica coreana, un chico francés y una pareja formada por otro francés y una rusa. Esto nos vino fenomenal pues ella nos traducía lo que el conductor iba contando en cada parada. No hay guía normalmente en estos tours, los conductores hacen de ello, pero no hablan nada de inglés, así que hay que tener suerte y que te pase algo como a nosotros. El día nos había dado tregua y confirmado que el destino se había aliado con nosotros. Un sol espléndido nos acompañó toda la jornada. El gran azul impresionante desde todos sus ángulos nos ofrecía espectaculares vistas. Acantilados, estepas, taiga, nos cruzamos con algún grupo de caballos salvajes y pudimos asomarnos al bello lago Baikal y observarlo en su inmensidad desde los lugares más pintorescos. Una anécdota de este paseo, fue que en un punto de la isla hay dos rocas, y cuenta una leyenda “isleña” que una es para pedir que tu primera criatura sea varón ( la de la izquierda) y la otra para que sea hembra. Allí nos soltaron, y aunque reacios al principio a jugar con el destino por si acaso, nos dirigimos a una de las rocas. El resto del grupo había elegido la otra, excepto Ilma que también se decantó por nuestro lado. El día (si llega) que tengamos un hij@, desvelaré si esta leyenda es cierta…

La excursión nos gustó bastante, aunque nos quedamos con las ganas de haberlo hecho por nuestra cuenta. Más si cabe cuando en un punto del camino nos encontramos a Niilo, un chico (luego supimos que es actor) finlandés, con el que habíamos coincidido en el Nerpa en Irkutsk, y que estaba haciéndolo así. Diferencias al margen (ser de esos lares, y tener un saco que soporta hasta los -20º), nos quedamos con la intriga de saber si lo hubiéramos soportado. La verdad es que cuando uno prueba el confort…

Aún nos quedaban dos días más en la isla, pues estábamos haciendo tiempo para que nuestra visa de Mongolia estuviera lista para recoger. Nos juntamos con Ugo para dar paseos por la playa, dormir la siesta al costado de una barca, y hacer una locura más. Ya que no habíamos hecho la ruta, nos teníamos que quitar la espina de alguna forma. Que mejor que sumergiéndonos en sus heladas aguas. Además, otra leyenda “isleña” dice que si te bañas en sus aguas adquieres cinco años más de vida. La mejor manera de afrontar el desafío era reservar cita en el banha ubicado en la playa. Un par de casetas con sauna, a una temperatura de unos 110º, ponerse el bañador mentalizarse. Hacia un viento frío, que no invitaba para nada a realizar la hazaña. Una vez ataviados con los gorros que te dan para proteger la cabeza de los cambios de temperatura, nos metimos en la caseta. Tras tres minutos en ella, los grados empezaban a hacer sudar nuestros cuerpos. Cuando ya no podíamos más, y estábamos mentalizados, abrimos la puerta y salimos disparados al agua, en una imagen que recuerda a cuando estas en la puerta de una avioneta dispuesto a saltar en paracaídas. El agua, como no podía ser menos, nos recibió gélida, pero entre los nervios, y la temperatura corporal, no fue para tanto. Eso sí, tras un minuto dentro ya comenzabas a sentir sus efectos y sales disparado fuera de ella. Un ratito fuera de la caseta, acurrucados a un lado, protegidos del viento, para que el choque de temperaturas no sea muy brusco, y otra vez dentro a sudar. Esta operación la repetimos cuatro o cinco veces. Lo que dieron la media hora larga que habíamos contratado por 150 rublos (3.5€) cada uno. Una tacita de té no basto para reparar los efectos colaterales pues tardé media hora en volver a sentir mis piernas. No fue muy elevado el coste de tener un crédito de cinco años más de vida…

Por la noche durante la cena, nos encontramos con Pavel, que resultó ser párroco de una de las iglesias más importantes de Irkutsk, y con quien habíamos mantenido una charla por la mañana. Alto, de cabello negro largo recogido en una coleta y con una poblada barba, requisito casi indispensable para los “padres” de la iglesia ortodoxa rusa, confiriéndoles esa imagen “rasputinesca” algo inquietante. En nuestra charla mañanera, le había comentado mi impresión, sobre las misas ortodoxas que habíamos visto hasta hora, y como me habían cautivado sus liturgias. A parte le había comentado que era una lástima el no poder hacer fotografías de ellas, pues no estaba bien visto por los feligreses. Él, que se encontraba de vacaciones con su mujer y dos de sus hijos, nos invitó a asistir a una misa que se iba a celebrar a la mañana siguiente en la pequeña iglesia del pueblo. ¿Sería mi oportunidad para retratar una ceremonia ortodoxa?

La mañana del domingo me desperté temprano, pues la misa comenzaba a las nueve. Había quedado con Ugo en ir juntos, pues a él también le llamaba la atención. Desayunamos y pusimos rumbo a la pequeña iglesia. El cielo azul celeste, el blanco inmaculado edificio sobre una pequeña colina que daba al lago, el escenario era idílico. El interior colorido, como no podía ser menos, era presidido por un retablo en forma de tríptico desde donde el padre daba la homilía. Velas a los pies de los santos y de Jesús, mujeres que portaban un velo para esconder su cabello, el olor a incienso, niños asistiendo respetuosos a la misa, el retrato de la familia del último zar, Nicolas II, en uno de los laterales. Demasiadas sensaciones para un espacio tan limitado. Nos colocamos a la derecha, pegados a un muro, justo detrás de donde estaban leyendo textos un hombre también de barba prominente y una mujer envelada. Pavel se acercó a mí, sonriente y orgulloso de que hubiéramos asistido, me dijo que podía fotografiar lo que quisiera, que tenía la bendición del Padre. Mi cara, hasta entonces aletargada por el sueño y las sensaciones se iluminó. Por fin tenía mi oportunidad de recoger gráficamente algo que me había causado tanta impresión. Cantos, sermones, lecturas, ofrendas, feligreses comulgando. Trate de sacar lo mejor que pude de esta oportunidad, siempre tratando de no invadir la privacidad de la gente o que se sintieran observados.

Una vez terminada la misa, dimos las pertinentes gracias al párroco principal y por supuesto a Pavel que se portó espléndidamente. Antes de despedirnos me dio un papel en el que decía que me autorizaran a subir al campanario de su iglesia en Irkutsk desde donde tenía buenas vistas de las otras iglesias sobre el río. Me dejó sin palabras. Es un auténtico placer encontrarse con gente así por el camino.

Al volver al Nikita una última sorpresa nos estaría aguardando. Nikolaij, el septuagenario músico que amenizaba las noches con su acordeón, nos estaba esperando para mostrarnos algo. Ni más ni menos que una película que guardaba como oro en paño de uno de sus ídolos. El carismático Raphael. Ahí estuvimos viendo con él un buen rato la película, comprobando absortos como se sabía todas las canciones y como le brillaban los ojos de emoción al cantarlas. Lo hacía con el corazón como explicaba, pues no entendía lo que ellas decían. Para que luego “digan lo que digan” sobre el mito viviente…

Al final después de todo, no fue tan malo no hacer la ruta de tres días por el norte de la isla de Olkhon. El destino nos regaló una caja llena de mágicas experiencias en este místico pedacito de tierra en medio de esta inmensidad azul que quedará guardado para siempre en nuestras memorias.

Si queréis acompañarnos en nuestro paseo en un vetusto jeep soviético :

http://www.youtube.com/watch?v=jQBR-YmCBq4

Muy temprano, para lo que uno tiene por costumbre, nos levantamos e hicimos acopio de un ligero desayuno en la cocina del Nerpa acompañados por el teutón Misha, y las hermanas finesas Ilma e Ilnes con los que íbamos a realizar el viaje, avisados como estábamos del estado de la carretera que nos llevaría al siguiente destino, la isla de Olkhon.

La furgoneta, una especie de volkswagen T1 pero de marca “sovietica” nos recogió frente al hostel. Esta forma de transporte consistente en llenar furgonetas hasta los topes se conoce popularmente como marshrutkas.  Desde allí efectuamos un recorrido por las calles de Irkutsk recogiendo a varias personas mas, un par de risueños estudiantes pekineses, un par de señoras japonesas ataviadas de manera muy deportiva, y una última parada en el mercado para recoger al último pasajero que completara el longevo vehículo. Al rato de estar allí parados, preguntándonos aún para que madrugar tanto, si al final íbamos a tardar tanto en salir, apareció un peculiar barbudo, que tomó asiento en el último lugar libre, al lado del conductor. Yo, antes de que los rezagados viajeros se subieran a la furgoneta, había optado por ir sentado en posición opuesta tras el conductor, pero comprobé que no iba a ser buena idea viajar así durante tantos kilómetros y decidí cambiarme de sitio ubicándome en la parte de detrás, junto a todo el equipaje, pues ya me estaba mareando, y con seis horas de camino por delante era mejor no tentar a la suerte…

El camino hasta allí no fue lo mejor de esta tan ansiada experiencia. La posiblemente mas bacheada carretera del mundo, me impidió dormitar, púes cada vez que hacía el amago de cerrar los ojos, alguna irregularidad del pavimento me hacia saltar por los aires y volver a la realidad. Está circunstancia me obligó a hacer la siguiente reflexión: ¿por qué el estado ruso en vez de invertir ingentes cantidades de dinero en armas químicas, reactores nucleares etcétera, no destina algo de ello a mejorar las vetustas infraestructuras de esta zona tan transitada anualmente por miles de turistas tanto nacionales como extranjeros? ¿ No les convendría facilitar el acceso y que acudieran mas turistas a ella, y recoger grandes sumas de dinero con ello? Intenté grabar un vídeo de ello, y el resultado ya lo podréis comprobar por vosotros mismos.

Tras efectuar un par de paradas de rigor por el camino (ya sabéis, baños y restaurante donde avituallarse a cambio de una pequeña comisión para el conductor), llegamos al pequeño puerto desde donde salen los ferrys con dirección a la isla de Olkhon. El viento, gélido, no invitaba a salir de la furgoneta, pero mientras esperábamos a que nos concedieran permiso para embarcar, di una vuelta por los alrededores. Contrariamente a lo que hizo la mayoría, que hubiera sido lo mas lógico,y refugiarme en los establecimientos de los aledaños e ingerir algo calentito, decidí subir unas colinas para observar desde las alturas la inmensidad del lago Baikal, que me recibió oscuro, acorde con el cielo amenazador de tormenta que lo cubría.
IMG_6504Allá arriba me llamaron la atención un par de lapidas que encontré. Curiosamente ambas pertenecían a gente joven, deducido por las fechas de nacimiento y defunción, y las imágenes de los difuntos esculpidas en ellas. Aquello me impactó. Interprete que serían victimas imprudentes caídas al vacío debido a alguna temeridad juvenil. Acercarse a estos acantilados sin tener en cuenta un posible golpe fuerte de viento, o algún desprendimiento de tierra te puede costar caro. Yo hace tiempo que cada vez que me asomo a alguno para tomar una fotografía, escucho la voz de mi madre advirtiendome de los peligros y retrocedo un par de pasos. Creo que cuantos mas años cumples, mas consciente eres de los peligros de la vida, mas aprecio tienes por ella y te vuelves mas prudente. Ley de vida. Días mas tarde y tras ver unas cuantas lapidas mas repartidas por toda la isla, pregunté a que se debía tal elevado numero de ellas y sobre todo su ubicación. Me contestaron que el invierno es tan extremo que la gente tiene que arriesgar sus vidas en busca de alimentos, cogiendo el coche por carreteras heladas o intentando pescar en el helado congelado lago produciéndose gran parte de decesos durante esta cruel temporada siberiana. Una triste realidad que no distingue jóvenes de menos jóvenes y se lleva por delante las vidas y las esperanzas de los desesperados habitantes de estos tan bellos y a la vez inhóspitos parajes.

Tras refugiarme en el establecimiento y tomar algo caliente antes de volver a la furgoneta, me presente al curioso barbudo, con el que había intercambiado antes tan solo un par de rápidas miradas. Se llamaba Ugo y venia de un lugar muy lejano y caluroso, Brasil. Me pareció enseguida un tipo peculiar y muy simpático. De aquellas personas que parece que los has conocido toda la vida. No sabía en ese momento que íbamos a compartir casi todo el tiempo en la isla con su risueña compañía.

Vistas de la playa desde la colina cercana a Nikita.

El intenso frío no invitaba a  cruzar el lago en la cubierta del ferry. Nos refugiamos en el interior del vehículo, mucho mas plácidamente. Una vez en tierra firme y tras unos últimos minutos mas de baches, llegamos al punto de destino, Kuzhir. El Nikita Guest House, un acogedor complejo de cabañas de madera, regentado por un antiguo campeón soviético de ping-pong, (Nikita Benzharov) y que acoge a mochileros que llegan desde todo el mundo a visitar este bello y recóndito paraje siberiano. Nosotros, destemplados como estábamos y vislumbrando la posibilidad de tormenta a lo lejos, desistimos ante la idea de acampar en la playa como era nuestra intención, para comenzar al día siguiente un trekking por la parte norte de la isla que nos llevaría tres días al menos.

Eran casi las cuatro y media de la tarde y teníamos que decidir. Cielo gris, mas cuerpos cansados, mas frío, mas montar la tienda y tener que dormir en sacos que no soportan frío extremo ( 0º a 5º) frente a, cama, cabaña de madera, calentita y posibilidad de banha (ducha siberiana) mas tres comidas. No había color y nos rendimos a los cantos de sirena del Nikita. Aún teníamos la esperanza de que el día siguiente fuera bastante mejor y el sol nos diera una alegría y poder estrenar nuestra flamante nueva tienda de campaña…

Árbol ataviado con cintas multicolores. Ofrendas espirituales.

Un paseo por los alrededores para familiarizarnos con la zona, nos llevó a toparnos con la denominada roca del Shaman. Antes de llegar a ella, ya habíamos percibido algunos detalles que nos llamaron la atención. Arboles decorados con cintas de colores, y una hilera de troncos alineados, y ataviados también con cintas multicolores daban un toque místico al escenario sobre el que nos encontrábamos. Se dice que las tribus pobladoras de estas latitudes, los buryat, creen el la brujería y la magia negra de ahí tan peculiares ornamentas por doquier. El gran azul siberiano, el Baikal, posiblemente sea el lago mas abismal del planeta, con sus casi 1600 metros de profundidad. Sus reservas contienen un 20% del agua mundial y se dice que la población entera podría subsistir bebiendo de ella durante cuarenta años. Con estas cifras, y solo una mirada al horizonte uno se hace a la idea de la maravilla que esta contemplando, y de su importancia.

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El  nublado atardecer que contemplamos sobre la famosa roca del Chamán, nos dejo destemplados. Desde allá arriba se cernía una grisácea capa de nubes que no nos dejaba muchas esperanzas para llevar a cabo nuestra aventura tal y como nos habíamos propuesto en un principio. Nos apresuramos a comprobar la oferta gastronómica del Nikita y tras la cena, comenzamos a entablar amistad con algunos turistas mas que habían llegado esa misma tarde como nosotros. Unas interminables partidas al UNO tentados por nuestros nuevos amigos suizos Jonas, Ivo y Franz  ( juego similar a nuestro conocido “Chupate 2”) y unas rondas de cervecita rusa, primero en la cantina y cuando nos echaron de ella refugiados en la habitación de la “Guardia Suiza” nos ayudaron a dormir plácidamente a la espera de ver como amanecía la  siguiente jornada. ¿Habría aventura, o cambio de planes?

Roca del Chamán

Habitación-Casino: de izquierda a derecha en sentido de las agujas del reloj, Franz, Ilnes, Ugo, Misha, Jonas, Ivo, servidor, Kolja y Ilma.Jugando al UNO 🙂