Sobre raíles (II) : Una ventana hacia la realidad rusa.

Publicado: octubre 23, 2013 en Asia, AsiaBbatic, Fotografia, Mochileros, Rusia, Transsiberian, Viajes

Llegamos a Omsk y los tomamos como una bocanada de aire fresco. Llevábamos treinta y ocho horas en tren, y aún nos contemplaban otras treinta y nueve, para llegar al destino final, Irkutsk, donde nos esperaba el apacible Lago Baikal. Habíamos reservado habitación en un hotel a las afueras de la ciudad, con una gran parque sobre uno de los margenes del río Irytysh tras él. Buscábamos relax, tranquilidad y descanso, tras unas jornadas agotadoras. La oferta del hotel Nika lo prometía, ademas de alquiler de bicicletas gratis, que en ese entorno parecía mas que apetecible.

La llegada al hostal no fue fácil. Teníamos la casi certeza de que el autobús número 4 nos llevaría en esa dirección, pero habíamos extraviado el papel. No obstante, subí al autobús y pregunté al conductor si el recorrido nos dejaría cerca del balnitza (hospital) que estaba cerca de nuestro destino. Pude comprobar de nuevo la “amabilidad” de algunos rusos. El señor, enfurruñado me negó con la cabeza, seguramente por que no entendió mi “depurado” acento ruski-spanski. Problema a la vista, solución rápida y segura. Recurrir a internet para consultarlo. Buscar una wifi disponible fue casi misión imposible. En Omsk, o al menos alrededor de la estación, no se estila el tener ciber cafés. Pequeños comercios se aglutinan en su entorno. Prendas, comestibles e incluso una galería donde solo se vende telefonía móvil y accesorios varios en todos sus puestos, pero ni rastro de wifi. Tras separarnos e intentar dar con algún local que tuviera acceso a interrnet, encontramos no muy lejos un Kentucky Fried Chicken, donde logramos conectarnos y contactar con el hotel. Efectivamente, el autobús que nos dejaba casi en la puerta era el número 4. La barrera idiómatica nos había hecho perder casi una hora, ademas de producirnos un estrés no recomendable a esas horas de la mañana.

La llegada al prometedor lugar de descanso, no fue como esperábamos. El hotel en obras, las bicicletas de alquiler, previo pago… no era como habíamos imaginado. Tras enseñarles la página que contratamos a través de booking.com, nos dijeron que esa era una oferta obsoleta. Al menos el precio, que era bastante bajo, nos lo conservaron.

La recepcionista, bastante simpática y que hablaba algo de español, pues había vivido en su infancia en nuestro Buenos Aires querido, nos clarificó el problema burocrático ruso. Por ley, uno está obligado a registrarse en cada ciudad en la que se pasen mas de setenta y dos horas, si no se hace, te pueden parar en la calle y ser multado, o bien hacerlo a la hora de salir del país. Lo “normal” sería registrarse en cada lugar donde uno se hospeda, pero aquí viene la trampa que fuimos comprobando en cada destino. En los hostels te piden una cantidad que es inversamente proporcional a la distancia que hay desde la capital. Así, en Moscú nos pedían 700 rublos por persona y mas adelante, en Irkutsk nos pedirían 400. Por ley, según nos dijo la recepcionista, todos los hoteles/hosteles deben registrarte de forma gratuita. Una forma mas de pirateo y de aprovecharse del turismo low cost. Nosotros habíamos decidido no contribuir a este juego y probar fortuna en la frontera, aun exponiéndonos a la multa, pues no habíamos escuchado aun ningún caso en el que algún turista se viera involucrado. Eso si, guardábamos todos los billetes para tener pruebas del recorrido efectuado si llegase el caso de que nos preguntaran. Este “control” debió de ser mas exhaustivo en otros tiempos, y quizás mas susceptible al abuso de las autoridades buscando una paga extra por parte del inocente turista que tuviera la suerte de ser parado por algún “honorable” oficial de policía. Ante tanta corruptela, fuertemente castigada por las autoridades rusas desde no hace mucho tiempo, parece ser que este “seguimiento” está mas relajado. No obstante le entregamos todos nuestros billetes de tren, y ella se encargó de enviar un fax con nuestro pasaporte, y los comprobantes de nuestro recorrido a la oficina pertinente, y en una hora nos había “legalizado” la situación.

Un afeitado, que falta me hacía ya, y una buena ducha y pusimos rumbo a la ciudad. Como las demás ciudades rusas que hemos conocido, se daban varios denominadores comunes. Tráfico masivo por el centro, estatua de Lenin, monumento conmemorativo en memoria de las víctimas de la II Guerra Mundial, río partiendo la ciudad, arquitectura clásica, y sus colores pastel por el centro, su parte mas lineal y soviética en las afueras, iglesia de bellas cúpulas encebolladas. No obstante esta ciudad tenia un par de peculiaridades.

Según nuestra guía de viaje ( Trans-Siberian Handbook), resaltaban el curioso Museo Estatal de Historia y Estudios Regionales en cuyo interior a parte de los estudios sobre los primeros homínidos que poblaron la zona y como Siberia se unió al imperio ruso, había infinidad de fauna autóctona disecada. Algo un poco “friki” pero que llamó nuestra atención. Volvimos a poner en practica nuestros “carnets de estudiantes” que funcionaron una vez mas, aunque esta vez la taquillera no lo tuvo tan claro y le costó aceptarlo pues no veía por ningún lado las palabras universidad o estudiantes en nuestras credenciales nacionales. Para sacar fotos del interior pedían dinero, práctica habitual en muchos lugares, así que no pude sacar fotos, intenté en una ocasión pero una vigilante me sorprendió, y tal y como me lo dijo preferí no volver a arriesgarme a otra regañina.

Fue un tanto escalofriante el ver tanto animal “tieso” y mas aun encontrarle un significado  a esto en el museo. Debe ser que no les daba para tener un zoológico tal vez, por el clima y por el dinero que ello cuesta mantenerlo.

Otra peculiaridad de la ciudad es que hay estatuas bastante graciosas repartidas por ella. El Ulises de James Joyce, Vincent Van Gogh, e incluso nuestro ilustre Don Quijote se encuentran repartidos por la ciudad. Nos decidimos a jugar con ellas, a reponer fuerzas en el café Berlín (20 ul Lenina) ante unos riquísimos platos de pasta, y paseamos por la ribera del río, desde donde vimos el atardecer,  antes de volver a nuestro hotel, esta vez en taxi pues se nos hizo tarde tomando una cerveza y degustando sushi en un bar muy cool  llamado Journalist (ul Lenina 34) donde contactamos con el mundo exterior…
Debido a que ya era tarde y el servicio de autobuses urbanos es solo hasta las 20.00 h, tuvimos que hacer llamar un taxi. Lo de los taxistas aquí es para hacérselo mirar. Parece que compiten en circuitos, cada vez que se incorporan a una rotonda, y otro vehículo se aproxima, los conductores parece cruzar sus miradas y desafiarse a ver quien pasa antes, sin tener en cuenta leyes de preferencia o cualquier otra regla básica de la conducción.Toda una experiencia. Hasta ese momento dos taxis que tomamos, dos veces que pasamos un mal rato. Mas efectividad no se puede pedir…

Pasamos la soleada mañana recorriendo a pie los senderos colindantes al hotel que nos llevaron al cauce del río. Después de disfrutar de tan apacible momento, volvimos a la realidad y pusimos rumbo a la estación. Hicimos acopio de unas viandas para el camino y nos acomodamos en nuestro vagón.  Estábamos preparados para las siguientes treinta y nueve horas. Dos mil cuatrocientos setenta y tres kilómetros de raíles aguardaban a ser devorados por nuestra locomotora. Nosotros, con la recompensa del inmenso Baikal en lontananza,  aceptábamos el desafío de este segundo asalto ferroviario.

Menos concurrido que el anterior trayecto, pues a medida que se aleja de la capital, los vagones están mas deshabitados, la ventanilla y su paisaje fueron nuestro principal aliado. El verde predomina en casi todo el recorrido, poblaciones esparcidas en las inmediaciones de las vías del tren, casas de madera, que yo hacia en desuso pero que en Rusia parecen ser las edificaciones donde habita la vecindad rural. Ya nos habían llamado la atención, en Vladimir y Suzdal, pero mas sorprendente fue comprobar que se repetían pueblo tras pueblo constituyéndose en la forma de vida de gran parte de la población rusa. Los huertos, las granjas, las casitas de madera, dan un aspecto bucólico al paisaje, transmitiendo una tranquilidad que cuesta imaginar como se verá afectada ante la llegada del crudo y helado invierno, con sus blancos y helados aderezos, toda esta campiña.

Difícil de fotografiar pues entre la velocidad del tren y el pequeño espacio para sacar la cámara por la minúscula ventana desde la que se percibe cada dos por tres el sonido cercano de los postes, que pasan silbando el vagón, me aventuro a efectuar disparos aleatorios y ver que puedo salvar para compartirlo con vosotros y que os hagáis una idea. Resulta complicado el enfocar, pues casi lo tenía que hacer de puntillas, ademas de ser acompañado por el inestable traqueteo continuo y la velocidad del tren, aparte de arriesgar la cámara al sacarla por fuera. No trato de excusarme, pero seguramente no son las mejores fotos que haya tomado.

En uno de mis paseos me encontré con un curioso personaje. Su pelo canoso, y el humo que desprendía de su boca, tras la que se entreveían unos llamativos dientes plateados, que le conferían un aspecto de antiguo espía ruso de las películas de James Bond. Le pedí permiso para tomarle una foto a lo que el accedió. Pronto comenzamos una “conversación” en la que Rafa Nadal, apareció varias veces, primero al decirle que yo venia de España. Después, cuando una vez sentado y mientras escribía, el se me aproximo y se puso a decirme que era zurdo…con Rafa.

IMG_5958 El decía, que en su época, como le sucedió a mi madre con sus monjas durante el franquismo, te castigaban si escribías con la izquierda, y que mas de un coscorrón se había llevado. Estuvimos departiendo como pudimos hasta que nos ofreció compartir vodka. Nosotros lo rechazamos amistosamente, de la manera que nos habían aconsejado, alegando que estábamos tomando medicinas. El insistía,y nosotros seguíamos rechazándolo, eran tan solo las cinco de la tarde.  De repente, una oronda mujer se acercó y pareció echarle una regañina. Se marchó con una sonrisa medio socarrona medio sometida. La mujer rusa tiene carácter, y es capaz de intimidar a un personaje que por si mismo inquietaría a cualquiera si uno se lo encontrara en un callejón a oscuras en cualquier pueblo de Rusia.

Llegó la noche y efectuamos parada en algún punto que no puedo recordar. Allí, en el andén se amontonaban mujeres con pescados en ristre. Los pasajeros se apresuraban a comprarlos y nosotros mirábamos atónitos ante semejante costumbre. Pescado vendido en la estación, para ser consumido en el tren no nos parecía la mejor manera de viajar. Ademas teníamos un montón de noodles con lo que no necesitábamos víveres de ningún tipo salvo agua para refrescarnos. El té que tomábamos a cualquier hora nos empezaba a saturar. Fue nuestro primer contacto con el pescado ahumado típico de la zona, el omul. Pronto descubriríamos su intrigante sabor aunque aún deberíamos esperar unos días para ello.

Una foto en una antigua locomotora de las muchas que se encuentran aparcadas a  modo de homenaje en multitud de estaciones a lo largo de la vía trasiberiana, y vuelta al vagón.  Escribir, ver algún capitulo de Breaking Bad, o How i Met Your Mother, y esperar al día siguiente mientras uno se postra buscando un sueñecito reparador sobre ruedas.

El día siguiente y con el vagón cada vez mas vacío se hace algo largo. Se nota que es temporada baja. Apenas en todo el trayecto hemos coincidido con turistas. Poca gente hace el divertido y concurrido platzkart, pues la mayoría que hemos encontrado en andenes o hosteles han tomado los compartimentos de cuatro, kupé. El día transcurre mirando a través de la ventanilla, contemplando la Rusia profunda prepararse para la llegada del inminente frío.

Otra parada nocturna, otro mercadillo para recolectar viandas, otra locomotora insigne esperando a algún turista con el que fotografiarse. Era como un bucle del día anterior. La provonitza limpia el vagón dejándolo preparado para la llegada de nuevos pasajeros. Tras ello, la luz se apaga, el silencio se apodera del tren. Solo resuena su constante traqueteo.

Al despertarnos nos encontramos en las inmediaciones de Irkutsk. Próxima parada Lago Baikal.

¡Por fin naturaleza!

comentarios
  1. Buenas Manu!
    Soy Moisés, el blog me encanta. De hecho, lo único malo que veo, es que no tiene botones de hacer “me gusta” al blog en general, o compartir o cosas así. Sólo está si te metes ya a comentar un artículo en concreto.
    El único botón de seguir, es vía email, y no se ve mucho, está abajo en una esquinuca a la derecha ;P Pero vamos, que el blog y cómo cuentas todo está genial. Estoy por irme a Mongolia sólo para ponerlo en práctica 😉
    Se lo estoy pasando a un par de amigos viajeros, a ver su opinión y a ver si difunden entre círculos de Willy Fogs. (o cómo se escriba el viajero aquel).
    Un abrazo enorme!

  2. Martin dice:

    Estoy organizando mi viaje por el Transiberiano y me gustaría saber si puedo contactarte por alguna dirección de email. Saludos!

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