Archivos para octubre, 2013

Llegamos a Omsk y los tomamos como una bocanada de aire fresco. Llevábamos treinta y ocho horas en tren, y aún nos contemplaban otras treinta y nueve, para llegar al destino final, Irkutsk, donde nos esperaba el apacible Lago Baikal. Habíamos reservado habitación en un hotel a las afueras de la ciudad, con una gran parque sobre uno de los margenes del río Irytysh tras él. Buscábamos relax, tranquilidad y descanso, tras unas jornadas agotadoras. La oferta del hotel Nika lo prometía, ademas de alquiler de bicicletas gratis, que en ese entorno parecía mas que apetecible.

La llegada al hostal no fue fácil. Teníamos la casi certeza de que el autobús número 4 nos llevaría en esa dirección, pero habíamos extraviado el papel. No obstante, subí al autobús y pregunté al conductor si el recorrido nos dejaría cerca del balnitza (hospital) que estaba cerca de nuestro destino. Pude comprobar de nuevo la “amabilidad” de algunos rusos. El señor, enfurruñado me negó con la cabeza, seguramente por que no entendió mi “depurado” acento ruski-spanski. Problema a la vista, solución rápida y segura. Recurrir a internet para consultarlo. Buscar una wifi disponible fue casi misión imposible. En Omsk, o al menos alrededor de la estación, no se estila el tener ciber cafés. Pequeños comercios se aglutinan en su entorno. Prendas, comestibles e incluso una galería donde solo se vende telefonía móvil y accesorios varios en todos sus puestos, pero ni rastro de wifi. Tras separarnos e intentar dar con algún local que tuviera acceso a interrnet, encontramos no muy lejos un Kentucky Fried Chicken, donde logramos conectarnos y contactar con el hotel. Efectivamente, el autobús que nos dejaba casi en la puerta era el número 4. La barrera idiómatica nos había hecho perder casi una hora, ademas de producirnos un estrés no recomendable a esas horas de la mañana.

La llegada al prometedor lugar de descanso, no fue como esperábamos. El hotel en obras, las bicicletas de alquiler, previo pago… no era como habíamos imaginado. Tras enseñarles la página que contratamos a través de booking.com, nos dijeron que esa era una oferta obsoleta. Al menos el precio, que era bastante bajo, nos lo conservaron.

La recepcionista, bastante simpática y que hablaba algo de español, pues había vivido en su infancia en nuestro Buenos Aires querido, nos clarificó el problema burocrático ruso. Por ley, uno está obligado a registrarse en cada ciudad en la que se pasen mas de setenta y dos horas, si no se hace, te pueden parar en la calle y ser multado, o bien hacerlo a la hora de salir del país. Lo “normal” sería registrarse en cada lugar donde uno se hospeda, pero aquí viene la trampa que fuimos comprobando en cada destino. En los hostels te piden una cantidad que es inversamente proporcional a la distancia que hay desde la capital. Así, en Moscú nos pedían 700 rublos por persona y mas adelante, en Irkutsk nos pedirían 400. Por ley, según nos dijo la recepcionista, todos los hoteles/hosteles deben registrarte de forma gratuita. Una forma mas de pirateo y de aprovecharse del turismo low cost. Nosotros habíamos decidido no contribuir a este juego y probar fortuna en la frontera, aun exponiéndonos a la multa, pues no habíamos escuchado aun ningún caso en el que algún turista se viera involucrado. Eso si, guardábamos todos los billetes para tener pruebas del recorrido efectuado si llegase el caso de que nos preguntaran. Este “control” debió de ser mas exhaustivo en otros tiempos, y quizás mas susceptible al abuso de las autoridades buscando una paga extra por parte del inocente turista que tuviera la suerte de ser parado por algún “honorable” oficial de policía. Ante tanta corruptela, fuertemente castigada por las autoridades rusas desde no hace mucho tiempo, parece ser que este “seguimiento” está mas relajado. No obstante le entregamos todos nuestros billetes de tren, y ella se encargó de enviar un fax con nuestro pasaporte, y los comprobantes de nuestro recorrido a la oficina pertinente, y en una hora nos había “legalizado” la situación.

Un afeitado, que falta me hacía ya, y una buena ducha y pusimos rumbo a la ciudad. Como las demás ciudades rusas que hemos conocido, se daban varios denominadores comunes. Tráfico masivo por el centro, estatua de Lenin, monumento conmemorativo en memoria de las víctimas de la II Guerra Mundial, río partiendo la ciudad, arquitectura clásica, y sus colores pastel por el centro, su parte mas lineal y soviética en las afueras, iglesia de bellas cúpulas encebolladas. No obstante esta ciudad tenia un par de peculiaridades.

Según nuestra guía de viaje ( Trans-Siberian Handbook), resaltaban el curioso Museo Estatal de Historia y Estudios Regionales en cuyo interior a parte de los estudios sobre los primeros homínidos que poblaron la zona y como Siberia se unió al imperio ruso, había infinidad de fauna autóctona disecada. Algo un poco “friki” pero que llamó nuestra atención. Volvimos a poner en practica nuestros “carnets de estudiantes” que funcionaron una vez mas, aunque esta vez la taquillera no lo tuvo tan claro y le costó aceptarlo pues no veía por ningún lado las palabras universidad o estudiantes en nuestras credenciales nacionales. Para sacar fotos del interior pedían dinero, práctica habitual en muchos lugares, así que no pude sacar fotos, intenté en una ocasión pero una vigilante me sorprendió, y tal y como me lo dijo preferí no volver a arriesgarme a otra regañina.

Fue un tanto escalofriante el ver tanto animal “tieso” y mas aun encontrarle un significado  a esto en el museo. Debe ser que no les daba para tener un zoológico tal vez, por el clima y por el dinero que ello cuesta mantenerlo.

Otra peculiaridad de la ciudad es que hay estatuas bastante graciosas repartidas por ella. El Ulises de James Joyce, Vincent Van Gogh, e incluso nuestro ilustre Don Quijote se encuentran repartidos por la ciudad. Nos decidimos a jugar con ellas, a reponer fuerzas en el café Berlín (20 ul Lenina) ante unos riquísimos platos de pasta, y paseamos por la ribera del río, desde donde vimos el atardecer,  antes de volver a nuestro hotel, esta vez en taxi pues se nos hizo tarde tomando una cerveza y degustando sushi en un bar muy cool  llamado Journalist (ul Lenina 34) donde contactamos con el mundo exterior…
Debido a que ya era tarde y el servicio de autobuses urbanos es solo hasta las 20.00 h, tuvimos que hacer llamar un taxi. Lo de los taxistas aquí es para hacérselo mirar. Parece que compiten en circuitos, cada vez que se incorporan a una rotonda, y otro vehículo se aproxima, los conductores parece cruzar sus miradas y desafiarse a ver quien pasa antes, sin tener en cuenta leyes de preferencia o cualquier otra regla básica de la conducción.Toda una experiencia. Hasta ese momento dos taxis que tomamos, dos veces que pasamos un mal rato. Mas efectividad no se puede pedir…

Pasamos la soleada mañana recorriendo a pie los senderos colindantes al hotel que nos llevaron al cauce del río. Después de disfrutar de tan apacible momento, volvimos a la realidad y pusimos rumbo a la estación. Hicimos acopio de unas viandas para el camino y nos acomodamos en nuestro vagón.  Estábamos preparados para las siguientes treinta y nueve horas. Dos mil cuatrocientos setenta y tres kilómetros de raíles aguardaban a ser devorados por nuestra locomotora. Nosotros, con la recompensa del inmenso Baikal en lontananza,  aceptábamos el desafío de este segundo asalto ferroviario.

Menos concurrido que el anterior trayecto, pues a medida que se aleja de la capital, los vagones están mas deshabitados, la ventanilla y su paisaje fueron nuestro principal aliado. El verde predomina en casi todo el recorrido, poblaciones esparcidas en las inmediaciones de las vías del tren, casas de madera, que yo hacia en desuso pero que en Rusia parecen ser las edificaciones donde habita la vecindad rural. Ya nos habían llamado la atención, en Vladimir y Suzdal, pero mas sorprendente fue comprobar que se repetían pueblo tras pueblo constituyéndose en la forma de vida de gran parte de la población rusa. Los huertos, las granjas, las casitas de madera, dan un aspecto bucólico al paisaje, transmitiendo una tranquilidad que cuesta imaginar como se verá afectada ante la llegada del crudo y helado invierno, con sus blancos y helados aderezos, toda esta campiña.

Difícil de fotografiar pues entre la velocidad del tren y el pequeño espacio para sacar la cámara por la minúscula ventana desde la que se percibe cada dos por tres el sonido cercano de los postes, que pasan silbando el vagón, me aventuro a efectuar disparos aleatorios y ver que puedo salvar para compartirlo con vosotros y que os hagáis una idea. Resulta complicado el enfocar, pues casi lo tenía que hacer de puntillas, ademas de ser acompañado por el inestable traqueteo continuo y la velocidad del tren, aparte de arriesgar la cámara al sacarla por fuera. No trato de excusarme, pero seguramente no son las mejores fotos que haya tomado.

En uno de mis paseos me encontré con un curioso personaje. Su pelo canoso, y el humo que desprendía de su boca, tras la que se entreveían unos llamativos dientes plateados, que le conferían un aspecto de antiguo espía ruso de las películas de James Bond. Le pedí permiso para tomarle una foto a lo que el accedió. Pronto comenzamos una “conversación” en la que Rafa Nadal, apareció varias veces, primero al decirle que yo venia de España. Después, cuando una vez sentado y mientras escribía, el se me aproximo y se puso a decirme que era zurdo…con Rafa.

IMG_5958 El decía, que en su época, como le sucedió a mi madre con sus monjas durante el franquismo, te castigaban si escribías con la izquierda, y que mas de un coscorrón se había llevado. Estuvimos departiendo como pudimos hasta que nos ofreció compartir vodka. Nosotros lo rechazamos amistosamente, de la manera que nos habían aconsejado, alegando que estábamos tomando medicinas. El insistía,y nosotros seguíamos rechazándolo, eran tan solo las cinco de la tarde.  De repente, una oronda mujer se acercó y pareció echarle una regañina. Se marchó con una sonrisa medio socarrona medio sometida. La mujer rusa tiene carácter, y es capaz de intimidar a un personaje que por si mismo inquietaría a cualquiera si uno se lo encontrara en un callejón a oscuras en cualquier pueblo de Rusia.

Llegó la noche y efectuamos parada en algún punto que no puedo recordar. Allí, en el andén se amontonaban mujeres con pescados en ristre. Los pasajeros se apresuraban a comprarlos y nosotros mirábamos atónitos ante semejante costumbre. Pescado vendido en la estación, para ser consumido en el tren no nos parecía la mejor manera de viajar. Ademas teníamos un montón de noodles con lo que no necesitábamos víveres de ningún tipo salvo agua para refrescarnos. El té que tomábamos a cualquier hora nos empezaba a saturar. Fue nuestro primer contacto con el pescado ahumado típico de la zona, el omul. Pronto descubriríamos su intrigante sabor aunque aún deberíamos esperar unos días para ello.

Una foto en una antigua locomotora de las muchas que se encuentran aparcadas a  modo de homenaje en multitud de estaciones a lo largo de la vía trasiberiana, y vuelta al vagón.  Escribir, ver algún capitulo de Breaking Bad, o How i Met Your Mother, y esperar al día siguiente mientras uno se postra buscando un sueñecito reparador sobre ruedas.

El día siguiente y con el vagón cada vez mas vacío se hace algo largo. Se nota que es temporada baja. Apenas en todo el trayecto hemos coincidido con turistas. Poca gente hace el divertido y concurrido platzkart, pues la mayoría que hemos encontrado en andenes o hosteles han tomado los compartimentos de cuatro, kupé. El día transcurre mirando a través de la ventanilla, contemplando la Rusia profunda prepararse para la llegada del inminente frío.

Otra parada nocturna, otro mercadillo para recolectar viandas, otra locomotora insigne esperando a algún turista con el que fotografiarse. Era como un bucle del día anterior. La provonitza limpia el vagón dejándolo preparado para la llegada de nuevos pasajeros. Tras ello, la luz se apaga, el silencio se apodera del tren. Solo resuena su constante traqueteo.

Al despertarnos nos encontramos en las inmediaciones de Irkutsk. Próxima parada Lago Baikal.

¡Por fin naturaleza!

IMG_5733IMG_5751IMG_5754

Salimos de Vladimir en dirección a Omsk, donde efectuamos parada para no eternizar el viaje, que como destino final tenía Irkutsk y su bello lago Baikal en el corazón siberiano. Dos mil quinientos kilómetros, ¡treinta y ocho horas de tren! Cuándo lo vimos nos pareció que sería eterno, pero una vez en marcha, la verdad es que pasó rápido. Me apuraría a decir que se hizo corto…

Las reservas y la impresión de billetes pronto estuvo más controlado. Hemos tenido el privilegio de poder contar con la inestimable ayuda de internet a la hora de realizar nuestras reservas, ahorrándonos malos entendidos y colas insoportables. La página www.rdz.ru además la aplicación en inglés esta disponible desde mayo, con lo que uno de los principales temores del viaje quedó totalmente eludido. Cada estación cuenta con unas máquinas rojas en las que metiendo tu número de reserva y tu pasaporte, imprimes el billete. Nosotros para asegurar todo bien,y no entrar en pánico, acudíamos siempre una hora antes a las estaciones, cosa rara en mí, pues los que me conocéis ya sabéis que la puntualidad no es una de mis virtudes. Lo único que realmente hay que tener en cuenta es que todos los trenes circulan con horario de Moscú. En un país en el que puedes pasar por cuatros diferentes bandas horarias durante un trayecto, es un detalle bastante importante a medida que uno avanza en el viaje.

IMG_5710IMG_5715Hemos utilizado la clase platzkart, la más económica que puedes encontrar y que consiste en un vagón con nueve habitáculos y tres literas en cada uno (seis camas). Ademas cada vago cuenta con un samovar, una especie de caldera que te proporciona agua caliente durante todo el día y que es básico para la supervivencia en el tren, pues con ese agua hirviendo te preparas los noodles y las tazas de té que sean necesarias para subsistir. Ademas está la provonitza que es la azafata encargada de controlar los billetes, avisar de las paradas, repartir sabanas, limpiar el vagón y los aseos, y a veces de poner amenizadora música. La gente, que en principio te mira raro (como nosotros a ellos) suelen ser bastante amables. Viajan muy preparados, pues la mayoría viene acompañada de mucha comida, pasatiempos (los crucigramas son sus favoritos), libros, etcétera. Los viajeros en su mayoría, al menos pasan un día entero en el tren, con lo que se pertrechan bastante bien para ello. Con las distancias que hay en este país, ir de una ciudad a otra lleva casi mas tiempo de lo que nos lleva a nosotros en Europa el cruzar de un país al otro. Para haceros una idea, solo en estos dos trayectos atravesamos  cinco diferentes bandas horarias. Moscu tiene +2 CET, Omsk +5 CET, e Irkutsk +7 CET.

Nos alejamos poco a poco de lo conocido, y nos acercamos a lo inquietamente desconocido. Había ganas de comenzar la verdadera aventura, pues, pese a que a muchos de vosotros os parecerá todo una peripecia desde el principio, a nosotros aun no nos parecía gran cosa. pues no habíamos notado grandes diferencias culturales en lo que al estilo de vida occidental se refiere. No en vano, tan solo habíamos conocido las dos grandes ciudades rusas, Moscú y San Petersburgo, que no tienen mucho que envidiar a las grandes capitales europeas, como habréis comprobado en mis anteriores posts.

Mentalizados para el cambio, y con ganas inmensas de comprobar la evolución del viaje, de ir conociendo gentes y culturas mas diversas. Poco a poco notamos que incluso los rusos se iban abriendo mas, a medida que nos alejábamos de las grandes ciudades.

IMG_5637Nosotros tuvimos suerte con nuestras primeras compañeras de viaje. Svetlana una profesora y Elevna una ingeniera, rompieron el hielo con sus sonrisas y sus intentos por comunicarse con nosotros. Quedaron prendadas de la belleza de Kolja, y sus rasgos nórdicos y de mi humor latino. Con su poquito de inglés y nuestro diccionario ruso pudimos entretenernos un rato y pasar las primeras horas de viaje bastante bien. lastima que se bajaron pronto, en Nizhni Novgorod y no pudimos coincidir mas con ellas, pues eran bastante extrovertidas. Al despedirnos, Svetlana con una mirada nos deseo suerte para nuestro largo viaje, y algo que intuí como que cuidara de mi preciosa novia. Fue como si me lo estuviera diciendo la madre de Kolja.

La barrera idiomática pesa, eso es irrefutable, y hace que la gente en general mantenga las distancias, aunque siempre hay intrépidos que chapurrean algo de inglés y en cuanto te perciben se acercan a ti, a intentar ayudarte, conocerte e interesarse por ti ávidos de mejorar sus limitado conocimiento de la lengua de Shakespeare.

IMG_5776Como muestra de ello os contaré una anécdota ocurrida en nuestra primera velada que transcurrió por vías transiberianas. Rememoro aquella noche. Fuera era bastante cerrada. De fondo, la radio, con música rusa, bastante amenizadora. Guitarras, baterías, una melodía algo melancólica, de raíces pop-folk. Kolja se reflejaba en la ventana, sumida también en la escritura, nuestro pasatiempo para cuando las baterías del notebook o la tablet escaseaban ( yo andaba poniéndome al día con Breaking Bad, totalmente adicto ). Las últimas “pilas” siempre las reservabamos para ver algo antes de dormir. Llegaríamos a Omsk a las 6.15 a.m (siempre horario de Moscú )aunque allí serían ya las 9.15 a.m

Recuerdo tener la mirada perdida entre las sombras tras las que distinguía arboledas que íbamos pasando a gran velocidad, el destello de alguna luz y el centelleo al cruzarnos con algún otro tren de vez en cuando que viajaba en sentido opuesto al nuestro buscando inspiración.

Como iba diciendo, la gente es bastante amable dentro de los vagones. Hay una especial comunión entre los pasajeros. Aquella primera noche conocí a un chico, Vladimir con el que tuve la oportunidad de departir de diversos temas que hasta entonces pensaba que eran tabú por estos lares. Hijo de antiguos comunistas que ahora gozan de un retiro dorado a orillas del mar negro en algún apacible pueblecito ucraniano donde se dedican a producir vino, trabaja como fiscal para el estado, aunque “freelance”, lo que le permite viajar bastante. Él volvía de Helsinki y Copenhague y regresaba a su hogar en Perm. Se ofreció a hospedarnos en su casa y a enseñarnos los alrededores, pero desgraciadamente ya teníamos billetes comprados para Omsk e Irkutsk (próximos destinos) y andábamos muy justos de tiempo, con lo que declinamos su amistosa e interesante invitación.

Comenzamos a debatir de temas de ayer y de hoy relacionados con su país, los viejos tiempos, la historia, etcétera. De repente pregunté algo. Él, sospechoso, miró hacia los lados y me dijo que era mejor que siguiéramos hablando en otro lado. Me pidió que  le acompañara a echarse un cigarrillo, a lo que accedí, pese a que sabia que no iba a ser mi lugar favorito. Entre vagón y vagón, en un habitáculo minúsculo sin apenas ventilación, donde la gente acude a fumar, entre el humo y las pequeñas luces, la conversación adquirió un aire clandestino…

A nuestro lado había un grupo de chicas conversando con un chico. Este, se percató de que hablábamos de política, y se unió a nuestra conversación, abandonando a las tres señoritas que apuraban sus cigarrillos y sus latas de cerveza. Nuestro inesperado invitado, que no hablaba mucho inglés, pero al menos algo entendía, se llamaba Dimitri. Además Vladimir, le hacía las veces de interprete. Reflejo de la sociedad rusa, uno era defensor a ultranza del actual presidente, y el otro estaba contra todo, ni este presidente, ni los americanos y su contaminante capitalismo. Un tanto extraño bajo mi punto de vista, pues Dimitri, trabajaba en Siberia para una compañía energética, y yo por ello le suponía erróneamente mas afín a la política basada en la explotación de recursos que parece que esta reportando bastantes beneficios al país de la mano de Putin. Uno tiene querencia a conocer de primera mano las historias de cada país, aunque siempre tengan un prisma según quien te las cuente. Me hubiera gustado indagar algo mas, pero tampoco era el ambiente propicio para ello. Me tuve que conformar con ligeras pinceladas, para empezar a hacerme una idea de lo que la gente de aquí opina sobre ciertos escabrosos temas.

IMG_5668Las chicas esperaban, así que dejamos la conversación seria, para dedicarnos a cosas mas mundanas. Un español, y mas con pelo rizado y barba, es algo exótico por estos lares, y ellos también quieren conocer cosas y te preguntan por el estilo de vida que tenemos. Kolja estaba ya en la cama, así que me tuve que defender solo con la inestimable colaboración del “traductor” Vladimir. La verdad es que se me hizo amena la charla. La que mas animada parecía en saber cosas de mi, resulto ser la prometida de Dimitri. Castaña y delgadita, con rostro muy sonriente estaba apasionaba con mi acento, y mi nombre la enloquecía. Mientras dimitri estaba fumando, ella me decía en ruso “Manu no, pero Manuel, bufff…”  ante el rubor de Vladimir, quien se colocaba sus descolocadas gafas al traducirlo. A mi se me quedó cara de estupor. El novio, al regresar se percató de la escena y se lo tomó con gracia, y yo hice lo propio. Menos mal que mi “parienta” estaba en su aposento, no quiero imaginar lo que hubiera sido una pelea de celos en medio de los vagones del transiberiano entre una rusa y una holandesa…

Ya sin cervezas y tras un par de llamadas de atención de la provonitza, encargada de custodiar la tranquilidad en el vagón por las noches, nos retiramos a dormir. El vagón cada vez parecía mas vacío, conforme vamos aproximándonos a nuestro destino. Estos trayectos deben ser menos concurridos. Deberíamos estar adentrándonos en Siberia a esas alturas.

Como compañeros de habitáculo, teníamos a una señora mayor con su nieta, que ya dormían pese al escándalo que debimos montar. Por la mañana se bajaron en Ekaterimburgo, mientras yo me despertaba. Su lugar lo ocuparon un chico que no hablaba nada, y que  tan solo se limitaba a observar nuestros movimientos, y una chica muy simpática que chapurreaba algo de inglés. Descubrimos que era cantante, y algo famosa en su lugar de origen pues salia en la T.V, y no enseño fotos de ella con su grupo musical. Venia de regreso, tras visitar a su novio. Dos días de viaje en cada sentido ni mas ni menos. Si eso no es amor…

IMG_5787IMG_5803La acompañaba una flauta budista, que estaba intentando aprender a tocar, y que intentó infructuosamente que nosotros sacáramos alguna nota de ella. Detrás de nosotros un  señor muy amable que nos regaló tres tomates y un pepino que aderezaron nuestro insípido plato de alforfón (trigo sarraceno) muy típico de estos lares. El señor de aspecto kazajo, o mongol, viajaba con un montón de viandas que no le importaba compartir y que siempre sonreía. Hablaba muy poco ruso, y fue una pena el no poder comunicarse con él. Parecía una buenísima persona. Le gente de nuevo dormía y nosotros estábamos con el cansancio acumulado. Un rato después apuraríamos las baterías de nuestros “modernos” equipos electrónicos y cerraríamos los ojos. Al abrirlos ya estaríamos en plena Siberia. Preparados para al aventura. La primera etapa en el transiberiano nos dejaba bastante buen sabor de boca. Un montón de gente simpática que se había encargado de que no nos aburriéramos ni un instante. Una experiencia que ahora desde la distancia me recuerda ligeramente a la película “El camarote” de los hermanos Marx. Transiberiano, es sinónimo de diversión asegurada. Si podéis experimentarlo alguna vez, no lo dudéis, venid y descubrirlo vosotros ti mismos.

IMG_5720 IMG_5796 IMG_5664 IMG_5644

Todavía con la imagen de los fuegos artificiales que pusieron colofón a nuestra estancia en la capital moscovita en la retina, salimos de madrugada hacia la estación de tren. El aire fresco acariciaba nuestros somnolientos rostros mientras caminábamos en dirección a la estación. Empezábamos nuestra ruta hacia el interior asiático dejando atrás la comodidad de las grandes urbes rusas. Días antes habíamos tratado de sacar los billetes mas económicos que pudiéramos para emprender viaje hacia el lejano este y efectuar nuestra primera parada. Los que encontramos por la web no aparecían en la pantalla del ordenador de la taquillera de turno en la estación. Tuvimos que adquirir unos a un precio mas elevado y en moderno tren de alta velocidad, que nos llevaría a Vladimir en apenas hora y media. Parte del encanto de dejar Moscú en un tren cargado de gente en coches cama quedo difuminado de golpe. En los confortables asientos del moderno convoy escuchando música y dando una breve pero intensa cabezada, se pasó rápidamente el trayecto.

A las 8:30 a.m llegamos a destino. La ciudad nos recibió encapotada y gris. Era domingo y pronto varias campanadas empezaron a repicar llamando a misa. Desde la estación, a los pies de la ciudad, habíamos divisado a lo lejos el complejo religioso. Sus doradas cúpulas, que brillaban sin necesidad de sol, nos habían cautivado, haciendo de imán atrayente. Vladimir, a 180 kilómetros de la capital rusa pertenece al llamado anillo de oro, que abarca al conjunto de ciudades históricas que rodea Moscú. Sobre el año 1300 d.c tuvo su época mas gloriosa, llegando a ser elegida capital, aunque fue algo efímero pues apenas le duro 20 años. Las campanas de la Catedral de la Asunción no paraban de repicar y nos pareció una buena idea el comprobar in situ el desarrollo de una ceremonia ortodoxa. En el marco incomparable de esta belleza edificada en el año 1160 y que fue en su tiempo el edificio mas alto de Rusia, ademas de lugar de coronación de gobernantes desde Andrei Bogalyubsky a Ivan III

Camino de la misa nos encontramos con la pequeña Catedral de San Demetrio de Salónica, de singular belleza con sus 1300  bajo-relieves. Pronto comenzó a chispear y llegó el momento de guarecerse. Llegamos a la catedral, cruzamos el umbral y ya notamos diferencias con respecto a lo que estábamos acostumbrados hasta ahora. Todas las mujeres llevan el cabello cubierto con un velo. Ademas deben llevar falda larga. A la entrada proporcionan atuendos si uno carece de ellos, para vestir correctamente durante la visita a los templos de culto.

El olor intenso a incienso, la impresionante decoración, la cálida luz de las velas que ardían prendidas por los fervorosos siervos como ofrenda a sus santos. Beatas sonrientes que se encargaban de retirar las velas que estaban a punto de consumirse, evitando que la cera se derramara y que así todo quedara limpio y poluto. A la derecha del altar un grupo de monjas vestidas totalmente de negro se dispusieron formando un coro. A la izquierda, un cura confesaba a la fila de parroquianos que se agolpaban para expiar sus pecados. La forma me llamó la atención. El sacerdote les inclina, poniéndoles un paño sobre la cabeza, apretándolo y recita unas palabras. La escena personalmente parece mas propia de un exorcismo. Al girarme para contemplar la belleza de la decoración del templo, mis ojos se cruzaron con los de una mujer a la que las lagrimas le caían por las mejillas, tal vez emocionada al recordar a un ser querido que ya no está, o por el cumplimiento de alguna promesa, me hizo sentir mas intenso el momento. Era todo tan fotogénico que mi mirada no paraba de capturar escenas, absorbiendo todo lo que acontecía alrededor, pero mi cámara permaneció en la mochila. Paralizado, en señal de respeto ante esa energía que fluía por el ambiente, y siendo los únicos “intrusos” alrededor no quise tentar a la gente y ser rechazado al sacar la cámara y comenzar a capturar escenas. Decidí por una vez, y sin que sirva de precedente, retener en mi retina todo lo acontecido, aunque una espina me quedó clavada.

De repente, en el centro de la catedral, comenzó un desfile de religiosos portando cruces, estandartes, botafumeiros, se iban cruzando unos con otros en perfecta sincronización. Entre ellos, portando un libro inmenso sobre sus hombros el cura principal, un orondo señor de cabello largo y frondosas barbas comenzó a recitar versos con aires gregorianos. El coro de monjas acompañaba con cánticos sus plegarias. Toda una “performance” perfectamente coordinada. Los feligreses distribuidos por la extremadamente recargada catedral se santiguaban de manera opuesta a la que hacemos los católicos, es decir, empezando por la derecha ( alguien me comentó que esto se hace por que los católicos se santiguan mirando a Roma y los ortodoxos lo hacen hacia Constantinopla) y terminado con una inclinación casi contorsionista y demasiado forzada, en la que algunos incluso tocan el suelo con la palma de sus manos.

Toda esta liturgia, nos hizo sentir una verdadera experiencia religiosa, intensa y que me pareció bastante enriquecedora. Cuando salimos de ese ambiente tan cargado, el cielo aun seguía nublado, pero había parado de llover. Unos rayos de sol se entreveían. Aprovechamos para recorrer el resto de puntos importantes de Vladimir, antes de tomar rumbo a Suzdal, siguiente parada en nuestro trocito de anillo de oro. Nos asomamos a un mirador desde el cual se veía la Catedral donde hacia unos instantes habíamos contemplado la ceremonia.  De vuelta a las calles del pueblo vimos la Puerta Dorada, ultima puerta de entrada a la ciudad que aun se conserva y perteneciente al desaparecido recinto amurallado.

IMG_5088No muy lejano se encuentra el monumento conmemorativo del 850 aniversario de la ciudad de simbología comunista (erigido en 1958) en el que tres figuras de bronce (un arquitecto, un soldado y un trabajador) recrean el paradigma soviético de que la gente ordinaria es la que hace la Historia. La vetusta Iglesia de la Natividad, con un aspecto fantasmagórico fue la última visita que realizamos antes de buscar un lugar donde comer. Elegimos un restaurante con aspecto de cabaña suiza, donde degustamos una sopa de verduras y un rico salmón. De camino a la estación para tomar el autobús que nos llevara a Suzdal paramos a tomar unos cafés irlandeses y a engancharnos a la Wi Fi de un moderno local llamado Imanc, en Bolshaya Moskovskaya. Hasta las 19 h no podíamos encontrarnos con Olga, nuestro host de CS en este pequeño y romántico lugar así que nos lo tomamos con calma.

Nuestra excelente anfitriona a través de CS, Olga de Suzdal.

Tras activarnos con la cafeína mezclada con el licor escocés, tomamos el autobús y en cuarenta minutos llegamos a destino. Recibimos las coordenadas y llegamos sin problemas hasta su casa. Allí, Olga se mostró como una persona que se desvive por sus invitados, con una generosidad y una dedicación que nos causo algo de incomodidad y de estupefacción, al sentir que estábamos abusando de tanta generosidad a la que saliendo de círculos familiares uno ya no esta acostumbrado. Cocinó para nosotros una sopa de remolacha típica de Rusia que estaba exquisita. Nosotros contribuimos con unas cervezas de la tierra que regaron la cena y ayudaron a romper el hielo y a tener una conversación distendida.

La mañana comenzó con un olor que nos sacó de la cama. Olga cocinó crépes para el desayuno. Con gente así la verdad es que da gusto coincidir, te hacen todo muy fácil. Con el estomago contento, salimos a disfrutar de esta villa. Casas de madera por doquier, daban un aspecto de hace un par de siglos al entorno. No esperábamos este tipo de construcción y menos aun que fuera la tónica general de los paisajes que nos íbamos a encontrar en días sucesivos desde la ventanilla de nuestro tren. A las casas de madera las acompañaba otro factor común de la vieja época comunista. Nunca había visto tantos Ladas juntos circulando o aparcados. Era como una plaga. Parecía que no se estuviera autorizado a circular a menos que fuera a bordo de un automóvil de estas características.  Algo casi surrealista.

IMG_5296

Pero el verdadero motivo de visita a este pueblecito, son sus iglesias. En su época dorada llegó a contar con una iglesia por cada doce habitantes a los que añadir sus quince monasterios o sus numerosos monumentos ¡¡¡ Imaginaros la concentración por metro cuadrado !!!

Surcado por el rio Kamenka, el escenario hace que te traslades a la época medieval. La ciudad quedo circundada con la construcción de la linea de tren entre Moscú y Nizhny Novgorod y no ha sido hasta los últimos años del comunismo cuando ha empezado a recuperarse siendo uno de los principales destinos turísticos del país debido a su atractivo diseño y a su apacible y bucólica atmósfera. Las rojas murallas de su Kremlin desde donde se divisa toda la villa y bajo la cual pasa el serpenteante río fue la primera vista que tuvimos. Desde allí arriba respiramos la paz y el sosiego que fue imposible de hallar en las grandes urbes rusas.

IMG_5264

Cruzando el río, nos dirigimos al convento de la Intercesión que en su día fue refugio de mujeres de la alta sociedad rusa que no eran fértiles, o que tuvieron problemas con sus acaudaladas familias por no respetar las duras costumbres de aquellos tiempos. Las mujeres tanto de Iván el Terrible ( Ana Vasilchikova) como de Pedro el Grande ( Evdokya Lophukina) contaron entre sus ilustres huéspedes. Hoy en día cobija a monjas que trabajan allí, con lo que solo se pueden visitar sus jardines y se invita a no fotografiar a sus inquilinas para no disturbarlas de su apacible retiro espiritual.

La verdadera joya de Suzdal es La Catedral del Nacimiento de la Madre de Dios, con sus cinco cúpulas azules decoradas con estrellas blancas. El interior de su iglesia dedicada a San Nicolás, tiene, como es la tónica de todas las iglesias ortodoxas una rica decoración con coloridos mosaicos y numerosos iconos. Una de las cosas que mas me llamó la atención fueron sus puertas en las que hay dibujados curiosos relieves. Estas iglesias son una gozada para fotografiarlas.

Otro monumento con relevancia histórica es la Iglesia de la Deposición de la Túnica. Su torre dice conmemorar la victoria rusa frente a Napoleón. Hoy en día se encuentra en proceso de restauración, pero dentro de sus jardines pudimos ver una escena muy pintoresca. Un pastor paseaba con sus dos vacas por allí.

Una parada para comer en un restaurante que hay en la antigua plaza del mercado, Torgovaya Ploshchad .En un edificio rodeado de arcadas y soportales, donde degustamos unos platos sentados a la sombra de su terraza,y que nos dió las fuerzas necesarias para seguir recorriendo el atractivo pueblo. En esta misma plaza se puede encontrar medovukha, una destilación de agua y miel típica de aquí. A un lado de la calzada se esparcían puestos con souvenirs esperando a ser llevados por las hordas de turistas que cada día llegan en autobuses procedentes de Moscú. Al otro lado de la calle, carruajes de época, esperan con sus lacayos al mando a hacer su agosto aunque sea ya septiembre, u octubre….

El museo de Arquitectura de Madera es otro de los puntos mas turísticos de Suzdal. Allí nos encontramos la nota exótica, pues el Ballet Nacional de Benin se encontraba de visita, desplegando todo su folklore vistiendo unos llamativos gorros. Nosotros omitimos la visita, pues salia demasiado caro y ya estábamos viendo suficientes casas de madera en nuestro recorrido. Ademas rodeamos la valla y desde el lado izquierdo pudimos comprobar el interior del recinto que ademas de casas tiene un par de molinos. Viniendo de Holanda, lo identificamos como el Zaanse Schans de estos lares. Demasiado turístico para nuestro gusto.

Las casas de madera, con sus colores vivos, alguna gallina y los Lada aparcados en sus calles, hicieron de la jornada algo para recordar. Se respiraba paz y tranquilidad. La visita mereció la pena, tras el caos moscovita y su polución. La vida sabe distinta en lugares como este y mas con gente como Olga, nuestra hospitalaria amiga, que nos abrió las puertas de su casa y nos hizo sentir como de su familia. Para que luego la gente piense que los rusos son fríos…

Nos llevamos un pedacito del anillo de oro con nosotros, espero que con este post os llegue otro pequeño retal a cada uno, y que tal vez algún día tengáis la oportunidad de acercaros y disfrutarlo como nosotros lo hicimos.

La aventura debía continuar, el legendario transsiberiano aguardaba en el horizonte…

Sí queréis saber mas del encanto del anillo de oro lo tenéis muy fácil:

http://www.flickr.com/photos/elhombresinpatria/sets/72157641359289965/